Con acento hispano

Era evidente que los catastróficos resultados electorales del Partido Socialista en los comicios autonómicos y municipales del 22 de mayo tendrían consecuencias inmediatas en el futuro de la formación de la calle Ferraz. La semana se precipitó sobre Zapatero a la misma velocidad que los barones autonómicos socialistas exigían responsabilidades y cambio de rumbo al líder del partido. El máximo exponente de la crítica lo protagonizó con un airado paso al frente, el lehendakari vasco Patxi López. En su particular huida hacia adelante, dados los nefastos resultados obtenidos por el PSE en Euskadi, exigía un replanteamiento total mediante un Congreso extraordinario del partido. En una palabra, pedía de manera urgente la salida de Zapatero de la secretaria general del PSOE y el cambio de liderazgo con una nueva Ejecutiva federal. Todo un golpe de mano que pretendía principalmente evitar el proceso de primarias que el propio Zapatero marcó como método de elección para su sucesor como candidato a las elecciones generales del próximo año.

Así las cosas, Zapatero decidió ponerse el disfraz de su mejor número circense, el funambulismo, se subió al alambre y a lo largo de la semana se dedicó a hacer del arte del equilibrismo virtud. Su cargo de secretario general peligraba, pero además con él se ponía en riesgo el de presidente del Gobierno, pues, se hacía difícil imaginar que un congreso de su partido le obligara a dimitir del puesto orgánico y pudiera seguir siendo jefe de un Ejecutivo de su partido. Las elecciones anticipadas se cernían también sobre el horizonte y con ese nubarrón empezó a jugar para amenazar a los barones socialistas con la tormenta perfecta. Un congreso dividido, con diversidad de candidatos, daría una imagen de división del partido, precipitaría un adelanto electoral y con ello la prima de riesgo de la deuda española se dispararía. La catástrofe apocalíptica debió dejar helada la sonrisa de los dirigentes territoriales socialistas, reunidos el pasado viernes en la antesala del comité federal de ayer. En una escena digna de “Lo que el viento se llevó”, Zapatero asomó a los secretarios federales cogidos de la mano al abismo, dispuesto a dar un paso al frente y precipitarse juntos al vacío. El vértigo subconsciente se apoderó de los presentes y se alcanzó el pacto del borde del precipicio.

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Se frenó de esta forma el suicidio colectivo y como mal menor Zapatero cedió y claudicó a sus deseos de la celebración de unas elecciones primarias en las que su “niña bonita”, Carme Chacón se enfrentaría a Alfredo Pérez Rubalcaba, el favorito indiscutible de los barones. Se trataba de sacrificar sus principios – Zapatero se había manifestado reiteradamente a favor de las primarias como el único método democrático para elegir candidato que además marcaba distancia con el dedocrático sistema de designación del Partido Popular – y a una persona de su total confianza. Por tanto, lo tenía fácil, cambió cargos por principios y personas. Ahora seguirá solo en el alambre de su incongruencia esperando el final de esta tragicomedia en dos actos que ha durado ocho años. En el Comité Federal no se permitió una sola autocrítica, como no la realizó el mismo, pues, pese a que se nominó responsable de la derrota electoral, la culpabilidad del efecto perverso en las urnas de sus políticas, la adujo a la falta de visión de los ciudadanos que aún no se han dado cuenta de las bondades de las mismas a las que hay que dar tiempo al tiempo.

Rubalcaba será el candidato socialista, un hombre que ha sido ministro en gobiernos de Felipe González y de José Luis Rodríguez Zapatero, que ha navegado en las cloacas del Estado con paso firme en el final del felipismo y en el zapaterismo a la deriva. Le quedan apenas ocho meses para recuperar diez puntos de diferencia con el PP y hacer posible una mayoría raquítica que le permita al PSOE mantenerse en el gobierno central. En los territorios le apoyanBincondicionalmente unos dirigentes y un aparato asolado por la derrota, sin apenas cargos, muchos de ellos en la cola del paro político y con la moral por los suelos. Además tanto el secretario general del partido, Zapatero, como su vicesecretario general, José Blanco, seguirán mandando y confeccionarán las listas al Congreso y al Senado. En el Gobierno tendrá que decidir qué hacer, si seguir siendo vicepresidente primero, ministro del Interior y Portavoz de un equipo sin pulso, mandado por un Zapatero desacreditado ante los españoles o si se sale de él para poner en marcha una travesía en el desierto del viaje a ninguna parte.

Pero cabe una remota posibilidad, que en el caso de un político de la habilidad contrastada de Rubalcaba en el regate corto en el corner cobra más enteros, de que sepa volar y desde las tinieblas de los abismos hacia los que se precipita el PSOE, sea capaz de remontar tirando de todos los perdedores que se aferran a él en busca de una salida. Todos han puesto sus esperanzas en su magia maquiavélica, en su verbo fácil y desenvuelto, en su trilerismo negociador. Es el momento de pasar del funambulismo al arte de birlibirloque, del equilibrismo a la prestidigitación y, sobre todo, al ilusionismo. Pérez Rubalcaba tiene la misión de convencer a los españoles de que los socialistas tienen un proyecto – que no puede ser el fracasado de Zapatero – y además debe rodearse de un equipo que ofrezca credibilidad suficiente para dejar en sus manos de nuevo la salida de una crisis que está siendo especialmente dolorosa para las clases medias del país, allí donde radica la fuerza tradicional del electorado socialista. Los barones zombies que acaban de ser arrasados en las urnas, no parecen componer el mejor cartel para atraer a los votantes que acaban de darles la espalda. Es de esperar que cual experto zahorí, Rubalcaba se apreste a surcar las tierras de España en busca de mirlos blancos en el partido que le acompañen en esta ingente labor que le han encomendado.

En la vieja tradición municipalista del PSOE puede encontrar ejemplos gratificantes de alcaldes de medianas poblaciones que pese al tsunami electoral que ha provocado Zapatero contra su partido, han ganado en sus localidades por mayoría absoluta fruto de su capacidad de gestión y cercanía a la gente. Algo tendrán que decir los ganadores en tiempos de perdedores de cómo ha de organizarse el futuro. El primer hito en el camino de Rubalcaba será en septiembre en la Conferencia Política del partido que se ha convocado a modo de remedo del Congreso. Allí deberán ponerse en valor ideas para el programa y personas para desarrollarlo. Veremos entonces si la inteligencia que siempre se le supone a Alfredo Pérez Rubalcaba le ha convertido en el Ícaro que los socialistas demandan.

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