Con acento hispano

Al gigante chino últimamente se le está complicando el panorama de su comercio internacional. Estados Unidos, Japón y ahora, la Unión Europea, han denunciado por prácticas de dumping productos de exportación chinos ante la OMC (Organización Mundial de Comercio). No cabe duda que son meras escaramuzas que no merecen el apelativo de “guerra comercial”, pero empiezan a trazar un camino del cambio de relación de la UE con la potencia asiática. Solo Alemania clama, por el momento en el desierto, para frenar la escalada de violencia denunciante que puede hacer peligrar las cuantiosas exportaciones de las empresas alemanas a China. Una vez más un ejercicio egocéntrico de la Canciller Merkel incapaz de consensuar una posición común con sus socios comunitarios.

El causante del nuevo brote de enfrentamiento entre la Comisión Europea y las autoridades chinas han sido las paneles solares. Fabricar componentes de todo tipo a muy bajo coste en China e introducirlos en los mercados europeos produce, además de pingues beneficios a los exportadores chinos, efectos demoledores sobre la industria europea. Su capacidad de investigación e innovadora se resiente día a día en virtud de esta competencia basada en el dumping social. Las empresas europeas venden cada vez menos en su mercado único y con ello sus márgenes de inversión son exiguos. Así las cosas, son cada vez más las voces empresariales en La UE y en EE.UU. que demandan un cambio de reglas del juego en el comercio mundial. Una especie de suerte de chinofobia recorre los mercados y pronto podría afectar a las decisiones de los consumidores, si no fuera porque los precios de los productos chinos, calidad aparte, son imbatibles.

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La respuesta China como suele ocurrir en este tipo de contenciosos comerciales no se ha hecho esperar. Tu me atacas por los paneles solares y yo te la devuelvo con el vino. La acusación argüida por China de que el vino francés cuenta en el sector con ayudas públicas del Gobierno galo, resulta tan ridículo como paradójico. No vendrán ahora los chinos a pretender que creamos que los maravillosos caldos de Burdeos son fruto de subvenciones después de varios siglos de cuidado trabajo de calidad de sus bodegas reconocidas internacionalmente. El contraataque chino afecta de forma especial a las exportaciones de Francia, España e Italia, principales productores vinícolas europeos. En el actual contexto de crisis de demanda interna en las economías europeas, el peso de las exportaciones ha cobrado especial relevancia, de ahí que cualquier traba para las ventas en el exterior se convierta en un poderoso handicap para el desarrollo de cualquier sector. Lo único que hasta aquí pretende la Unión Europea, como viene sucediendo en los casos de conflicto con Estados Unidos y Japón, es obligar a cumplir a China las reglas del juego internacionales. Algo que Europa demanda de China en 80 productos, que bien por ciberespionaje, por copia descarada o por indicios de fabricación sin homologación, incumplen las normas de fabricación europeas que obligan a los países de la Unión.

En la actualidad, el flujo comercial entre China y la Unión Europea, en ambos sentidos, alcanza la portentosa cifra de los 430.000 millones de euros anuales. Una balanza comercial que se ha visto afectada favorablemente del lado chino a raíz de la infravaloración de su moneda en los mercados cambiarios. Según todas las estimaciones, el yuan se encuentra al menos un 20% por debajo de su valor real lo que evidentemente favorece las exportaciones chinas y ha obligado al cierre de numerosas empresas incapaces de competir a precios chinos en la UE y en EE.UU. Ello nos mete de lleno en el intenso debate que vivimos en Europa sobre la capacidad de competitividad de nuestras empresas y el teórico alto coste social de nuestro sistema de bienestar. Nadie pone en duda la necesidad de mejorar los procesos de eficiencia en la producción, así como la necesidad de incorporar mayores niveles de innovación e incrementar las tasas de investigación en la UE, pero deberíamos partir de la base de que por mucho que mejoremos seremos incapaces de competir con aquellos que juegan el partido sin cumplir nuestras reglas. En Europa se respetan los derechos de los trabajadores con un grado de cumplimiento que se ampara en siglos de batalla sindical y de conquistas laborales, algo que en una China inmersa en un capitalismo salvaje de planificación comunista no cuenta a la hora de producir. En Europa se avanza en el cumplimiento de los compromisos internacionales de reducción de impacto medioambiental de nuestras emisiones de CO2, China es el principal enemigo de esos acuerdos y los incumple sistemáticamente. En Europa la propiedad intelectual tiene un alto precio y China alardea de su capacidad de réplica, sea o no legal. En Europa, en fin, hemos sacralizado el concepto de derechos humanos y de democracia, en China eso no toca y el mundo mira a otra parte cada vez que alguien trata de poner el tema encima de la mesa, por temor al gigante asiático y sus hipotéticos comportamientos bélicos.

Tras unos paneles solares o unas botellas de vino está en juego una tendencia de posicionamiento en el mundo global de dos potencias llamadas a entenderse. Es imposible concebir un planeta en paz si no somos capaces de garantizar el desarrollo pacífico de naciones como la China, cuyos más de 1.300 millones de habitantes tienen todo el derecho a disfrutar de los mismos productos, servicios y, sobre todo, derechos, de los que gozamos 500 millones de europeos. La mesa de diálogo debe partir de esa base igualitaria y de que unos y otros nos necesitamos para garantizar el futuro. China precisa materias primas de las que carece para sustentar su crecimiento, pero también precisa de los mercados en los que vender sus productos, como es el caso de la Unión Europea. Si Europa y Estados Unidos no son capaces de generar crecimiento en sus economías, China será la primera afectada por el parón como ya viene sucediendo en el último lustro en el que el PIB chino se ha ralentizado pasando del 10,4 al 9,3. Pero, por otro lado, el resto del mundo no deberíamos olvidar las tremendas magnitudes de la economía china y, por tanto, el impacto tremendo que cualquier debilidad suya puede suponernos. La República Popular China es, desde 2008, la segunda potencia económica mundial según su PIB a valor nominal, sólo superada por EE.UU. y es el mayor exportador mundial y el segundo importador más grande de bienes. China es el país de mayor crecimiento económico mundial, con una tasa media anual de aumento del PIB, en los últimos treinta años, de más del 10%. Su ingreso per cápita se situaba en 6.567$ en 2009. Según un informe del organismo internacional Conference Board, si la economía China sigue creciendo en comparación al crecimiento de EE.UU, podría tener una economía más poderosa que la de EE.UU. en 2016.

Lo primero que debe hacer la UE es definir una posición común respecto a las importaciones chinas. En este sentido, no es de recibo la posición de Alemania preocupada por sus exportaciones a China e incapaz de unirse a los planteamientos que desde la Comisión Europea se vienen realizando para obligar a las autoridades chinas a sentarse a una mesa de negociación con unos mínimos requisitos cumplidos. Si no somos capaces de ponernos de acuerdo en un tema tan básico como la defensa de nuestro mercado único, de poco sirven las grandes palabras de defensa de la construcción europea con que suelen despachar los líderes europeos sus cumbres en Bruselas. El futuro de nuestro modelo social está en juego, esta no es una guerra comercial sin más, que dilucidan unos empresarios. Si no somos capaces de frenar y ordenar el comercio entre China y la UE, si no atemperamos sus necesidades de progreso con el establecimiento de unos costes mínimos de cumplimiento de derechos fundamentales en sus centros de producción o el dumping social que estamos sufriendo a base de importaciones de productos chinos, acabarán con nuestras empresas, el paro se seguirá incrementando en nuestros países y serán imposibles de sostener servicios públicos tan básicos como la sanidad o la educación. Nos jugamos demasiado en el diálogo con China y no hay peor enfermo que el que no quiere escuchar… unos y otros.

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