Con acento hispano

El VI Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) ha proclamado por boca de su presidente, Raúl Castro, la necesidad imperiosa de los cambios para “preservar el socialismo, no para destruirlo”. Lo dice el máximo mandatario actual de la revolución a los 73 años de edad y lo corrobora su antecesor y hermano, el expresidente Fidel Castro, a sus 84 años. Y entre las principales medidas que propugnan para la regeneración del sistema político que implantaron se abre paso la necesidad de un relevo generacional, incluyendo topar los mandatos a ocho años. “Tarde piace” aunque también podríamos pensar que más vale tarde que nunca. Pero que los dirigentes que durante más de 50 años han implantado y dirigido un régimen ortodoxo, refractario al cambio y basado en el más absoluto control burocrático, llegada su senectud sean los defensores y vanguardia de la renovación, suena cuanto menos a sarcasmo o a que los Castro son sinónimo de revolución permanente hasta su tumba vital o política.

Raúl en su discurso de inauguración del Congreso, fue especialmente duro con la maquinaria del partido, aseguró que la organización partidista no debía tener funciones administrativas – como ocurre actualmente – y consideró un grave error condicionar un nombramiento a la militancia en el PCC. En su diatriba contra los dirigentes comunistas solicitó “desterrar el inmovilismo y los dogmas”, es decir, todo aquello que ha caracterizado hasta hoy la esencia de la revolución castrista. Solo cabe una explicación para entender que el presidente cubano haya tenido que llegar al límite de la crítica contra el sistema: su Gobierno es incapaz de poner en marcha los cambios que el país precisa por la oposición que ejercen sus propios mandatarios del partido o más claramente, el PCC se ha convertido en un problema para Cuba.

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La realidad económica y social de la isla es tan difícil que el fundador del régimen, Fidel, que renunció por carta a la dirección del partido, publicó un artículo en el diario oficial Granma, justificando todo tipo de reformas para salvar el socialismo. Que se cambie “lo que haga falta” consagró, para añadir una frase tan lapidaria como críptica: pidió a la generación de nuevos cubanos que fuesen capaces de “rectificar y cambiar sin vacilación todo lo que deba ser rectificado y cambiado”. Todo suena al concierto para violín del hundimiento del Titanic interpretado por una corte de dirigentes del partido alejados de la triste realidad que vive su pueblo y una gerontocracia que aún al mando del timón revolucionario trata de salvar un barco que navega rumbo a ninguna parte.

En cualquier caso, más allá de declaraciones grandilocuentes el Congreso del PCC ha seguido apostando por las reformas económicas, sin abandonar la planificación reconoce la necesidad de no ignorar “las tendencias presentes del mercado” y ha puesto en marcha tres medidas de gran calado social: la autorización para la compraventa de casas y coches; la ampliación de las tierras ociosas del Estado que podrán entregarse a los campesinos para su explotación particular y la regulación que permitirá a los bancos conceder créditos a los trabajadores por cuenta propia. Es decir, al comunismo cubano cada vez le queda menos de su modelo original. Camina titubeante hacia un sistema nacional de mercado, al estilo de Vietnam o de la propia China, donde por supuesto es antes el objetivo nacionalista que la ideología comunista.

Descentralización, autogestión empresarial, estímulo a la iniciativa privada y al trabajo de autónomos, ajuste severo del empleo estatal… han sido palabras y conceptos empleados ya sin tabú alguno en el Congreso celebrado en La Habana. Hasta la emblemática “cartilla de racionamiento”, símbolo de los gastos sociales de la isla, desaparecerá paulatinamente. Lo que no sabemos es si el Estado renuncia a garantizar la ración a aquellos que no alcancen en este peculiar modelo de neocomunismo liberlizante el umbral de subsistencia. Aunque mucho me temo que escuchado lo escuchado, todo vale con tal de que la nomenclatura del régimen no cambie.

Resulta muy sintomático de la descomposición que el sistema comunista vive en Cuba las palabras pronunciadas ante la cita del Congreso por uno de los cantantes paradigmáticos de la Nueva Trova cubana, Pablo Milanés. El cantautor se pronunció claramente contra el continuismo de la gerontocracia castrista: “Yo no confío ya en ningún dirigente cubano que tenga más de 75 años porque todos, en mi criterio, pasaron momentos de gloria, que fueron muchos, pero están listos para ser retirados” – ¿habrá que recordarle a Milanés que Raúl solo tiene 73? -. Pero ni siquiera son ya el problema los “viejos rockeros” de la revolución, el problema del régimen y a la postre el problema de Cuba, es la falta de preparación de los cuadros dirigentes para abordar los cambios que su país necesita. Se trata de un mal cultural y educativo, sus jóvenes y sus cuadros medios no saben ni pueden subirse al tren de la globalización que obliga a ser cada vez más competitivos. Es como si abriéramos el parque jurásico del castrismo de golpe y los dinasaurios tuvieran que convivir en un mundo repleto de cazadores con armas de alta precisión. Les guste o no, los comunistas cubanos son una especie en extinción.

Y lo peor de todo es que Cuba ya no le importa a casi nadie. La comunidad internacional tiene otras prioridades mucho más importantes. Ni a Estados Unidos le importa – salvo formalmente – lo que suceda en la isla. A la Unión Europea – salvo las nostalgia colonial española – ni sabe ni contesta sobre el estatus de relación con Cuba. Sus aliados tradicionales, Rusia, China, más recientemente Venezuela, o están en otras “guerras” o como el caso de Chávez, bastante tiene con mantener en pie su propio régimen. Además, el líder mítico que siempre lograba un minuto de gloria de atracción de las cámaras, Fidel Castro, se apaga desde que se apartara del poder en 2006 aquejado de una grave enfermedad y su discurso no encuentra ya hueco en un mundo digitalizado donde sus soflamas de más de ocho horas no soportan la inmediatez de Internet. En esa soledad se debate Cuba, a ritmo de su eterna salsa, con el danzón que interpretan unos líderes que pretenden cambiar todo para que nada cambie.

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