Con acento hispano

Alemania ha dado un mal ejemplo a los europeos en su gestión de la crisis alimentaria ocasionada por el consumo de pepino fresco. Entender la alarma causada en el país germano ante las muertes y miles de infectados por la bacteria “E.coli”, no justifica la frivolidad con la que las autoridades de Hamburgo han actuado al culpabilizar a las exportaciones españolas sin pruebas fundadas de la infección. Las pérdidas causadas por tal acusación y el daño infringido a la agricultura española es ya de enorme cuantía y, por ello, no se alcanza a comprender cómo el Gobierno Federal alemán no tomó cartas en el asunto hace días cuando la ministra hamburguesa de Salud señaló infundadamente a la hortaliza española. Tanto despropósito que ha arruinado a muchos productores agrícolas y está enviando a miles de trabajadores al paro debería obligarnos a los europeos a realizar un profundo análisis del funcionamiento de nuestras instituciones. Un simple pepino se ha convertido en una paradoja que refleja las carencias de coordinación y de lealtad de las distintas administraciones que se ponen en juego en el territorio de la Unión.

Teóricamente nuestra legislación comunitaria establece todos los mecanismos de control alimentario internos, además los dispositivos de la OMC agrícola también especifican las medidas a poner en marcha ante crisis alimentarias que ponen en riesgo la salud de los europeos. Pero todo ello ha saltado por los aíres por la premura absurda de una administración federal de uno de los Estados miembros. Por no hablar de la inoperancia manifiesta de la Comisión, cuyos miembros han presenciado impotentes una vulneración sin fundamento de la libre circulación de mercancías en el Mercado Interior de la UE. Una ocasión más desaprovechada para demostrar a los europeos – en este caso a los españoles – que la pesada burocracia de Bruselas tiene utilidad práctica, más allá de rellenar formularios y reportar actividades fantasma. Resulta complicado hacer proselitismo de la fe europea cuando las cosas funcionan así.

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Los controles en una cadena tan compleja como la que afecta a los productos alimenticios, especialmente a los perecederos, se producen tanto en origen de producción, como en el manipulado en la distribución, como en el punto de venta. En cualquiera de esas fases puede producirse un problema que degenere en una intoxicación. La infalibilidad no es exigible a nadie, pero sí lo es la agilidad en los análisis para detectar el foco de la infección, al menos la misma rapidez con que las autoridades de Hamburgo se lanzaron a culpar a los productores españoles sin evidencia alguna. Las prisas por aparentar que tenían controlada la situación de unos políticos irresponsables se han vuelto contra ellos como un boomerang lanzado contra miles de familias que viven de la agricultura en el sur de España. Y ahora la única reparación posible que nunca será completa, pues la imagen quedará seriamente dañada, consiste en que todos los europeos paguemos este desaguisado en forma de ayudas extraordinarias para compensar las pérdidas de un sector que vive de la exportación de sus productos.

Tanta ineficacia administrativa no es sólo achacable al gobierno de un länder alemán. La principal responsabilidad reside en el Gobierno que preside la canciller Angela Merkel con la complicidad necesaria del silencio inexplicable del comisario europeo de Agricultura, Dacian Ciolos. ¿Puede alguien imaginar la situación contraria? Piensen por un solo instante que en España se produjera un crisis por una intoxicación por consumo de cerveza y que ante la alarma causada, la consejera de Sanidad de la Junta de Andalucía culpara de la misma sin pruebas a alguna de las excelentes cervezas de exportación alemanas. La consecuencia, España primero, después Bélgica, Rusia y Estados Unidos prohibirían la entrada de barriles de cerveza alemana. ¿Creen que el gobierno alemán permitiría que una sombra de sospecha semejante se cerniera sobre una de sus industrias exportadoras por antonomasia? Ciencia ficción verdad, Merkel habría salido en defensa de la calidad de sus productos, sí o sí, y la consejera aventurada habría pasado a la historia por protagonizar la dimisión más rápida recordada.

Pues bien, algo parecido ya ocurrió el pasado mes de enero cuando más de 4.700 granjas avícolas tuvieron que ser cerradas en Alemania por contaminación de una dioxina. En aquella crisis todo funcionó con más cautelas y con menos daños indiscriminados. Se certificó el origen en una explotación concreta, se coordinó la alerta con la Comisión Europea y se controlaron los lotes que podían estar afectados. Un ejemplo totalmente dispar a lo que ha sucedido con el pepino español. Una vez más ha quedado patente la existencia de dos Europas de distinto rango y tratamiento. La todopoderosa Alemania es capaz de comportarse irresponsablemente sin censura alguna, rompiendo el principio de presunción de inocencia, mientras que a la inversa cualquier agresión mínima a sus productos produce una inmediata respuesta contundente. La Europa de los ricos y poderosos del Norte se ha acostumbrado a culpar de todos los males a los chapuceros europeos emprobrecidos del Sur.

En la relación entre España y Alemania llueve sobre mojado. Los ataques fruto de filtraciones en la prensa alemana sobre la situación de las entidades financieras españolas se repitieron hace un año, en plena crisis del rescate griego. Durante semanas los medios germanos con declaraciones más o menos insidiosas de autoridades económicas del gobierno alemán sembraron dudas sobre la solvencia de bancos y cajas españolas. Luego hemos ido sabiendo que las banca alemana protagoniza riesgos mayores que las del resto de los Estados miembros de la UE. Me temo que ahora el pepino español tóxico acabará por ser pepino de Meckelmburgo-Pomerania Anterior. Esa peculiar manera de entender el Mercado Único y de buscar a alguien a quien culpar ante la opinión pública alemana cuando algo falla, socaba las bases de la Unión Europea, del sentido de lealtad entre sus socios y de la identidad europea entendida como un espacio común de derechos. Lo más triste es que nadie se atreverá a poner en evidencia a Angela Merkel, mientras la UE se sonroja una vez más.

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Comments

  1. Un buen artículo y una lamentable forma de gobernar: buscar “culpables fáciles”, tomar decisiones “a golpe de actualidad”, agitarlo todo y difundirlo masivamente.

  2. Gracias por tu comentario Enrique. Insisto que lo más grave del caso además de los daños causados a todo un sector del que viven muchas familias, es el descrédito que estos políticos fáciles causan a las instituciones europeas.

  3. Las perdidas son ireparables sin duda, no obstante han muerto casi 20 personas en Alemania y habra más muertos y aqui solo se habla del negocio. ?Es más grave perder una vida que un negocio, no? Hasta que no encuentran el orígen de esta plaga hay que evitar comer fruta y verdura, no importa si es de España o de Australia.

  4. Gracias por tu comentario, que el principal bien a proteger es la vida de las personas está fuera de toda duda. Creo que en mi post este tema no se cuestiona, mi crítica va dirigida a la frivolidad con que se han apuntado culpables sin pruebas. Si Alemania o la Comisión Europea hubieran optado por prohibir el consumo o venta de todos los productos con sospecha de contagio de la bactería fuera cual fuera su procendencia como medida preventiva hasta conocer el factor causante de las infecciones, no cabría censura alguna al comportamiento de las autoridades, pero es evidente que más que prevenir se ha pretendido buscar responsables de la crisis ante la opinón pública.

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