Con acento hispano

El último Consejo Europeo nos reconcilia a los europeistas confesos con la vieja idea fundacional de Europa. El problema es que la UE nos está acostumbrando a sufrir hasta el último minuto, agotando hasta límites terroríficos los plazos para la toma de decisiones. Parece como si los líderes europeos sólo fueran capaces de ser conscientes de la gravedad de la situación cuando todo está a punto de saltar por los aires. Se podría pensar que nuestros políticos se han acostumbrado demasiado a acercarse al borde del abismo y le han cogido gusto al vértigo. Cada cual fuerza al máximo sus posiciones para sacar partido hasta que todos son conscientes de que la caída puede ser irreversible. Pero lo verdaderamente importante es el hecho de que la Unión sigue caminando inexorable hacia la unidad económica, que los mensajes lanzados a la postre son inequívocos de voluntad de defensa del euro y que sigue siendo mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Esa es la mejor noticia que nos deparó el Consejo de Bruselas, esa y la que supone la garantía de fondo de la estabilidad de la UE, que el eje franco-alemán vuelve a funcionar y además lo hace con equilibrio de las partes. Nuestra unidad debe su nacimiento al entente entre las dos grandes potencias continentales europeas, convencidas ambas que la única manera de evitar sus guerras y enfrentamientos seculares era la unión en un entorno económico y comercial mutuo. Cada vez que el eje se ha roto o se ha producido un notable desequilibrio de fuerzas entre ambos, Europa se ha visto resentida. Tal vez ese ha sido el peor de los males que nos han afectado en los últimos 20 meses, desde que se decidió el primer rescate a Grecia, un hito que representó el primer síntoma de la crisis de gobernanza económica que sufría nuestra moneda común. Desde entonces hasta el pasado jueves, la parálisis en la toma de decisiones y la falta de ambición en acometer las grandes cuestiones que la crisis demandaba han dado alas a la especulación representada por las agencias de calificación. La canciller Merkel impuso un paso de la oca germánico, tan rotundo como lento, que más allá de subrayar con grandilocuencia los temores alemanes a pagar los platos rotos, poco o nada aportaba para salir de la crisis. El presidente Sarkozy trataba tímidamente de contrapesar dicho inmovilismo colando en los Consejos adjetivos, comas y letra pequeña a los acuerdos que siempre in extremis se alcanzaban en las cumbres europeas.

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Ahora, tras 14 horas de reunión, Merkel y Sarkozy han hecho funcionar a Europa. Eso sí con la presencia de un socio muy particular en las reuniones, la directora del FMI, Christine Lagarde, y mediando la llamada del presidente estadounidense, Barak Obama, necesitado del acuerdo europeo para tratar de forzar a los líderes en el Congreso de EE.UU. a firmar el aumento del techo de endeudamiento para evitar la suspensión de pagos públicos en su país. La perfecta tormenta dio así a luz a la reforma más importante de la unión económica y monetaria europea desde la aprobación del euro. Y todo sin necesidad de embarcarnos en un tortuoso proceso de reforma del Tratado de Lisboa, sino como los padres de Europa nos enseñaron, en virtud del acerbo comunitario, esa manera de hacer basado en la negociación y el consenso continuo. Seguimos siendo más lentos que lo que la necesidad nos impone, pero seguimos apostando por la Unión con mayúsculas.

Conviene, pues, analizar someramente los acuerdos alcanzados. Europa afianza dos pilares sobre los que basar la gobernanza económica:

En primer lugar, el FEEF (Fondo Europeo para la Estabilidad Financiera) y el que será permanente a partir de 2013, el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) como herramientas de defensa efectiva del euro. Y en segundo lugar, el Pacto de Estabilidad con sanciones automáticas en caso de incumplimiento como garantía de equilibrio presupuestario y de reciprocidad fiscal. En el fondo, aunque no haya quedado así explicitado, lo aprobado en el último Consejo Europeo abre la puerta a la emisión de eurobonos, como mecanismo de control de la deuda los países soberanos que pertenecen al eurogrupo, y de la misma forma se quiera o no se quiera, sienta las bases para la puesta en marcha del Fondo Europeo Monetario. Si convenimos en que el proceso de unión monetaria y económica requiere primero de una moneda, después de un banco central y finalmente de una reserva o fondo común, a la UE sólo le queda por acometer el último paso y de éste ha puesto ya un pie adelante para consolidar su creación.

Nos resta conocer la credibilidad que los mercados le conceden a las reformas aprobadas. Un dato que tiene relevancia pero que no debería torcer lo más mínimo la decisión de los líderes políticos europeos de defender nuestra unidad hasta el límite de nuestras posibilidades. Lo lógico es que la especulación trate de seguir sacando partida de la situación a corto plazo atacando las posiciones más débiles de los países del eurogrupo. Ni Grecia, ni Portugal, ni España o Italia, han quedado fuera del proceso de presión sobre las emisiones de sus deudas. Sin embargo, a medida que los mecanismos aprobados se pongan marcha la estabilidad deberá ir imponiéndose, siempre y cuando de las palabras lleguemos a los hechos y el proceso emprendido se vaya confirmando. En todo caso, también debemos tener claro, unos y otros, el eje franco-alemán, el resto de países del euro, así como los que optan a serlo, que se han acabado los tiempos de la “barra libre” y que tener una moneda única y una zona económica verdaderamente común, requiere de tantos esfuerzos como muchos son los beneficios que se pueden extraer.

Francia y Alemania suponen más del 50% de la zona euro, es lógico que con esa mayoría absoluta marquen los líneas estratégicas del proceso, siempre que lo hagan bajo consenso equilibrado, nunca bajo imposición y sumisión obligada. Los hechos están dando la razón a quiénes pensamos hace más de dos décadas que la única posibilidad de construir la unión económica y monetaria era a dos velocidades. Ahora vamos a vivir a más de dos velocidades: la motriz marcada por las decisiones francalemanas, la secundaria por los países del euro, la tercera por los socios de la UE que pretenden integrarse en la moneda única y una cuarta, la de los países que optan por ser miembros de la Unión y componen complejos pero necesarios procesos de ampliación. A las instituciones europeas, el Consejo, la Comisión y el Parlamento, les queda la enorme responsabilidad de hacer la política diaria de este proyecto a distintas velocidades y ser capaz de saber conducir un vehículo de quehacer político que nos lleve al fin último de la UE, convertirse en el mayor espacio de libertades y progreso del mundo.

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