Con acento hispano

Los segundos test de estrés de la banca europea han puesto de manifiesto que más allá de los problemas que las entidades financieras puedan tener en estos momentos, el principal riesgo al que tienen que hacer frente no proviene de sus balances, ni de su capacidad de capitalización, sino de la incapacidad política de los mandatarios europeos para tomar decisiones que den confianza a los mercados. El teórico esfuerzo de transparencia del sistema financiero se diluye como azucarillo en un café ante la inoperancia de unos líderes que ni siquiera saben cómo afrontar el segundo rescate a Grecia. La presión sobre la deuda soberana de países como España o Italia presionan día a día a bancos y cajas que como consecuencia de la subida de la prima de riesgo de estos Estados ven encarecidos sus tipos de interés en el interbancario, además de convertirse en bonos basura sus inversiones en dicha deuda.

Si nos atenemos a los resultados de los test, lo primero que debemos certificar es que no han sido unas pruebas homogéneas en el conjunto de los países de la eurozona. El hecho de que cada Estado haya decidido cuántas entidades se examinaban – poniendo como única marca de corte el 50% del conjunto del sistema – ha contribuido a una notable desproporción de presencia de los países. Así mientras España ha evaluado al 93% de su sistema financiero, Alemania sólo lo ha hecho con el 60%. No tiene sentido que algunos realicen un esfuerzo sobresaliente de transparencia y otros se conforme como una nota que roza el aprobado, romper la unidad de mercado de un área económica que funciona con el euro como moneda única, podría calificarse de surrealista de no ser porque para la desgracia de los ciudadanos europeos es la fórmula de gobernanza económica que nos están imponiendo nuestros políticos.

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La EBA – Autoridad Bancaria Europea – empeñada en convertirse en la Santa Inquisición de los banqueros europeos, ha tratado de realizar un ejercicio de demostración de la solvencia del sistema financiero europeo. No obstante, dado el cúmulo de decisiones cuanto menos cuestionables, resulta fácil ponerle peros a su labor. En primer lugar los ya reseñados desequilibrios de las pruebas entre unos y otros países. Y sobre todo, en el caso español, no permitir computar las provisiones que precisamente han venido realizando bancos y cajas españolas durante los años de bonanza económica y que ahora son absurdamente despreciadas. De esta forma de los 8 bancos que han suspendido los test de resistencia, tres de ellos son españoles, penalizados por el sistema de calificación de la capitalización. De esta forma, los mercados ávidos de hallar debilidad en los países europeos para sacar partido a la colocación de su deuda, utilizarán los negativos titulares que sobre la banca española ha arrojado la EBA. Esta suerte de masoquismo, que pretende transparencia no hace más que tensionar más las ya agotadas reservas de los bancos, faltos de liquidez y, con ello, se verá resentida su capacidad de préstamo y finalmente, las posibilidades de recuperación de la economía productiva en España.

A diferencia de las primeras pruebas del verano del año pasado, este segundo examen, además de hacer honor a su nombre, al provocar más estrés en el mundo bancario, no han aportado novedades dignas de mención, ni nada que los analistas no supieran ya. Se trabaja sobre una hipótesis extrema de crisis económica, que trata de garantizar el capital y con ello los fondos y depósitos de los ciudadanos aún en las peores circunstancias. Pero dicho trabajo resulta absurdo porque como hemos sido testigos en estos últimos tres años, el peor escenario está siendo continuamente rebasado por la cruda realidad de los acontecimientos que venimos sufriendo en Europa. Tengamos en cuenta que el peor escenario del año pasado, no había tenido en cuenta ni el rescate de Irlanda, ni el de Portugal, ni el segundo rescate de Grecia, ni los acosos a la deuda española o italiana. Hechos todos ellos que han debilitado las posiciones de muchas de las entidades financieras españolas.

Como muy bien señaló el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordoñez en la rueda de prensa de presentación de los datos de test de resistencia, estos exámenes no servirán de nada si nos somos capaces de progresar a toda velocidad en el camino de la gobernanza económica común. Lo que debía ser nuestra principal fortaleza en la crisis, la capacidad de afrontarla unida, se está convirtiendo en nuestro peor enemigo, seguros como están los mercados y las agencias de rating a su cabeza, de que seguiremos siendo incapaces de ponernos de acuerdo en los mecanismos conjuntos a utilizar para solventar nuestros problemas. En el fondo, lo que se está poniendo en duda y en juego, es nuestro sistema de libertades y de protección social. Estamos rodeados de un mundo – algunos más ricos y otros muchos más pobres – empeñado en demostrar que los europeos o al menos una buena parte, vivimos por encima de nuestras posibilidades y gozamos de unos derechos que no podemos sustentar de cara al futuro.

Tan patética es la reacción de los líderes europeos cuando cada día estamos más al borde del precipicio, que habían decidido dejar para septiembre, como los malos estudiantes, la reunión del eurogrupo para definir las fórmula del segundo rescate griego. Han tenido que ser los mercados una vez más con su temible presión los que han forzado a una cumbre extraordinaria de los jefes de gobierno en Bruselas el día de la fiesta nacional belga – otra paradoja de la delirante situación que vive Europa -. Todos de fiesta menos los líderes políticos europeos que a regañadientes han aceptado la cita impuesta por el presidente del Consejo, el belga que no hace fiesta, Van Rompuy. Mientras los días se convierten en desfiles de zozobra y cúmulos de confusión, a la espera de que alguien sea capaz de liderar siquiera mínimamente el caos que reina entre los mandatarios europeos. Entregados a sus particulares batallas nacionales, entregados al rutinario ya ejercicio del reproche ajeno y la búsqueda de países culpables de la situación, los ciudadanos esperamos anhelantes que recuperen su responsabilidad, la que hace más de 60 años les confirieron los “padres de Europa”. Por si les sugiere algo su memoria, me atrevo a reproducir aquí los que la propia Comisión Europea en su galería de honor concede la paternidad de la Unión: Konrad Adenauer, Alcide de Gaspieri, Robert Schuman, Jean Monnet, Joseph Bech, Paul-Henri Spaak, Sicco Mansholt, Pierre Werner, Lorenzo Natali, Simone Veil, Mário Soares y Jacques Delors.

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Comments

  1. Comparto lo dicho en el artedculo. Estamos ante una herramienta de revuolcif3n 2.0 y esto puede ser el inicio de una cascada de revueltas .Lo que anima es que a trave9s del uso de la TICb4s se catalice la incidenca de la sociedad civil y se rompa con la desidia y conformismo reinante en los faltimos af1os.

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