Con acento hispano

Esta Europa que se engendró para los comerciantes y que ahora sacraliza las finanzas, no será una verdadera unión de personas hasta que sea capaz de que todos la percibamos como un todo en todas aquellas facetas de nuestra vida cotidiana. Lo demás seguirá siendo una superestructura política de mayor o menor utilidad según la circunstancia. Y que duda cabe que el factor determinante principal que nos condiciona gran parte de las decisiones personales es el lugar del puesto de trabajo. De ahí que la movilidad del mercado laboral europeo resulte trascendental para que caminemos hacia el sueño europeísta. Las instituciones de la Unión llevan décadas fomentando con grandes inversiones la formación en movilidad de los estudiantes universitarios entre los distintos Estados miembros con distintos programas entre los que ha destacado el de becas Erasmus. No cabe duda que gracias a iniciativas de esta naturaleza los jóvenes se sienten más europeos que hace 20 años. Sin embargo, en la inmensa mayoría de los casos el intento se ha quedado en un viaje oxigenante fuera del hogar paterno pero con la idea premeditada de vuelta a casa para concluir los estudios y buscar trabajo en el país de origen. Son los menos los que cogen la maleta y los libros con la firme determinación de desarrollar su vida profesional en el espacio común europeo.

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España se acerca a los cinco millones de parados registrados y de ellos, el porcentaje más cuantioso y a la larga dramático lo protagonizan los jóvenes de 18 a 30 años. Casi la mitad de ellos no encuentran trabajo en suelo español. Al otro lado del Pirineo esa realidad que nos pertenece a todos de Estados unidos en un espacio común les ofrece más de medio millón de ofertas de trabajo vacantes. Así lo expresa el boletín trimestral de la Movilidad Laboral Europea que elabora la Comisión Europea, así de cruda es la realidad del desajuste entre la oferta y la demanda del mercado del trabajo en la UE. Por tanto, parece evidente que tenemos todos la obligación de corregir esos desajustes promoviendo la movilidad entre regiones y países europeos. Y lo primero que deberíamos hacer es conocer o poner en conocimiento – porque la responsabilidad es tanto de los que ofrecen o buscan empleo como de las administraciones que deben difundir las herramientas que existen – la existencia de EURES, la base datos de ofertas o bolsa de empleo de la UE (http://ec.europa.eu/eures/) que desde enero de 2008 a finales de enero de 2012 ha ofrecido 6,77 millones de ofertas de empleo. Un portal que arroja datos muy esclarecedores de lo que demanda el mercado de trabajo europeo:

– La demanda de profesionales y empleados en la UE se mantiene sin cambios, estable, en los últimos tres años.

– Las oportunidades de trabajo de dependientes en tiendas y grandes superficies han subido paulatinamente.

– La demanda de licenciados, directivos y mandos intermedios ha bajado levemente en los últimos cuatro años.

– Las ofertas en agricultura y pesca apenas significaron el 1% sobre el total.

– Las ofertas de trabajos manuales y sin formación siguen representando un 7% del total, aunque disminuyen año a año.

En todo caso la distribución por ofertas de empleo y cualificación se reparte en: un 21% de técnicos (FP), 16% dependientes de tiendas y grandes superficies, 10,4% profesiones liberales, 7,1% licenciados titulados superiores.

Si queremos acercarnos a saber qué países son los más demandantes en volumen destaca el Reino Unido que solicita 28.700 dependientes, 27.000 profesionales de finanzas y comerciales, 26.500 trabajadores del sector servicios, 26.300 vendedores, 26.100 trabajadores de servicios en la calle y 19.000 trabajadores de sanidad. Alemania por su parte necesita 26.900 técnicos electricistas y electrónicos, 24.150 ingenieros, 21.100 técnicos de maquinaria, 18.130 dependientes, 18.100 trabajadores de la construcción o 11.700 trabajadores de sanidad. En Francia desciende sustancialmente la oferta de empleos, pero demandan 5.260 dependientes de hostelería, 4.000 licenciados en económicas y comerciales, 3.800 mandos intermedios de diversos sectores. Y así un rosario de ofertas de trabajo por los 27 países de la UE sin cubrir a fecha de hoy.

El problema de la movilidad en el ámbito europeo es tan palmario que solo un 0,1% de la población activa de la UE ha cambiado de país de residencia de un Estado miembro a otro desde el 2000. Si lo comparamos con la movilidad en Estados Unidos nos damos claramente cuenta de lo que nos falta por recorrer para parecernos a un espacio laboral como el suyo. Allí la movilidad entre Estados se sitúa en la última década en un 12% de su población sobre un universo total equiparable en los dos bloques. ¿Qué nos hace a los europeos tan inmóviles, tan apegados al terruño que nos ve nacer? Para empezar está la barrera del idioma, un californiano seguirá teniendo el mismo idioma en Nueva York, cambiando sólo el acento regional. En cambio un español que desee irse a Polonia tendrá que enfrentarse a un idioma nuevo en muchas situaciones – aún que sea bilingüe con el inglés -. También está el cambio institucional, la dificultad de transferir prestaciones de la Seguridad Social, que aunque legalmente es posible sigue resultando burocráticamente muy farragoso, en suma, el cambio de funcionar de las cosas, de lo doméstico, de la rutina diaria. En suma la falta de lo común entre los países europeos. Y, por supuesto, el sistema educativo con universidades locales que condicionan una vida de vecindario que aboca a la búsqueda de puesto de trabajo a la puerta de casa.

Como muchas otras veces pongo de manifiesto, esos impenitentes tecnócratas de Bruselas que pueblan la Comisión y el Consejo Europeo hacen muchas más cosas que las que ese tópico que hemos difundido de ellos pregona. Así han establecido claramente como meta que para alcanzar el objetivo de Europa 2020 de aumentar la tasa de empleo general de los 20 a los 64 años hasta el 75 %, es primordial reducir el alto nivel de desempleo juvenil que asola la Unión. Por otra parte, los jóvenes precisan más apoyo en la transición entre la educación y el trabajo a través de medidas activas del mercado laboral o medidas sociales. Paralelamente, deberán adoptarse incentivadoras para que los empleadores contraten a principiantes. Debe prestarse especial atención a los jóvenes en situación de riesgo, para facilitar su reinserción en los itinerarios formativos y educativos o para entrar en el mercado laboral. Para fomentar el desarrollo de políticas en este ámbito, la Comisión se ha comprometido a establecer un seguimiento sistemático de la situación de los jóvenes que ni estudian, ni trabajan. Asimismo, ha puesto en marcha un diálogo entre servicios públicos de empleo europeos. Pero también el trabajo por cuenta propia y el espíritu empresarial constituyen valiosas oportunidades para reducir el desempleo juvenil y luchar contra la exclusión social. Por tanto, es fundamental que las instituciones educativas, con el apoyo de los sectores público y privado, promuevan una mentalidad y unas actitudes empresariales. Los jóvenes deben disponer de más oportunidades y apoyos para crear una empresa o trabajar por cuenta propia. En este sentido, la Comisión fomenta una mayor utilización del nuevo Instrumento Europeo de Microfinanciación Progress, destinado a apoyar a jóvenes empresarios potenciales.

La prosperidad de Europa depende del futuro de sus jóvenes, 100 millones de proyectos en ciernes, la quinta parte de nuestra población pero la que debe soportar la carga de hacer viable que un continente envejecido siga viviendo en el espacio democrático y social más grande del mundo. No dejemos ese reto solo en manos de unos pocos que nos gobiernan, empecemos todos por movernos y hacer moverse a nuestros jóvenes en ese enorme mercado de potencialidades.

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