Con acento hispano

Los rumores sobre el grave estado de salud del Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se suceden con las declaraciones de miembros de su gobierno que aseguran que se recupera satisfactoriamente de la dolencia de la que está siendo tratado en Cuba. Más allá de las valoraciones que puedan realizarse sobre el secretismo que ha rodeado su salida del país para ser intervenido en la isla, bajo la “protección informativa” de los Castro, la enfermedad del mandatario venezolano si da pie a reflexionar sobre la situación en que se encuentra el movimiento bolivariano por él impulsado, así como de un hipotético futuro en Venezuela y en la Región sin Chávez. Sus doce años en el poder han estado repletos de sobresaltos y de intentos de influencia en América Latina de mayor o menor fortuna, pero lo que nadie puede poner en duda es que se ha convertido en uno de los grandes protagonistas políticos e ideológicos del continente latinoamericano. Millones de personas vieron en él al nuevo caudillo libertador que podía cambiar su suerte de probreza en igualdad social.

Hugo Chávez que está a punto de cumplir 57 años y si repasamos someramente su biografía, se ganó con creces protagonizar un film al más puro estilo de las aventuras hollywoodianas de la mano de Oliver Stone. Ingresó en el Ejército Nacional de Venezuela en 1971 y muy pronto demostró su interés por la política al ser cofundador en 1982 del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR200) cuando el país vivía una fuerte crisis económica y social que conllevó el llamado Caracazo en 1989 con disturbios, protestas y saqueos continuos. En 1992 Chávez, junto con otros militares del MBR200, lleva a cabo un golpe de Estado contra el entonces presidente Carlos Andrés Pérez. La intentona golpista fracasó y Chávez fue encarcelado por dos años, hasta ser indultado por el presidente Rafael Caldera. En 1998 Chávez se presenta a los comicios presidenciales con el apoyo del Movimiento Quinta República (MVR) y tras ganar se convirtió en el 52º presidente de Venezuela. Aquí inicia su proyecto de poner en marcha la llamada Revolución Bolivariana basada en el socialismo del siglo XXI.

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La base ideológica del movimiento bolivariano contaba con un notable caldo de cultivo, no sólo en su país, donde solo a las afueras de Caracas en las laderas de las montañas que la circundan malviven cientos de miles de personas hacinadas en “ranchitos” – chabolas -, sino en la mayoría de los países de la Región, donde la pobreza extrema y la riqueza más insultante conviven a escasos kilómetros de distancia. De una simpleza extrema los bolivarianos propugnaban la nacionalización de todos los recursos naturales – ricos en abundancia y en valor – y el reconocimiento de las comunidades indígenas como sus verdaderos propietarios. Pronto se extendió como el aceite la peculiar revolución chavista allende de las fronteras venezolanas. Primero fue Bolivia, donde Evo Morales se convirtió en el primer presidente de raza indígena y siguió al pie de la letra el proceso constituyente emprendido por Hugo Chávez en su país. Le siguió la reconversión de los sandinistas, otrora también revolucionarios, al credo bolivariano, al alcanzar un nuevo éxito en las urnas en Nicaragua y convertirse Daniel Ortega en presidente. Y completando el efecto dominó, la región andina también se sumó al movimiento al triunfar en Ecuador Rafael Correa. Cuba se sumó desde su ortodoxia comunista a la ola bolivariana, más por hacer un buen negocio que por convicción ideológica.

Todo parecía indicar que los anhelos de Chávez de extender la revolución se irían cumpliendo sin trabas. El petróleo al alza favorecía el ingreso de cuantiosas facturas de dólares en las cuentas del Banco de Venezuela y propiciaban invertir en la exportación de modelo a otros países. El sueño chavista de rememorar las hazañas libertadoras de su héroe, Simón Bolivar, tebía visos de realidad. Sin embargo, su propia deriva a planteamientos extremos, la creciente oposición política y social en Venezuela, así como la toma de conciencia de posiciones más moderadas desde la izquierda de la Región de la necesidad de atemperar el fenómeno, empezaron a frenar las ansias de Chávez. Con la misma rapidez que se puso en marcha y triunfó en algunos países, el chavismo fue granjeándose enemigos internos y externos y empezó a cosechar derrotas. El primero lo protagonizó el ahora presidente de Perú, Ollanta Humala, por entonces confeso bolivariano, al perder las elecciones peruanas ante Alan García. Después, la derrota de López Obrador en México significó el frenazo definitivo a la extensión de los movimientos radicales de izquierdas en la principal potencia del norte latinoamericano. Paralelamente, Morales vio frustados sus planes y se vio practicamente sitiado por la oposición política teniendo que dejar prácticamente al ralentí su revolución indigenista. Vistos los ejemplos, Correa moderó significativamente su gobierno no siguiendo la deriva caudillista del líder venezolano.

Por contra, Chávez tras el intento de golpe de Estado contra su persona, de 2002, se lanzó a una carrera revolucionaria desmedida en su país. Las expropiaciones, nacionalizaciones masivas, intromisiones en la libertad de expresión de los medios de comunicación contrarios, dirigismo de la educación básica y de la universitaria y un largo etcétera de asaltos de los derechos fundamentales de los venezolanos, provocaba continuos conflictos sociales. Así desde entonces, pese a seguir contando una mayoría del pueblo que le apoya incondicionalmente – cerca de un 40% – su posición electoral ha ido menguando a medida que los movimientos opositores, los estudiantiles al frente, han ido armando posiciones políticas más unitarias. La crisis petrolera y la crisis económica mundial han complicado también las cuentas del Estado, con lo que las cantidades que en otras épocas se enviaban a otros países para financiar la revolución naciente, han pasado a mejor vida.

Pese a que nunca ninguno de los protagonistas lo reconocerá, el chavismo está agonizando a manos del “lulismo”. Chávez y Lula en caminos paralelos, pues ambos han tratado de que sus pasos no se cruzaran y menos aún chocaran, han protagonizado la vieja dicotomía de la izquierda: revolución o reforma. La influencia creciente del proceso reformista que Lula ha llevado a cabo en la principal potencia de América Latina, Brasil, ha supuesto un ejemplo posibilista de éxito en el intento por reducir las desigualdades en la Región, mientras que la apuesta radical de cambio revolucionario se acerca a la constatación de su descalabro. América reconoce la labor de Lula y le premia con la consideración de Brasil en el escenario internacional – Mundial de Fútbol, Olimpiadas y el último éxito, el nombramiento de su ex ministro José Graciano da Silva, como director general de la FAO -, mientras Chávez trata de sanar su enfermedad en Cuba, la isla más aislada de la comunidad internacional y salvo los hermanos Castro, el único mandatario que le tendrá en sus oraciones es su amigo el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, enemigo preferido del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas por su programa nuclear.

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