Con acento hispano

Malo que Europa tenga la necesidad de celebrar su día para recordar su identidad. Peor que en ningún país de la Unión sea festivo, es decir, que ser europeo sea valorado menos que cualquier fecha histórica que recuerda la nación o la localidad. Reconocer que somos lo que somos, es decir, una UTE – Unión Temporal de Empresas, en este caso Estados – nos saldría más barato, porque así nos ahorraríamos los fastos de la celebración, los globos, llaveros y bolígrafos azules y estrellados. Sólo los funcionarios de Bruselas se alegran de una conmemoración que por endogámica la disfrutan ellos en solitario. Pero sarcasmos aparte, no está de más reflexionar en un día tan señalado para los que sí creemos firmemente en la necesidad de la idea de Europa, sobre los motivos reales que tenemos para festejar nuestra Unión.

El proyecto europeo agitado en la tormenta perfecta que representa la actual crisis económica, zozobra y los capitanes que han decidido hacerse con el timón – Alemania y Francia – apenas son capaces de mantener el rumbo atados a un timón loco. Un año de rescates – primero Grecia, luego Irlanda y ahora Portugal – han supuesto una resaca de la que no acabamos de salir porque resuenan los ecos de la necesidad de un re-rescate griego que hace pensar en el fracaso de la fórmula empleada para tratar de salvar al euro. Por otro lado, las pretensiones de unificar criterios de política económica y armonización fiscal, siguen esperando en el limbo mientras cada cual trata de salir de la crisis con recetas tan singulares como egoístas.

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En la escena internacional seguimos adoleciendo de nuestros males endémicos. Pese a la creación, tan rimbombante como la personalidad de su protagonista, del cargo de Alta Representante, Catherine Ashton sigue sin representar nada que no sea un comunicado a destiempo y siempre a expensas de las posiciones de las grandes potencias europeas. El último ejemplo de la crisis de los países árabes del Norte de África no puede más que avergonzarnos una vez más, por la poca talla que somos capaces de medir ante un movimiento de tanta trascendencia en el devenir del futuro mundial.

Sumidos en el pánico financiero y en la desconfianza en el sistema, los europeos nos hemos arropado en nuestro propio ombligo de los problemas patrios, echando la culpa de la situación a nuestros gobiernos nacionales y como no podía ser de otra forma, a los burócratas de Bruselas que desde su alejamiento de la realidad nos complican la vida innecesariamente. Claro que en esta huida sociológica de nuestras opiniones públicas hay mucho fondo de razón, la consecuencia de unos políticos profesionalizados, más preocupados de su partitocracia que de servir al ciudadano y el autismo de unos funcionarios que han olvidado que su sentido de la vida no es otro que la atención al cliente y ese no es otro que el mismo ciudadano al que nadie escucha.

Pero que quienes nos dirigen no encuentren la solución a los problemas o que se hayan ensimismado en los suyos, no debería habernos llevado a la solución ramplona de optar por los populismos euroescépticos y xenófobos que históricamente tantos y tan graves conflictos han provocado en el continente. Esa hola de incomprensión al diferente que nos recorre se ha extralimitado poniendo en tela de juicio el espacio Schengen y el derecho de asilo y refugio a miles de personas que huyen de la tragedia que se vive en el Magreb. Con posiciones así cada vez somos menos europeos, pero lo más importante, cada vez somos menos demócratas y menos templo mundial del respeto de los derechos humanos, la única vitola de señorío que había logrado unirnos en un proyecto común desde la II Guerra Mundial.

Claro que si preferimos ver la botella medio llena, estamos mejor que hace un año cuando el Día de Europa coincidió con el rescate a Grecia y la propia España, al borde del precipicio parecía condenada al abismo y llevarse en su caída por delante la unión monetaria y la eurozona al completo. Un año después persisten los problemas pero seguimos siendo la misma realidad con la misma bandera y la misma moneda. Los apocalípticos que llevan clamando nuestra defunción desde hace al menos dos décadas deben conformarse con la imagen triste de una Unión Europea estancada y sin empuje alguno, que se aferra como puede a la certeza de que unidos las penas son menos.

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