Con acento hispano

Europa vive inmersa en un proceso de reducción de déficits públicos y de reestructuración de la deuda soberana de algunos de sus Estados, en pleno escenario de crisis, con bajos niveles de crecimiento económico, inflación al alza y destrucción de empleo. Un panorama que caracterizó en la década de los 80 y de los 90 a las grandes economías latinoamericanas, en casos tan paradigmáticos como el de Argentina, México o Brasil. Fueron años de intervención del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, de “corralitos” monetarios, de dolarización y mercados negros, de insolvencia de sus entidades financieras y de impagos de compromisos internacionales en la Región. La credibilidad de Latinoamérica estaba por los suelos y sus sistemas políticos alternaban etapas de democracia sumida en la corrupción con periodos de caudillismos, populismos o dictaduras sin reparos en la vulneración de los derechos humanos. Desde entonces el camino recorrido por gobiernos, pero sobre todo ciudadanía, del otro lado de la Atlántico ha transformado profundamente los indicadores de la Región. Con todos los riesgos que se le quieran poner, el continente crece, crea empleo, controla sus déficits y se siente joven para acometer los complejos retos de futuro en una economía globalizada.

PROBLEMAS DE AYER EN AMÉRICA, DE HOY EN EUROPA
Endeudamiento.- El principal problema al que se enfrenta Europa por su influencia en la estabilidad y supervivencia misma del euro, es del endeudamiento de sus finanzas públicas. Los rescates de Grecia, Irlanda y Portugal han puesto en jaque la capacidad de financiación de las deudas soberanas, ha obligado a profundos recortes de gastos sociales poniendo en riesgo el Estado del Bienestar clásico de prestaciones que ha caracterizado Europa en el último medio siglo. Reestructurar la deuda como ya ocurrió en países latinoamericanos de forma aislada y después bajo el amparo del plan Baker, puede llevarnos al mismo fracaso que allí se produjo. Lo cierto es que la única receta que realmente funcionó en América Latina, las consistió en políticas de reformas estructurales que se tradujeron con el tiempo en crecimientos y desarrollo para los países que las aplicaron.

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Crecimiento.- Consecuencia de lo anterior, Europa sumida en políticas de ajuste, no ha sido capaz de afrontar las políticas estructurales que fomenten la competitividad de su sistema productivo, por lo que el crecimiento sigue siendo tenue – salvo el milagro alemán pendiente aún de consolidarse – e insuficiente aún para acelerar la demanda interna y el consumo en el mercado interior europeo. Reformas que empiezan por la formación, el sistema educativo, la innovación e investigación como búsqueda de valores añadidos a nuestros productos y servicios, la movilidad del mercado laboral o el gran reto de armonizar fiscalmente la Unión y aplicar criterios homogéneos en los presupuestos de los Estados miembros. En Latinoamérica, economías que partían de esquemas más desestructurados, sin embargo, han sido más capaces, ágiles y flexibles para reaccionar y organizar sus mercados con métodos más adecuados para afrontar la crisis.

Empleo.- Es el aspecto donde más evidente es la diferencia de realidades. Europa ha visto crecer paulatinamente su tasa de desempleo hasta llegar al 10% a finales del año pasado en la eurozona y poco menos, un 9,6% en el conjunto de la UE, con España con niveles del 20%. América Latina cerró el 2010 con un tasa de paro del 7,4%, un punto menos que el año anterior, confirmando en toda la Región la estabilidad en la creación de empleo. La realidad demográfica entre las dos áreas también es divergente, mientras en Europa son los parados de larga duración y mayores de 40 años el principal problema, en América es el paro juvenil la principal batalla.

Sistema político.- Las consecuencias de este camino opuesto de las dos orillas atlánticas en materia económica se traduce también en el plano político. Mientras en Latinoamérica, la mayoría de los países profundizan sus democracias, las opiniones públicas valoran mejor que hace dos décadas sus gobiernos y sus sistemas políticos. En Europa el descrédito de los políticos ha desbordado a sus protagonistas y inunda el concepto más profundo de la política. El alejamiento de los ciudadanos de los partidos tradicionales de centro derecha o centro izquierda, base de la construcción europea, está aupando al poder a partidos populistas. Exactamente lo contrario que sucede en América Latina donde los populismos pierden espacios de gobierno e incluso sus protagonistas como es el caso del candidato a las elecciones presidenciales peruanas, Ollanta Humala, se modera respecto a su anterior intento en los comicios de hace cuatro años cuando fue derrotado por Alan García por su perfil excesivamente radical.

La vieja Europa y la joven América parecen caminar hacia lugares opuestos, una en las antípodas de la otra. Seguramente el motivo más profundo para este fenómeno de alejamiento tiene que ver con la pirámide poblacional de unos y otros. Mientras que en Latinoamérica la edad media de la población se sitúa en los 25 años, en Europa es de 40 años, nada menos que 15 de diferencia, dos bloques históricos y culturales que suma más de mil millones de habitantes – 580 millones Latinoamérica por 500 millones la UE -. El corolario final no puede ser otro que deberíamos hacer el esfuerzo por parecernos un poco más los unos con los otros. Europa tiene un buen ejemplo de progreso en los último veinte años y la Región latinoamericana tiene en Europa un modelo de defensa de los derechos humanos y de Estados del Bienestar que les ayuden a reducir la brecha social y la pobreza que aún asola a buena parte de su población.

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