Con acento hispano

Mi suegra Margarita que es sabia, de esa sabiduría que se adquiere por conocimiento basado en el sentido común y en unos principios y valores bien asentados, cuando la tropa de sus nietos se alborota y reina el caos, pronuncia una frase magistral que deja boquiabierta a la chiquillería: “Un momento de filosofía, por favor”. Y la grandeza del alegato reside en darle al amor por la sabiduría el lugar protagonista que le corresponde especialmente cuando reina la confusión. La filosofía se ocupa del estudio de los problemas fundamentales de la existencia del ser humano: el sentido de la vida, el conocimiento, la verdad, la moral, la belleza, la mente o el lenguaje. Lo hace mediante argumentos racionales y lo hace con una metodología muy diversa que incluye la especulación, el análisis conceptual y no sólo como la ciencia, con experimentos empíricos. Por tanto, trabaja sobre una materia tan abstracta como necesaria: el universo de las ideas. Es por ello, que si de algo adolecemos en este periodo convulso y oscuro de nuestra civilización es de filosofía y, por ende, de ideas para salir de la crisis general que nos azota por oleadas.

Más que nunca deberíamos tomarnos la vida con filosofía, es decir, aportar pensamiento a lo que nos sucede y no dedicarnos simplemente a gestionar nuestros acontecimientos por acumulación vertiginosa. No reconocer que lo primero que tenemos que hacer ante el cúmulo sin fin de sucesos estrambóticos que nos sacuden cada día es relativizarlos, distanciarnos y elucubrar sobre los motivos que los causan y las ideas a aplicar para su resolución hacia el progreso de la sociedad, es tanto como aceptar la brillante paradoja del planeta de los simios expuesta por Pierre Boulle en su novela. El mundo se ha movido siempre por un proceso primario basado en la transformación de los recursos naturales en procesos de desarrollo gracias a la aportación de la tecnología y, como consecuencia, de un proceso secundario, articulado en torno a movimientos filosóficos que de forma crítica han replanteado la adaptación de la persona a esa circunstancia primaria. Sin embargo, desde hace décadas, concretamente desde la caída del Muro de Berlín y la consecuente defunción de las ideas marxistas, se ha impuesto el nihilismo filosófico o lo que es lo mismo, una especie de determinismo naturalista de las reglas del mercado, engrandecido en el tiempo y en el espacio por la globalización de Internet y del movimiento de capitales. Una filosofía que no aporta idea alguna, salvo la especulativa de ganar a toda costa y sálvese quien pueda.

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Para colmo de males, los dos centros principales en los que debería generarse el pensamiento motriz de la sociedad, la universidad y la política, han sucumbido a la desvalorización de las ideas y a la religión de la mercadotecnia. La universidad está más preocupada por la emisión de títulos y la calificación competitiva de dicha titulitis, que de la investigación o la elaboración de formulaciones para resolver los grandes problemas del mundo. Y de la política qué decir cuando los políticos la han convertido en un escenario ramplón, patio de colegio en el que dirimir sus particulares cuitas infantiles que a nadie importan, empeñados sólo en salvar sus traseros pegados a un cargo, sean de gobierno o de oposición. Ni saben, ni les importa lo que sucede. Transitan por el caos tratando de controlar el vandalismo. Sucesos como los que vive Londres y por mimetismo otras grandes urbes inglesas, sólo se explican si reconocemos que el viejo Imperio británico se desmorona a toda velocidad – copyright de la idea de buen y admirado amigo, Javier Etxebeste – ante el empuje del nuevo mundo emergente.

Y es en esos países y en la voluntad de sus ciudadanos de gozar del nivel de vida del que gozamos los ricos mundanos donde surge el problema global al que nos enfrentamos. Vivimos en planeta de recursos limitados y por ello de crecimiento limitado. No podemos aceptar que se cumplirá siempre el milagro de los panes y los peces, y que la tecnología nos librará en el último minuto del agotamiento de materias primas o del equilibrio natural. La filosofía de la sostenibilidad, no debidamente divulgada y que no ha contado con los mejores predicadores para acertar en su proselitismo, vino a decirnos que debemos acompasar nuestros consumos a los ritmos del crecimiento demográfico de nuestros semejantes. La incorporación al consumo en masa de miles de millones de personas, chinos, indúes, brasileños, paquistaníes, turcos… no es un fenómeno neutral, produce severos efectos, en algunos casos devastadores sobre nuestro planeta. Ante tal revolución económica y ecológica, los todopoderosos hombres blancos del norte y del oeste, podemos aplicar la vieja teoría de arreglar esta crisis con una gran guerra que ponga a los pobres otra vez en su sitio, es decir, gobernarles por las fuerzas de las armas o sentarnos a dialogar de forma continuada con ellos para elaborar un nuevo sistema de reparto de la riqueza mundial. Porque lo que parece evidente es que seguir engañándoles para que sean los pobres de esta obra de teatro parece imposible, sobre todo, porque si estamos donde estamos es porque hace algunas décadas les convencimos de que solo podían ser alguien en el mundo si eran como nosotros. A China fue Nixon hace más de cuarenta años a contarles las bondades del capitalismo, hoy que no hay un chino que no se lo haya creído y que han cambiado la fe en el comunismo por la fe en el nacionalismo chino, a ver quién es el guapo que se va a Bejing a decirles que se paren y se vuelvan atrás a la revolución cultural de Mao. O qué decir de Brasil, donde el problema ya no es – aunque siga habiéndolas – vivir en una favela, sino que la clase media brasileira quiere un coche mejor, aspira a su segunda vivienda y sueña con viajar de vacaciones por el mundo.

Entender lo que pasa cada día en las Bolsas mundiales o en las calles de megalópolis como la londinense es darse cuenta de que el equilibrio mundial ya ha cambiado, aunque algunos no quieran reconocerlo salvo en fotos grandilocuentes de diplomacia ajada como las que nos propicia el G20 en sus estériles cumbres. Por cierto, este agosto repleto de tormentas de verano no ha sido capaz de convocar una reunión extraordinaria de ese club de ricos y nuevos ricos, entre otras cosas porque unos no se fían de los objetivos y las intenciones de los otros. Y eso será así hasta que los que tenemos que ceder, es decir, EE.UU. y la UE aceptemos que debemos ajustar nuestra forma de vida a la realidad un mundo global, siendo capaces de aligerar equipaje, deshacernos de viejas prendas inútiles, de lujos innecesarios, de derroches impropios, en una palabra siendo más austeros en lo superfluo y dando importancia a la base de nuestro edificio social que hace que nos importe la vida de nuestros vecinos como la nuestra y que defendamos más que nadie los derechos y libertades individuales. De la misma forma que a los emergentes debemos exigirles el cumplimientos de esas reglas de urbanidad y civilización democrática, ese es el muro de contención que debemos alzar y no el comercial, el energético o el financiero.

Estamos ante la obligación de formular una filosofía del reparto, basado en la equidad global de la utilización de los recursos naturales y de la transferencia de tecnología, bienes ambos que deberían de ser de todos, sin propiedad exclusivista o ventajas de apropiación. De la misma forma que debemos obligarnos al respeto globalizado de los derechos humanos con tolerancia cero internacional para quienes los cercenan o incumplen. No expongo nada que no se haya dicho ya, ni alumbro teoría alguna, simplemente trato de que se hable y se piense sobre los problemas que tenemos partiendo de una nueva filosofía de vida. Pensadores deberíamos tener capaces de especular escenarios nuevos y lanzar ideas novedosas que revisen las relaciones sociales de este mundo que tenemos viviendo una vez más el caos del cambio. Esta vez nos debe ayudar a pensar la disuasión que la destrucción masiva produce para evitar una nueva gran guerra mundial. El vértigo del desastre sigue presente, sabemos que somos capaces de causarnos más daño que nunca en nuestra historia, tal vez por ello estamos obligados a volver a filosofar.

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