Con acento hispano

La reunión celebrada entre la canciller alemana Angela Merkel y el presidente de la República francesa Nicolás Sarkozy abre sin duda una nueva fase del largo proceso de la construcción europea iniciado a principios de los años cincuenta. La declaración de ambos mandatarios en París expresando su voluntad de impulsar un gobierno económico real en la UE, sin duda sienta las bases de un nuevo y diría que definitvo hito del sueño europeista. Evidentemente faltan concreciones y calendario por definir pero el vértigo al que cada semana someten los mercados a Alemania y a Francia obligan a la toma de medidas aceleradas por parte de sus gobernantes para dar síntomas inequívocos de confianza al mundo financiero. Y así las cosas convendría reflexionar sobre el modelo de gobernanza a seguir en esta nueva era europea y sus distintos niveles decisorios.

A tal efecto me parece necesario realizar un ejercicio de realismo político y reconocer que más allá de infantiles utopías, el mejor camino a seguir por territorios tan diversos identitariamente y tan heterogéneos en su desarrollo económico como el que alberga hoy la UE es el de caminar a distintas velocidades. Si hace veinte años algunas voces de peso solicitaban una Europa a dos velocidades, nuestra realidad actual requiere de cinco marchas de distintos ritmos y diferentes estatus en las decisiones.

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1. El eje franco-alemán. Queramos o no, nos guste o no nos guste, la realidad innegable es que el invento europeo por el que transitamos es desde su origen y en sus grandes decisiones fruto del acuerdo de las dos principales potencias continentales Francia y Alemania, enfrentadas en dos guerras mundiales consecutivas y que desde el acuerdo CECA encontraron una senda de convivencia que se ha demostrado provechosa para todos los europeos. Por otro lado, resulta absurdo plantear que una minoría imponga las decisiones en un espacio monetario y económico común a quienes como Francia y Alemania suponen más del 50% de la población y del PIB del euro. Ellos son y deben seguir siendo el eje motriz de la Europa unida.

2. La eurozona. Auténtico núcleo del crecimiento y de la estabilidad de nuestro ámbito comunitario. De su correcto funcionamiento depende que seamos capaces de sostener a futuro nuestro modelo social de derechos que se expresa en el Estado del bienestar. De ahí que a los Estados que forman parte del eurogrupo sea exigible un equilibrio presupuestario y un rigor en la administración pública absoluto. Es fundamental recobrar la confianza entre socios que comparten una moneda y que nadie se sienta el pagador de las fiestas de otros, ni que esos otros se sientan modernos esclavos de los más poderosos. Unas reglas del juego tan claras como severas en su cumplimientos junto a herramientas definitivas de gobierno como un Fondo Monetario Europeo, los eurobonos y una política fiscal armonizada son pasos ya imprescindibles y urgentes.

3. Los Estados miembros sin moneda única. Componen un círculo de adhesión a un modelo en desarrollo, un afán por alcanzar una meta de progreso en un club de excelencia. Deben contar con los derechos del ámbito comunitario y un controlado proceso de ayudas con fondos estructurales para poder engrosar la eurozona cuando cumplan las rigurosas condiciones que se deben imponer para su pertenencia.

4. La Europa de los pueblos. Son la auténtica esencia de la Unión, donde mejor se expresa la paradoja europea de su diversidad y de su deseo de unidad. El modelo basado exclusivamente en Estados nación del siglo XVIII está tan obsoleto que merecería formar parte de las piezas de un museo o un incunable de biblioteca. Negar la posibilidad de una relación directa entre pueblos con identidades asentadas y realidades económicas territoriale pujantes y capaces, es cercenar el futuro de Europa. La actual política de regiones de la UE no da satisfacción a demandas y reivindicaciones de pueblos que demandan mucha más presencia y expresión en los foros de discusión y decisión de los organismos europeos. Negarle esa voz a realidades como la vasca, la catalana o la gallega en el caso del Estado español es una regresión en el proyecto europeista.

5. Los Estados asociados y los que solicitan ampliación. El entorno de fronteras de la UE y la relación global geopolítica compone el último círculo concéntrico y la quinta velocidad del nuevo vehículo europeo. Definir el marco de una relación estable y ventajosa para las dos partes con Estados emergentes de nuestro ámbito como Rusia o Turquía es fundamental. Acelerar el proceso de ampliación a los Balcanes incluída Servia, resulta un paso ineludible para completar el mapa europeo. Y, por último, apostar por una política de exterior de respuesta común y rápida que anteponga el cumplimiento y respeto de los derechos fundamentales a cualquier otro criterio economicista en la relación con los países que demandan la incorporación a la toma de decisiones mundial, es la mejor manera de hacer política en un escenario globalizado.

La realidad se impone por la circunstancia que vivimos y la fábula del tren europeo es más válida que nunca. La locomotora franco-alemana ha tomado decisiones de indudable calado futuro, el viaje hacia una Europa de alta velocidad se ha iniciado y cada vagón debe buscar su papel y función para que no descarrile a las primeras de cambio. Aceptar que la aceleración de cada pieza es distinta es asumir un proyecto europeo posibilista, en el que crea la comunidad internacional y, sobre todo, creamos los europeos.

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