Con acento hispano

El informe de la OCDE “Panorama de la Educación 2012” no puede resultar más desolador: España es el país de Europa con más jóvenes que ni estudian, ni trabajan. Este titular que suena más bien a epitafio generacional es el resultado más desolador de la crisis económica que nos azota desde hace cinco años… ¿o no? Como en la mayoría de los ratios de nuestra actividad en los últimos años, el fracaso educativo en el conjunto del Estado español se ha visto tuneado por el muro de ladrillo de la bonanza económica. Las inversiones realizadas para mejorar la educación de nuestros niños y jóvenes se han dilapidado en reformas legislativas yuxtapuestas, más basadas en criterios ideológicos que en sistema de evaluación de la calidad en las aulas. La peor de las políticas, la partidista, se ha instalado en la organización de los programas educativos y en la selección de los recursos humanos del profesorado. El fracaso escolar hasta hace unos años quedaba absorbido por la burbuja inmobiliaria que daba empleo a generaciones mal formadas capaces de consumir sin sentido común para saber que algún día serían enterrados en el desahucio de una hipoteca bancaria. Pero el debate de las aulas, de los colegios o de la universidad, ha aburrido siempre a una España ágrafa por naturaleza, donde al maestro y al profesor se le sitúa a la cola del éxito social. Este desprestigio de la educación, más que gradual está en nuestro adn – por supuesto con enormes diferencias territoriales en toda la península – y lastra las capacidades para la investigación y la innovación, que no son sino el resultado de la buena educación.

Es evidente que la crisis ha agudizado la situación, pues, a quiénes más desafecta el desempleo es a los jóvenes – el 51% de 18 a 25 años mo encuentra trabajo – y mucho más a aquellos que no tienen estudios. El 23,7% de los españoles de entre 15 y 29 años ni estudia, ni trabaja y España es también el país con mayor tasa de desempleados entre los diplomados de educación universitaria, y el segundo entre los que han superado estudios de secundaria superior y postsecundaria no universitaria. Los más afectados por la falta de oportunidades laborales son sobre todo los mayores de 25 años, ya que entre estos el paro alcanza el 28,6%, 8,6 puntos por encima de la media de la OCDE, seguidos por los jóvenes de entre 20 y 24 años, donde es del 27,4%. En total, independientemente de la edad y del nivel de estudios, el estudio destaca que el tamaño de la población Ni-ni en España casi dobla la media de la OCDE. Pero los jóvenes no son los únicos afectados por una “mala educación”, ya que la tasa de paro creció del 9% en 2007 al 24,7% en 2010 entre los españoles que se quedaron al nivel de la educación secundaria inferior, cuando en el caso de los diplomados con educación superior aumentó de forma algo menos importante, del 4,8% al 10,4%.

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Ante este drama que asola el futuro de nuestros jóvenes, los gobiernos españoles, primero de Rodríguez Zapatero y aún en mayor medida el actual de Mariano Rajoy, han respondido corriendo en sentido opuesto a la recomendaciones de las instituciones de la Unión Europea, reduciendo la inversión en Educación, en Investigación y en Innovación, hasta límites denunciados por los colectivos científicos y de profesorado en todos los ámbitos. Justo lo contrario de lo que el Informe conjunto de 2012 del Consejo y la Comisión sobre la aplicación del marco estratégico para la cooperación europea en el ámbito de la educación y formación solicita de los Estados miembros. “Frente a la peor crisis económica y financiera de su historia, la Unión Europea se ha visto obligada a adoptar nuevas medidas y ha acordado la Estrategia Europa 2020 para un crecimiento inteligente, sostenible e integrador. La educación y la formación son parte esencial de esa estrategia, en particular de las de las Directrices Integradas, de los programas nacionales de reforma de los Estados miembros y de las recomendaciones específicas por país destinadas a orientar a los Estados miembros en sus reformas. Uno de los cinco objetivos principales de la Estrategia Europa 2020 se refiere a la tasa de abandono escolar y a la de personas con estudios superiores o equivalentes completos”, señala el informe taxativamente. Y todo ello con el único objetivo de poner el acento simultáneamente en reformas que impulsen el crecimiento a corto plazo y en un modelo de crecimiento adecuado a medio plazo. Es preciso modernizar los sistemas de educación y formación para aumentar su eficacia y calidad y dotar a las personas de las capacidades y competencias que necesitan en el mercado de trabajo, lo que aumentará su confianza para superar los retos actuales y futuros, contribuirá a aumentar la competitividad de Europa y generará crecimiento y empleo.

Actualmente, todas las partidas de los presupuestos públicos, incluidas las de educación y formación, están sometidas a examen. La mayoría de los Estados miembros tienen dificultades para mantener los actuales niveles de gasto, y aún más para aumentarlos.Sin embargo, los estudios muestran que una mejora del nivel educativo puede tener enormes beneficios a largo plazo y generar crecimiento y empleo en la Unión Europea. Por ejemplo, alcanzar el objetivo de referencia de reducir a menos de un 15 % la tasa de alumnos con un nivel insuficiente en materias básicas de aquí a 2020 podría suponer unas enormes ganancias económicas globales a largo plazo para la Unión Europea. De la misma forma es crucial alcanzar el objetivo de la Estrategia Europa 2020 de reducir a menos de un 10 % de aquí a 2020 la tasa de jóvenes de entre 18 y 24 años que abandona prematuramente la enseñanza y la formación. España vuelve a ser un caso sangrante en esta materia, pues, actualmente registra porcentajes del 28% de abandono muy lejano del 15% de la media de la UE. Una mayor oferta de educación y formación profesional de alta calidad, adaptada a las necesidades de los jóvenes, por ejemplo en forma de aprendizaje mixto que vincule la FP con la enseñanza secundaria general, puede contribuir a reducir el abandono escolar. Esta opción ofrece un itinerario educativo diferente que, para algunos estudiantes, puede resultar más estimulante. Una de las propuestas que realiza, en este sentido, la Comisión Europea consiste en eforzar la cooperación con los padres y las comunidades locales. La cooperación entre los centros educativos y las empresas, las actividades extracu­rriculares y extraescolares y las «garantías juveniles» constituyen posibles formas de participación de los diferentes agentes locales.

Pero Europa no puede quedarse anclada en el objetivo de la educación primaria, secundaria y universitaria, debemos convertirnos en el gran continente de la formación permanente. Para salir reforzada de la crisis, Europa debe generar un crecimiento económico basado en el conocimiento y la innovación. La educación terciaria o equivalente, puede ser un potente motor de ese crecimiento: forma el personal altamente cualificado que Europa precisa para avanzar en la investigación y el desarrollo y aporta a las personas las capacidades y las cualificaciones que necesitan en la economía del conocimiento. En la Estrategia Europa 2020 se ha establecido el objetivo principal de aumentar hasta el 40 % la propor­ción de personas de 30 a 34 años que han obtenido un título de educación terciaria o equivalente de aquí a 2020. En 2010, la tasa media de titulaciones de educación terciaria en ese grupo de edad era del 33,6 %. Y estos conceptos no pueden aplicarse en los Estados europeos como estrategias desagregadas, debemos sacar la rentabilidad del espacio común europeo poniendo en valor el concepto de movilidad durante el aprendizaje. La movilidad consolida los cimientos europeos del futuro crecimiento basado en el conocimiento y de la capacidad de innovar y competir a nivel internacional. Por otro lado, aumenta la empleabilidad de las personas, contribuye a su desarrollo personal y es valorada por los empleadores. Sin embargo, las actuales tasas de movilidad no se corresponden con los beneficios que esta aporta. En torno a un 10-15 % de los titulados de educación superior cursa parte de sus estudios en el extranjero, que es donde la movilidad aporta el valor añadido más reconocido, mientras que solo lo hace un 3 % de los titulados de FP.

En estos días que millones de niños y jóvenes europeos vuelven a las aulas deberíamos cambiar nuestra mentalidad de aparcacoches o de consumo educativo, por el que enviamos a nuestros hijos a aquellos centros que menos nos molestan o nos garantizan títulos y certificados sin contraste de calidad alguno. Deberíamos ser conscientes de una vez de lo que nos jugamos en la formación del recurso humano del mañana como mejor herramienta para solucionar los problemas del presente. Cada euro que dejamos de invertir en una educación adecuada y con la evaluación pertinente, es una oportunidad perdida para luchar contra el cáncer, una década más de dependencia del petróleo, una pérdida de miles de puestos de trabajo y, sobre todo, la consagración de una injusticia social al no dar la oportunidad equitativa al individuo de formarse en libertad. Nos jugamos tanto en la educación que es incomprensible que actuemos al hablar y decidir sobre ella de una forma tan frívola como lo hemos venido haciendo en las últimas décadas. Podemos fallar en casi todo, podemos replantearnos casi todo, pero no cabe duda que concebir la educación como un gasto corriente y no como una inversión nos aboca al camino del empobrecimiento sistemático de la sociedad. Y esto no es solo de responsabilidad de los líderes políticos, lo es de cada uno de nosotros al no permitirlo.

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