Con acento hispano

La reciente Cumbre europea que ha rubricado el “Pacto por el Euro”, ha servido también al gobierno español para darse un respiro en la batalla por la supervivencia frente a los mercados de la deuda. Una tregua aún inestable pero que tiene que ver con una doble circunstancia: por un lado, el apoyo general de los miembros de la eurozona a las duras medidas de reforma emprendidas por Zapatero para reducir el déficit público y, por otro, el hecho circunstancial del cambio de foco especulativo que ha supuesto el terremoto y la crisis nuclear de Japón y la guerra abierta en Libia. La mejor prueba del alivio que estas situaciones han supuesto para España lo representa el hecho de que la caída del gobierno Sócrates en Portugal como consecuencia de la desaprobación de su plan de ajustes por el parlamento luso y por la Comisión Europea, no ha provocado un efecto contagio como en ocasiones anteriores sobre la posición española.

La propia canciller Merkel, que ha impuesto con puño de hierro la disciplina del equilibrio presupuestario como dogma de fe para salvaguardar la salud del euro, llegó a clamar en la cumbre de Bruselas en referencia a los esfuerzos que debía realizar Portugal y los demás países periféricos afectados por el exceso de déficit: “Mirad todo lo que ha hecho España“. Lo malo es que añadió: “Y lo que aún le queda por hacer y va a hacer”. Es decir, que estamos a medio camino de lo que Alemania está dispuesta a avalar. Algo que el propio Zapatero tenía claro si nos atenemos a las propuestas de reforma que el presidente español anunció a lo largo del Consejo a sus colegas. Dos nuevos planes convencieron a Merkel de las buenas intenciones del converso gobierno socialista español, al escuchar la firmeza con que Zapatero presentó sus ideas para aflorar el alto volumen de economía sumergida que se registra en España, tanto en materia fiscal como, de forma especial, en el mercado laboral. Y, en segundo lugar, su aceptación de la regla que prohibirá que los déficits superen a los crecimientos del PIB. A estas dos promesas añadió además la reforma de la negociación colectiva y su determinación en disciplinar a las administraciones de las Comunidades Autónomas en el control de su gasto.

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Rodríguez Zapatero lleva casi ya un año – desde mayo de 2010, cuando la economía española rozó el precipicio empujado por el acoso de los mercados – uniendo su destino al proceso de reformas y convencido de que no existe otro camino posible, parece decidido a inmolarse políticamente. Enfrentado como está a los sindicatos y a una importante mayoría de los ciudadanos si nos atenemos a la mayoría de las encuestas que registran sobre su persona – el presidente con peor valoración de la reciente historia democrática – y su partido, a más de quince puntos de su opositor, el Partido Popular. Esa aparente liberación de su suerte electoral nunca sabremos si ha sido impuesta por las dramáticas circunstancias vividas o por decisión propia. Pero lo que él mismo ha certificado es la enorme preocupación con que viene siguiendo la situación la deuda española: “El diferencial con Alemania es un marcapasos que sigo día a día; si baja voy bien, si sube tengo problemas”, un increíble reconocimiento que realizado ante los principales empresarios españoles, en su última reunión en La Moncloa.

Esa cita, la segunda de esa naturaleza, con las 41 mayores empresas españolas, algunas de ellas notables multinacionales europeas – Telefónica, Santander, BBVA, La Caixa, Repsol, Iberia, Indra, Iberdrola, Inditex … – sirvió también al gobierno para recibir soplos de aire en forma de comentarios de sus propietarios o máximos ejecutivos, al constatar la mayoría que la situación económica ha mejorado en el último año y desde su última cita el pasado mes de noviembre. Es evidente que las preocupaciones de los grandes distan mucho de ser las que proceden de las dificultades de las pequeñas y medianas empresas o de los trabajadores o de los autónomos, todos ellos la base de la economía productiva en España, pero la realidad es que si se suma el empleo y las ventas de esas 41 compañías, tenemos un buen termómetro de la situación del consumo del país.

Unos empresarios que pidieron a Zapatero que él y su partido aparquen el debate sucesorio en la candidatura socialista para las elecciones de 2012, así como cualquier tipo de veleidad a la hora de convocar elecciones anticipadas. La mínima confianza que parece empezar a generarse en España no puede ser quebrada por deseos electorales de la clase política y, cierto es, que el PSOE tiene garantizada la mayoría parlamentaria para poder concluir la legislatura. Pese a la machacona petición del PP del adelanto electoral, nadie en el mundo empresarial comprendería que se sometiera en estos momentos al país a unos comicios generales con el parón que ello supondría y la incertidumbre que añadiría. La realidad es que ahora que parece que España ha logrado desvincularse de la periferia europea – Irlanda, Grecia y Portugal -, sería un disparate lanzarse a un debate político que distraiga el principal objetivo que debe encarar cualquier gobierno, el crecimiento y la consiguiente creación de empleo.

La primavera ha dado los primeros síntomas claros de recuperación aunque aún los principales indicadores económicos sigan en números rojos y la trascendental reforma del sistema bancarios, de las cajas de ahorro, esté en pleno proceso de reconversión. El turismo, ese mágico bálsamo de nuestra economía, apunta muy buenas maneras un año en que la inestabilidad en el norte de África, así como la mala situación de Grecia y Portugal, convierten a España en un destino seguro para buena parte de los europeos en busca de descanso. Y ese posible nuevo “boom” turístico puede tirar de la demanda de vivienda en costa por parte de jubilados de los países del norte de Europa. Si el déficit sigue controlándose disciplinadamente y la prima de deuda se instala en el respiro actual, sólo nos quedará esperar que el petróleo no se dispare para, al menos, salir del ojo del huracán de la crisis y tratar de seguir navegando aunque sea lentamente hacia espacios de recuperación. Después llegará la hora de hacer balance de lo que el incipiente Estado del bienestar español se ha dejado en la crisis, qué nos quedará en Sanidad, en Educación, en asistencia a Mayores… y será también la hora de exigir responsabilidades políticas y de opinar en las urnas sobre las mejores opciones para rescatar el tiempo perdido.

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