Con acento hispano

Según la mercadotecnia, es decir, el conjunto de técnicas, estrategias y aplicaciones para la consecución de los objetivos de mercadeo, el mercado no es otra cosa que las organizaciones o individuos con necesidades o deseos que tienen capacidad y que tienen la voluntad para comprar bienes y servicios para satisfacer sus necesidades. Nada más y nada menos, sobre todo cuando como ocurre en un mercado globalizado y desarrollado en Internet, online y sinfín, los protagonistas se han multiplicado exponencialmente en número y heterogeneidad. Y si además añadimos la tremenda escalabilidad de las necesidades de los agentes que acuden a los mercados, en concreto al financiero, empezamos a explicarnos la confusión y complejidad de la situación que estamos viviendo una vez más en este convulso agosto. Digo una vez más porque como sucedió en el verano de 2008 que antecedió a la quiebra de Lehman Brothers, se está preparando la tormenta perfecta que puede desembocar en una nueva bancarrota del sistema. El problema esta vez es que lo que se está poniendo en cuestión no es el balance de una compañía, sino la viabilidad misma de los Estados. El mercado ya no confía en la organización que nos hemos dado, o lo que es lo mismo, quienes operan o pueden operar con capacidad de movilizar la liquidez del sistema, han decidido que ya no les vale el modelo actual de organización de la vida pública en el mundo occidental.

Supongo que dicho así suena a una brutal exageración y de ser cierto mi afirmación nos llevaría a aceptar la existencia de la auténtica guerra mundial económica, de carácter pacífico, pero no por ello menos cruenta, porque su drama no se mide en vidas humanas, pero sí en sacrificios de millones de personas. Pero ¿cómo podemos definir una coyuntura que pone en duda la capacidad del líder mundial, EE.UU. de hacer frente al pago de su deuda y lo hace a la vez que cuestiona severamente a los Estados que fueron capaces de parir una moneda común en el área más desarrollado del mundo y con más capacidad de compra, la UE y su euro? Primero fue Atenas, luego fue Dublín, luego Lisboa, después Madrid, ahora Roma y Washington y pronto serán París y Berlín, las grandes urbes que tiemblan ante un acoso sistematizado a su credibilidad, sin ser capaces de instrumentar medidas que hagan frente a la ofensiva feroz de “no se sabe quien”. Y ese es el gran problema, saber quién maneja la barca y qué pretende. Si al menos supiéramos con certeza quién es nuestro enemigo podríamos tratar de negociar una salida digna a la crisis o enfrentarnos en igualdad de oportunidades a ellos. Por lo que puesto a analizar la fisonomía y fortaleza de nuestro enemigo bien vale aplicar la teoría napoleónica de las tres clases de adversarios.

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  • El enemigo anterior: Si no aceptamos que nuestros males parten del modelo en que hemos desarrollado nuestra actividad económica y social en las últimas tres décadas, difícilmente podemos entender cómo hemos llegado hasta aquí. Conceder plenos poderes a los mercados, sacralizando el movimiento de capitales prácticamente sin control y menos sin fiscalidad sobre ellos, ha supuesto poner en manos de anónimas organizaciones y personas un poder que nunca tuvieron. La imposición de un modelo liberal de mercado como monodosis administrada por todos los gobiernos fueran de derechas o de izquierdas ha traído como consecuencia la pérdida de capacidad política y, por tanto, de liderazgo y de soberanía real en la toma de decisiones. La política se ha ido escribiendo cada vez con letras más minúsculas a la vez que veíamos desfilar a sus líderes cada vez más apocados en su discurso, sin acertar a reconducir las cosas. Ese enemigo anterior sigue hoy más presente que nunca, pues, no hemos sabido o querido realizar los esfuerzos para volver a tomar el control de la situación o lo que es lo mismo realizar los esfuerzos y sacrificios para volver a ser nosotros mismos en plenitud de condiciones, aunque algo más pobres y menos acomodados a la circunstancia. Hasta que no cambiemos las reglas del juego y venzamos al “anterior”, caminaremos con la sombra de Rebeca presente en nuestras decisiones errando consecutivamente.
  • El enemigo interior: Nosotros mismos nos hemos convertido en nuestro peor enemigo. Incapaces de reconocer los errores cometidos, inútiles para tomar decisiones unitarias y lentos hasta la diletancia en ponerlas en marcha. Hemos permitido además que el populismo más detestable se instale en nuestras filas – Tea Party, ultraderecha europea, ultraizquierda antisistema… -, todo lo que alimenta a nuestros enemigo exterior ha ido engordando en nuestro organismo anquilosado y repleto de grasa, convirtiéndose en minorías de bloqueo. Nuestros políticos, más preocupados por el rédito inmediato electoral y al calendario inmediato de sus comicios, se han perdido en batallas interiores sin reflexionar o analizar seriamente los males de los que adolecíamos y mucho menos poner encima de la mesa ideas que nos garanticen el progreso.
  • El enemigo exterior: No resulta complicado encontrarlo si nos atenemos a quiénes pueden extraer ventaja de una situación como la que estamos viviendo. ¿Quiénes pueden ser los beneficiarios de nuestro desastre? En primer lugar, organizaciones y personas que especulando incrementan su riqueza con escaso esfuerzo y mínimo riesgo. Siempre han existido, el problema es que ahora tienen más poder del que jamás han tenido. Y en segundo lugar y mucho más relevantes, los Estados emergentes que luchan por ocupar un espacio en la toma de decisiones mundial. Gigantes que hasta hace pocas décadas estaban sometidos a nuestros designios y que hoy contemplan nuestras debilidades como una amplia gama de oportunidades de ocupar mercados, empresas y cargos en la esfera internacional. Pensar que China, Rusia o los Estados árabes son testigos mudos o gatos de escayola en la tragicomedia que estamos interpretando raya en el ridículo. Tienen capacidad de tomar decisiones porque son sociedades y gobiernos verticales, donde el poder es piramidal y la reacción es más rápida. Nuestra democracia cada vez más horizontalizada – afortunadamente – y participativa que sus regímenes, no sometidos a la presión de la opinión pública, sucumbe ante ellos. Tienen la fuerza de la liquidez, nosotros emitimos títulos y ellos los compran, esa es la diferencia. Nosotros nos endeudamos y ellos son los titulares de nuestra deuda.

Impotentes contra nuestros tres enemigos, corremos despavoridos por las esquinas de nuestras aún lujosas calles sin saber qué hacer, ni qué decir. Siquiera deberíamos tratar de atajar a cada unos de ellos con soluciones sencillas y rápidas. Contra el anterior, legislar mientras nos quede el poder democrático para quitar a los mercados financieros el poder omnímodo que regentan en la actualidad. Por ejemplo, imponiendo una tasa sobre las transacciones de capital no realizadas sobre actos de economía productiva, poniendo en marcha agencias de rating públicas – independientes – y obligando a la transparencia absoluta en la titularidad de los movimientos monetarios hoy amparados en sociedades opacas y residenciadas en paraísos fiscales con gran facilidad. En una palabra complicar al dinero su camino fácil y llevarlo por la senda del crecimiento y el progreso real de la sociedad. Ante el enemigo interior, más unidad en Europa, fortaleciendo la toma de decisiones y el acerbo comunitario, ese que en el día a día nos hace más fuertes. Fortaleciendo a la par nuestras democracias, haciendo aún más partícipes a nuestros ciudadanos de las decisiones y apelando a nuestras identidades para sentirnos orgullosos de los que somos. Si hemos de hacer frente a nuestra deuda hagámoslo interiormente hasta donde seamos capaces de hacerlo y de no ser prediquemos el esfuerzo y reduzcamos nuestros lujos para ser más eficientes y precisar menos deuda para mantener el Estado de Bienestar que nos convierte en ejemplo mundial. Y al enemigo exterior tendamos la mano para avanzar con seriedad en un nuevo modelo de relaciones internacionales y de equilibrio y sostenibilidad del planeta. Europa debe ser el gran diplomático del mundo, el espacio de la concordia que fue y que desde la cooperación integre en el mundo a las potencias emergentes que llaman a la puertas de las grandes decisiones y que no sólo deben ser escuchadas, sino parte consustancial del destino de la Humanidad. Sea como fuere, hagamos lo que hagamos, la marcha hacia ese nuevo mundo es imparable porque ya se ha puesto en marcha y no se va a parar. Nos queda asistir inhertes al cambio o seguir siendo parte de él.

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Comments

  1. Estupendo artículo, Jesús. Cuando se escribe sobre geoeconomía hay que tener la habilidad de ordenar los acontecimientos y agentes de manera que nos podamos orientar en el escenario. Y eso lo consigue tu post. Mencionas la temida expresión de “guerra mundial” que va circulando en los corrillos, y concretas el calificativo de “incruenta”, que comparto totalmente.
    Una apreciación en tu alusión al “enemigo exterior”: es verdad que cada uno de los emergentes debe tener la aspiración de luchar por un lugar en la hegemonía. Pero ¿No estamos despreciando-descuidando la base ideopolítica que anima la lucha por la hegemonía mundial del más fuerte de los países emergentes? Una hegemonía que no se basa precisamente en cuestiones nacionales, sino de revolución global.
    En todo caso, Jesús, estupendo post.

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