Con acento hispano

Estaba en el guión y en las buenas películas el guión siempre se cumple. Portugal ha solicitado el rescate de la Unión Europea. No hay sorpresa en la noticia porque desde hace casi medio año, los mercados descontaban esta medida. El coste de la operación se ha cifrado por el momento – siempre hay sustos cuando se conocen las realidad de las cifras – en 90.000 millones de euros. Como contrapartida Portugal deberá llevar a cabo severas medidas de ajuste de sus cuentas públicas y de su economía, que supondrán tremendos sacrificios para la población lusa, que se vienen a unir al club de los europeos más afectados por la crisis, auténticas víctimas de la recesión, de los ataques al euro y, sobre todo, de pertenecer a un club de ricos que en épocas de bonanza sonríen con manga ancha los planes expansivos de sus gobiernos y cuando vienen mal dadas, aplican mano de hierro contra el que se creyó nuevo rico y, en realidad, solo era un despilfarrador permitido.

Ahora toca pagar los platos rotos y los empiezan pagando quienes menos tienen, los menos poderosos y, también, los más pequeños. Porque la dimensión del problema también influye a la hora de enfrentarse a los problemas. Grecia, Irlanda y Portugal juntos apenas llegan a los 27 millones de habitantes, ni la mitad que Francia o Italia. Sus rescates habrán costado a la UE del orden de los 250.000 millones de euros, que con ser cifras importantes no alcanza en conjunto la del rescate que podría ser necesario para economías como la española o la italiana. Con esto no quiero decir que cuanto mayor es el problema más fácil es la solución, pero sí que la dimensión de la pieza del efecto dominó si influye en la caída del resto de las piezas. En un movimiento inercial, Grecia, Irlanda y Portugal han ido cayendo como una detrás de otras, con los plazos que los mercados y las decisiones del Consejo Europeo iban imponiendo de manera más o menos pactada. A partir de aquí, las piezas que podrían caer – salvo Bélgica, en franca descomposición como Estado – empezando por España y siguiendo por Italia, sitúan al euro al borde del precipicio y, por ello mismo, se han convertido en auténticos muros de contención para la supervivencia de nuestra moneda única. Es por ello que los incipientes indicios de recuperación de la economía española sean bendecidos por Merkel o Sarkozy, de la misma manera que siguen urgiendo al gobierno español a mantenerse en el camino ortodoxo de las reformas que le acerquen al equilibrio presupuestario.

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El caso portugués parte de un guión general, sin embargo, compone un tercer acto hasta la fecha desenlace del drama, con características propias. La economía portuguesa lleva una década endémicamente parada, acostumbrada a la recesión y sufragando lo que su productividad no es capaz de generar con gastos públicos de difícil justificación y con encubrimiento del paro mediante empleo falso por ineficaz. Sus gobiernos y, casi de forma general, su clase política, se ha acomodado a la situación hasta convertirse en parte fundamental del problema. Pasaron de administrar fondos europeos comiendo a dos carrillos sin saber a qué emplearlos al producirse su incorporación a Europa en 1986, a malgastar ayudas sin construir futuro en el país. La globalización que podía haber favorecido a una economía acostumbrada al comercio y bien posicionada internacionalmente por su historia colonial se ha convertido más bien en una amenaza ante la falta de impulso demostrada por sus gobiernos para generar un clima propicio para los emprendedores y la creación de empresas y proyectos.

Portugal se ha ido aislando paulatinamente de lo que sucedía a su alrededor, ensimismada en sus nostalgias, en sus crisis permanentes, en sus luchas de clases, en sus plazos desfasados en el tiempo, en sus trámites tediosos para todo, en la falta de mentalidad práctica… Un conjunto de factores que fueron componiendo un ritmo de fado cada vez más melancólico en el que se diluye día a día su identidad como nación. Los portugueses cada vez creen menos en Portugal, que es lo mismo que decir que cada vez creen menos en ellos mismos. Desde España, en tiempos de crecimientos imparables, desembarcaron banca y grandes empresas de distribución. Era un mercado más donde vender, una extensión del consumo interno, de la necesidad de demanda que generó un país creado desde la oferta. Pero prácticamente ningún negocio o proyecto transnacional hispanoluso, serio y basado en el largo plazo, se ha consolidado. Hemos especulado con Portugal sin creer en su potencial y las culturas empresariales no han hecho, en ninguno de los dos lados, el más mínimo esfuerzo por comprenderse y construir una nueva cultura corporativa de fusión. Además para colmo, cuando la intervención era imparable, el gobierno Sócrates recurrió a la mentira, falseando a Bruselas sus cifras macroeconómicas y proponiendo un plan de reformas sin credibilidad alguna. Una indignidad que tuvo que rechazar otro portugués, el presidente de la Comisión Durao Barroso. Y en el límite, ha empleado la crisis económica para provocar una crisis institucional buscando elecciones anticipadas con el perverso objetivo de favorecer sus intereses particulares. Las posturas enfrentadas entre estos dos pesos pesados de la política portuguesa, es decir Durao Barroso y Sócrates, han provocado que en uno de los momentos más delicados para Sócrates, Barroso le haya dado radicalmente la espalda llegando incluso a poner en tela de juicio la veracidad de las cuentas que Portugal estaba presentando, con el consecuente desgaste de la credibilidad que esto provoca. Si bien es cierto que Barroso no ha hecho esfuerzo alguno para facilitar las cosas, no es menos cierto que el peso de la crisis iba a provocar que, tarde o temprano, esta intervención económica llegara a producirse.

¿Y ahora qué? Portugal se enfrenta a una de las peores crisis de su historia. En el mejor de los casos a una década de depresión y serios problemas para mantener un digno sistema de bienestar social y asistencia social que impida que se abran brutales diferencias entre ricos y pobres. Sus jóvenes deberán plantearse la emigración como recurso para encontrar horizontes de esperanza en su futuro. No es el apocalipsis, es la constatación de una condición: empobrecido y pequeño. España tratará de separarse formalmente a toda velocidad de la imagen que Portugal expone. El contagio de la enfermedad del rescate produce pánico y con tal de no parecerse a Portugal haremos cualquier cosa. Demostrar que nos somos portugueses se va a convertir en la mejor manera de ser español. Bonita forma de ser europeos, alejarse del que está cayendo, del que tiene dificultades, mirar para otro lado cuando griegos, irlandeses o lusos tienen que buscarse la vida por libre.

Yo, sin embargo, creo en lo contrario, creo en la necesidad de la unidad como mejor recurso para salir de la crisis. La unidad europea como garantía real para evitar que nuestros valores democráticos y sociales se desvanezcan a manos de los anónimos dictadores que rigen los mercados financieros. Llevo demasiados años predicando en el desierto que la solución histórica para el Estado plurinacional español es la Unión Ibérica. Integrando Portugal en una unidad supranacional ganamos todos, en un conjunto de pueblos que reconocida su identidad y diversidad, suman sus recursos y capacidades para constituir una realidad más influyente y determinante en las decisiones de la UE. Hoy por hoy, la Unión Ibérica alumbraría un Estado de cerca de 60 millones de habitantes, a la par con Italia, Francia o el Reino Unido. Su proyección América Latina sería absolutamente incontestable al aglutinar entre el castellano y el portugués más de 650 millones de habitantes – solo Brasil son 200 millones de lusohablantes -. Se me ocurren cien motivos más para estar unidos, pero siempre vencen las fuerzas interesadas en la segregación y que desde falsos discursos nacionalistas cacarean las monstruosas consecuencias de la unión que se resumen en que España dejaría de ser España y Portugal dejaría de ser Portugal. Cuando la única realidad resultante de una unidad desde la acuerdo y no desde la imposición bélica, es la transformación de identidades adaptándose a las necesidades que posibilitan el progreso de sus ciudadanos. ¿De qué si no sirve una nación que no es capaz de satisfacer los deseos de su pueblo salvo para dar cabida a políticos que viven de administrar un poder despótico, populista y alejado de la gente? Se que de muy poco sirve lo que digo porque no hay ni en España ni en Portugal líderes que impulsen a nuestros países por este camino. Se necesita mucha altura de miras, inteligencia estratégica y astucia táctica para llevar a buen puerto un proyecto así. Que se lo digan a alguien a quien no llego intelectualmente ni a la suela de sus zapatos, el nobel portugués José Saramago, que por escribir y decir cosas como las que en este post expongo casi le expulsan de su país.

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Comments

  1. Ola Jesus,
    Algo que no entiendo. Dices: “Una indignidad que tuvo que rechazar otro portugués, el presidente de la Comisión Durao Barroso. Y en el límite, ha empleado la crisis económica para provocar una crisis institucional buscando elecciones anticipadas con el perverso objetivo de favorecer sus intereses particulares.”

    “ha empleado la crisis” – te refieres a Barroso o a Socrates?

  2. Gracias Georgi, me refiero al primer ministro José Sócrates y el dato definitivo que avala mi afirmación es el hecho de que el jefe del Ejecutivo luso llevó el plan de reformas al Parlamento portugués sin ninguna necesidad pues su Constitución le permitía hacerlas sin su aprobación. El voto negativo de la cámara legislativa le dio pie a su dimisión y a la convocatoria de elecciones anticipadas.

  3. Lo mejor seria que empezariais aprendiendo Portugues y mostrar intereso en la diversidad cultural de España por ejemplo ! Nunca os habra occurrido preguntar por qué hostias seguian tan hostiles estos vas(c)os comunicantes hacia “España”.
    Primero arreglad vuestros conflictos:
    -Creacion de la Comunidad Autonoma de Euskal Herria (Euskadi y Navarra)
    -Reconocimiento de las NACIONALIDADES Catalanas, Vascas y Gallegas (al plural).
    -Modificacion de la Constitucion: Las Naciones de España son plurales, libres y divisibles.
    -Introduccion del Inglés como Lengua Oficial para atraer al capital Extranjero.
    -Reconocimiento de la Igualdad de tratamiento para todas las lenguas: Español, Português, Inglés, Galego, Català, Euskara, Asturllionés, Aragones y Occità.
    Esto es Iberia. UNIDOS NELA PLURALIDADE. ESTE ES EL MEJOR RESCATE.

  4. El Estado de India funcciona de la misma forma y nunca tuvo ningun problema en ser plural.
    Fijaros que son muchos mas humildes, simples y pobres que nosotros.

    GORA IBERIA HAMAIKA
    VIVA IBERIA PLURAL
    VISCA IBERIA PLURAL

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