Con acento hispano

La sucesión trepidante de acontecimiento noticiosos en un mundo globalizado y con una tremenda accesibilidad a la información en tiempo real, provoca que en muchas ocasiones los sucesos se acumulen sin capacidad de ser analizados en su justa medida. Así sucede que en una yuxtaposición de hechos la mayoría de las veces inconexos nos sacude, una y otra vez, sin que sepamos bien porqué suceden las cosas o quiénes son sus verdaderos protagonistas. Nos conformamos con debates express, comentarios a las noticias, tuits de 140 palabras o encuestas on line para dilucidar noticias de gran trascendencia que a la semana apenas ocupan un breve en nuestra memoria.

La trágica masacre ocurrida el pasado viernes en Oslo y en la cercana isla de Utoya, merecen no sólo atención mediática equilibrada, sino también una profunda reflexión sobre la sociedad que en la Europa de la segunda década del siglo XXI estamos construyendo. Creo que lanzar unos apuntes sobre las causas y los elementos fundamentales que han dado pie al asesinato en masa de más de 80 jóvenes y a la voladura del gobierno noruego, no es sino una obligación de cualquier ciudadano que quiera seguir viviendo en un espacio de libertades y progreso en nuestro continente. Sin embargo, me lleva a lanzar estas reflexiones primarias la necesidad de provocar un estado de ánimo entre nosotros de atención y seguimiento de las actitudes individuales y colectivas que se expresan a nuestro alrededor.

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La primera reflexión que deberíamos hacer tiene que ver con la relatividad de los términos que hemos venido utilizando para definir conceptos básicos ahora sometidos a un enorme proceso de cambio. Ya nada es como nos habían contado o habíamos vivido en el pasado. Todo puede ser distinto y puede cambiar de un día para otro. Me refiero a cinco conceptos fundamentales en nuestras vidas:

  • Seguridad: parece ya evidente que la globalización nos sitúa ante escenarios de riesgos que jamás hubiéramos previsto. De ahí que precisamente lo imprevisible se convierta en algo que debamos tener en cuenta y ser capaces de analizar y preveer. Nadie podía imaginar que un país ancestralmente pacífico, una sociedad hiperdesarrollada y con sistemas de protección sólidos como la noruega, podría ser un teatro de operaciones de un atentado terrorista surgido en su interior, en las entrañas de su propia comunidad. Nadie puede asegurar ya espacios de seguridad total, todos somos parte de algo que tiene riesgos endémicos o colaterales, de ahí que nuestra obligación sea tanto relativizar el dolor y el sufrimiento que se nos puede causar, como prevenir los mismos sin establecer límites a los riesgos por definiciones clásicas que resultan ya obsoletas. En España por ejemplo, aprendimos a fuerza de sentir el dolor de las 200 víctimas de los atentados del 11M, que ETA ya no era nuestra única amenaza y que el terrorismo fundamentalista islámico podía situarnos en el ojo del huracán de la violencia.
  • Fundamentalismo: El carácter radical y la estrategia violenta no es propiedad de ningún fundamentalismo en exclusiva, puede provenir tanto de creencias islámicas como cristianas, de ideologías ultras de derechas o de izquierdas, lo que las hace peligrosas sea cual sea la idea que las ampara o el texto sagrado que quieran emplear para justificarse, es su intención de destruir el sistema de libertades sin reparar en los daños a inocentes que puedan causar. Ese nihilismo destructivo y la imposición por la fuerza de su ideario es lo que debemos combatir, sin filias a ninguna de sus formas. De la misma manera convendría que aplicáramos tolerancia cero – en términos de legalidad democrática – para quienes alientan, propugnan o difunden mensajes xenófobos o atacan a grupos políticos o a creyentes religiosos, sencillamente por diferentes. Como acertadamente nos dejó escrito el canciller Konrad Adenauer en el prólogo de sus memorias – “¿Cómo pudo ocurrir?” – al referirse al holocausto judío a manos de los nazis, solo el silencio cómplice y el acomodado mirar hacia otro lado, hace posible que los totalitarismo se impongan en una sociedad democrática.
  • Democracia: Las palabras tan sentidas como precisas del primer ministro noruego, Jens Stoltenberg, ilustran perfectamente la actitud que la democracia debe enfrentar a quienes tratan de derribarla: «En medio de estos trágicos sucesos, estoy orgulloso de vivir en un país que ha permanecido firme en un momento crítico. Estoy profundamente impresionado por toda la dignidad y la compasión que he presenciado. Somos una pequeña nación, pero un pueblo orgulloso. Nunca abandonaremos nuestros valores. Nuestro respuesta es: más democracia, más transparencia, y más humanidad. Pero nunca ingenuidad». Pero aún se ha expresado con más fuerza el valor de la democracia en Noruega al aceptar la defensa del presunto asesino, Anders Behring Breivik, un miembro del partido laborista, cuyos jóvenes afiliados, simpatizantes y gobierno han sido víctimas del atentado. “Es mi trabajo, creo que en el sistema democrático”, ha sido su explicación tan lacónica como valiente.
  • Europeismo: Son muchas las voces que han comparado el mimetismo de este atentado con la masacre llevada a cabo en Oklahoma por Timothy McVeigh. Paralelismos de ideología, de propósito, de actuación en solitario, de efectismo y de mesianismo. Todo eso y el carácter patológico de la conducta de los siniestros protagonistas. Y sea o no sea así, lo cierto es que la globalidad de intercambio de ideas que posibilita Internet, alienta amenazas por interrelación de grupos o personas a cientos de miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, la mejor forma de actuar contra ellas es la constitución de espacios tan amplios en libertades como en la fuerza de la unión entorno a la legalidad democrática. Ese debe ser el concepto de Europa y la base del europeismo que tenemos que propagar y difundir. Noruega desistió por dos ocasiones en referéndum de formar parte de la Unión Europea, eso sí en ambas ocasiones por un estrechísimo margen. No obstante es miembro del Espacio Económico Europeo (EEE) y de la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC). La verdad es que tiene poco sentido que vecinos escandinavos como Suecia, Dinamarca o Finlandia sean miembros de pleno derecho de la Unión y Noruega no lo sea. Si no hemos sido capaces de convencer a los noruegos de que la unidad y nuestro espacio de convivencia es mejor que vivir en soledad comunitaria, algo habremos hecho mal todos en Europa. Aprendamos del error del aislamiento y seamos más capaces de afrontar los problemas en conjunto. De nuevo la misma receta, más democracia y más Europa.

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