Con acento hispano

De crío me enseñaron eso de las propiedades del aire, incoloro, inodoro e insípido y la verdad que siempre me pareció una descripción harto despectiva de nuestra atmósfera, sobre todo si tenemos en cuenta que es el elemento clave para respirar. Con el tiempo y las vivencias me fui dando cuenta que por científica que fuera aquella lección, nada tenía que ver con la realidad, pues, a lo largo de mi vida lo que le ha dado sentido es aprender a descifrar en el aire olores, colores y sabores. Unas veces agradables y otras claramente hostiles pero lo que diferencia un ambiente de otro es lo respirable que sea y ese índice diferencia unas sociedades de otras en el mundo. Y ahí es donde quiero centrar mi reflexión, en la calidad del aire que respiramos los europeos, en una sociedad que se ha vuelto incolora, insípida e indolora ante lo que la rodea. Si no es así de que otra forma puede explicarse que sigamos inertes ante el drama vivido en Gaza o ante la atrocidad que supone el homicidio de cientos de personas al derribar un avión a su paso por el espacio aéreo de Ucrania. Esta es la Europa insensible que se regodea exclusivamente en sus problemas interiores y que incluso dentro de sus propias fronteras prefiere mirar para otro lado cuando la desigualdad y la injusticia se hace cada día más patente como precio de la crisis económica.

De la Europa incolora: Nos debatimos en la UE en un dilema entre los defensores de la pureza de raza de cada cual en su patio interior, expresado en el incremento de las opciones ultras como las del Frente Nacional francés o la histriónica versión finesa de los Auténticos Finlandeses y los grandes partidos mayoritarios del centro a la derecha y la izquierda, populares y socialistas, que dibujan una Europa sin colores, uniforme, que niega las realidades plurales de los pueblos. A todos les une además la absurda tarea de cerrar nuestras fronteras del club de los ricos a la emigración del hambre que acosa la muralla de inconsciencia que cada día más asola los corazones de los ciudadanos ante el drama de supervivencia de otros congéneres. La inmigración se niega y el mestizaje imprescindible para la estabilidad de la civilización europea, se torna en xenofobia o en hipocresía diplomática calculada por razón de Estado. Hablando en román paladino, negamos nuestra realidad diversa interior de pueblos que no encajan en el diseño gratuito de los Estados Nación y cerramos la puerta a la llegada de seres humanos que buscan refugio entre nosotros. Todo lo que oficialmente incomoda es rápidamente teñido de ese espíritu incoloro de la Europa irreal.

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De la Europa insípida: A los europeos nos han puesto a dieta, es un ayuno sin la sal de la inversión pública y sin las especias de la protección social del Estado del Bienestar. Un menú insípido que ha generado millones de personas en paro, que prácticamente nos ha llevado a la estanflación. Un trágala que pretende hacernos creer que otra política no es posible y que ha hecho sistema de la alternancia bipartidista en cada Estado miembro y en el conjunto de la Unión, a cambio de no poner en riesgo los intereses de nuestra todopoderosa quebrada banca. Una derecha instalada en su dogma liberalista ha consagrado su acción política al capitalismo comunista. Y una izquierda que enmudecida ante el desastre es incapaz de poner una sola idea innovadora en su carta de pretensiones. Ambas opciones están encantadas de haberse conocido y temerosas de que en sus límites “ultras” el sistema pueda verse en riesgo. Vivimos los resultados de esa severa dieta que está desintegrando nuestra clase media, la que daba sentido a la estabilidad social, la que garantizaba el progreso. Parte de nuestra sociedad está sufriendo síntomas claros de desnutrición, donde los más débiles vuelven a su condición decimonónica de lumpen y la solidaridad pública y los derechos ciudadanos vuelven a su condición ilustrada de beneficencia y misericordia.

De la Europa indolora: Mitad incapacidad y mitad desidia, los europeos observamos indoloros el horror que nos rodea extrafronteras. Estalló la violencia incontrolada en Ucrania, en gran medida por nuestro propio pecado de insuficiencia energética. Rusia sacó partido descarado de esa intromisión y ahora decenas de holandeses fallecen al ser derribado el avión donde viajaban por un misil. Una atrocidad a la que por más respuesta la Europa oficial ha mandado a la nada la enésima nota de prensa de condena. Pero donde más patente ha quedado la actitud indolora europea ha sido ante la nueva oleada de ataques israelíes lanzados sobre el territorio palestino de Gaza. Cientos de civiles, ancianos, mujeres y niños son masacrados cada día a bombazos indiscriminados y la UE lo contempla impasible, mirando impávido las columnas de humo y los regueros de sangre inocente. Más notas de prensa, más declaraciones altisonantes de diplomacia barata. Ni una acción eficiente que devuelva la paz y el derecho a la vida a seres humanos inocentes. Por no hacer ya ni mandamos enviados especiales a la zona. Otro episodio que nos describe ante el resto de la humanidad como europeos egoístas, sin voluntad alguna de poner algo de orden civilizado en este caos mundial, como lo fueron Irak, Afganistán, Siria… un sinfín de desastres.

Aire irrespirable para muchos millones de ciudadanos europeos que no creen en la construcción, ni en el proyecto más exitoso de nuestra historia. Estamos entre todos, unos por acción y otros por omisión de no participar en el cambio de rumbo, agotando las opciones de seguir constituyendo el espacio de libertad humana más sólido en el tiempo y en el espacio. Pero más aún, estamos frustrando al resto de los ciudadanos universales en su sueño de tener una oportunidad de vivir en una sociedad mejor, en tener un referente de justicia e igualdad en el que mirarse. El referente europeo pierde aliento cada día. Y sus raíces se socavan a cada caso de corrupción nuevo que conocemos, un rosario de escándalos de abuso y ladronicio consentido por el sistema. Una atmósfera que en superficie se muestra incolora, insípida e indolora, pero que en las cloacas subterráneas de las razones de Estado y del suprapoder europeo, apesta a intereses particulares, lobbies de presión y compraventa de voluntades. Por eso, como no hay prisa alguna en tomar decisiones útiles, como el mundo no tiene prisa por saber qué podemos hacer por mejorar su suerte, los jefes gobierno se van de vacaciones sin nombrar los cargos principales de la Unión y dejan al Parlamento recién elegido a la espera de sus encajes de bolillos que llegarán a finales de agosto. Buenas vacaciones mandatarios europeos, ustedes que pueden descansar sin que sus conciencias se sientan heridas ante tanto dolor ajeno.

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