Con acento hispano

El próximo 22 de mayo se celebran elecciones autonómicas – salvo en Cataluña, Comunidad Autónoma Vasca y Galicia – y municipales que renovarán la inmensa mayoría del poder político territorial en España. Siempre han sido unos comicios trascendentales que anticipan lo que puede suceder en las elecciones generales que de cumplirse la legislatura íntegramente tendrán lugar en marzo del año que viene. Es evidente que en apenas 9 meses, con verano y navidades por medio, difícilmente se da un vuelco electoral por lo que el resultado del 22 de mayo desvelará en gran medida el mapa de la gobernabilidad futura. Quedan dos semanas en la que se librará una cruenta batalla entre los dos grandes partidos, PSOE y PP, ya no sólo por el reparto de escaños de los parlamentos autonómicos y de concejales en los ayuntamientos. En el caso del PSOE, tras el anuncio de la retirada del presidente Rodríguez Zapatero, las elecciones se van a vivir como antesala de sus particulares elecciones primarias que deberán decidir en el seno de su militancia el o la próxima candidata a la presidencia del Gobierno. Por su parte el PP, que lleva más de un año acumulando puntos de distancia a su favor respecto al PSOE en las encuestas, está obligado a ratificar esas expectativas en las urnas, con lo que también se enfrenta de alguna manera a sus particulares primarias.

Así las cosas y jugándose todos tanto, es seguro que viviremos jornadas de enorme dureza dialéctica, de descrédito del contrario y de escasez de propuestas o ideas. La típica campaña que por más que los estrategas de los partidos se empeñan en convertir en de “cercanía” al ciudadano, acaba reduciéndose a un diálogo de besugos entre candidatos enzarzados en insultos con los medios de comunicación dispuestos a darles grandes titulares, incluso si se les invita a ruedas de prensa sin preguntas, en una suerte de utilización perversa del derecho a la información que reduce a los periodistas en micrófonos tontos. La realidad es que estas elecciones llegan en el peor momento económico de las últimas décadas y son prácticamente las primeras de trascendencia desde que estalló violentamente la crisis. Todo ello compone un coctel de desafección de la sociedad española de la política y, sobre todo, de sus políticos. En estos momentos la valoración de los líderes de los partidos es la más baja de la historia y ninguno es capaz de aprobar a los ojos de su votantes ajenos o propios. Ese descrédito político nos aboca a una campaña sin ambiente, de fotos “robadas” a la calle y mítines de extras de bocadillo y autobús. La pasión o la ilusión ciudadana por lo que significa votar, auténtica fiesta de la democracia, ha desaparecido del escenario y se les nota tanto a los candidatos como a los votantes. Por eso lo único que queda en pie es un circo mediático que se mira el ombligo y se retroalimenta así mismo.

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La primera gran polémica que servirá al PSOE y el PP para tirarse los trastos a la cabeza ha ocupado gran parte de la precampaña y ha durado hasta el último minuto antes del arranque de la campaña en torno a la decisión de los tribunales sobre las candidaturas en la Comunidad Autónoma Vasca y Navarra de Bildu. La hipotética relación de sus candidatos con Batasuna y por ende con la organización terrorista ETA, ha servido y servirá para romper cualquier atisbo de consenso antiterrorista entre los dos partidos mayoritarios, PSOE y PP. La polémica ha vuelto a poner en evidencia la politización de los más altos tribunales españoles – Supremo y Constitucional – y los riesgos reales de reducir la calidad de la democracia que la Ley de Partidos provoca convocatoria a convocatoria. Pero los dos partidos han preferido rentabilizar la confrontación caiga quien caiga, sin tener en cuenta lo que podría suponer dejar sin ejercer un derecho tan básico como el sufragio y poniendo en el ojo del huracán a magistrados que representan la confianza del edificio de la Justicia en España.

Si miramos como se vive la fiesta por barrios, empezando por el Partido Socialista Obrero Español, se debate entre la dulce derrota y la catástrofe electoral. El desgaste que le ha producido el gobierno Zapatero ha sido mayúsculo, primero por el no reconocimiento de la crisis y después en un giro de imposible comprensión con un conjunto de reformas que provocan notables sacrificios a una población castigada severamente por la situación económica. Así las cosas la batalla de los socialistas se centra en aguantar en sus feudos tradicionales, sus graneros de voto y gobiernos que siempre han tenido como Extremadura, Castilla – La Mancha o Aragón. Y en el caso de las grandes ciudades las claves son sus actuales alcaldías de Barcelona y Sevilla. Posibilidades de recuperar plazas autonómicas o municipales prácticamente no tienen ninguna los socialistas. De perder los territorios o ciudades citadas, la hecatombe socialista desembocaría en las primarias que deben celebrar en el partido en el mes de julio con una total inestabilidad interna fruto de la pérdida de poder de sus barones autonómicos. En ese caso, resulta casi imposible prever el futuro a la cabeza del PSOE. Sin embargo, si los socialistas logran movilizar en estas dos semanas a sus votantes desencantados, cifrados en las encuestas en casi un 40% de los que tuvieron hace cuatro años, esa derrota dulce les permitirá encarar la sucesión de Zapatero de forma algo más ordenada. En cualquiera de los dos escenarios no se debe dejar de tener en cuenta la hipótesis de que los resultados del 22 de mayo provoquen un adelanto electoral de los comicios generales en el próximo otoño.

En el Partido Popular se afrontan las elecciones con una tensa calma, pues, si bien los sondeos le favorecen notablemente, debe visualizar en determinadas victorias su ventaja para mantener hasta marzo del año que viene a sus votantes movilizados hacia la victoria final. Por otro lado, ellos mismos se han puesto muy alto el listón al definir los comicios del 22 como una moción de censura a Zapatero que le obligue a una disolución de las Cortes. Dando la vuelta a los lugares señalados para el PSOE, el PP tiene en Sevilla en las municipales y en Castilla – La Mancha en las autonómicas – allí la candidata popular es la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal – símbolos a ganar para alcanzar sus objetivos. El exceso de confianza puede ser el principal problema que tienen los populares asentados en unas encuestas en las que se manifiestan con mucha menos vergüenza sus seguidores radicalmente contrarios a la gestión de Rodríguez Zapatero y con enormes deseos de cambiar de inquilino a La Moncloa. La demoscopia puede traicionarles como les ha sucedido en otras ocasiones si en su crítica excesivamente destructiva, el PSOE encuentra un revulsivo para llevar a votar a sus votantes desenganchados. El punto de discurso popular no es fácil de encontrar para tener a los suyos en tensión y no enfadar a los socialistas dormidos como para despertar sus iras hacia la derecha.

Con todos los cálculos que se quieran realizar, la realidad es que se trata de unas elecciones en clave municipal y autonómica, donde los ciudadanos eligen a sus gobernantes más cercanos, con lo que siempre cabe la sorpresa de políticos que pese a que su partido esté al alza o la baja pueden remar contracorriente, es decir, perder los que deberían ganar o ganar los que deberían perder. Quince días, pues, nos separan de unas elecciones que se han conformado como unas auténticas primarias españolas donde además de la suerte política de todos los ayuntamientos españoles y la mayoría de las Comunidades Autónomas, está en juego en gran media el futuro político de España.

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