Con acento hispano

En plena crisis de la intervención armada en Libia, Barack Obama ha girado su primera visita de Estado como presidente de los Estados Unidos a varios países latinoamericanos – concretamente a Brasil, Chile y El Salvador -. Lugares dispares y heterogeneos, pues, mientras Brasil aspira a consolidarse como potencia mundial pero aún debe vencer enormes desigualdades sociales, Chile es desde hace décadas un país económica y socialmente estable, tradicional ejemplo de capacidad productiva y seriedad jurídica. Y,el caso de El Salvador, incomparablemente más pequeño y en vías de consolidación institucional, no soporta una mínima comparación con los anteriores. La variedad nos permite, eso sí, analizar en su conjunto el enfoque de relación que la Administración Obama desea para con América Latina, pues, no en vano su Departamento de Estado ha escogido el área amazónica, la región andina y la franja centroamericana como citas para el inquilino de la Casa Blanca.

Como es natural y ocurre cada vez que el mandatario del país más poderoso del mundo, sus interlocutores locales establecen un programa de máximos en sus reivindicaciones para mantener una relaciones que no sean consideradas de sumisión. En el caso de Obama aún si cabe con más motivo por una doble razón: en primer lugar, porque en sus dos años ya largos de mandato prácticamente no ha pisado la región más extensa fronteriza con Estados Unidos, y en segundo lugar, porque su antecesor George W. Bush, como tantas otras áreas del mundo le dejó una compleja herencia de intromisiones en asuntos internos de los Estados latinoamericanos. Así las cosas entre temas pendientes y el deseo de que el efecto Obama se trasladara hacia el Sur del continente americano, el Air Force One tomó tierra en Brasilia con la familia presidencial dispuesta a darse un baño de multitudes más propio del carnaval que de una visita de Estado.

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Pero allí estaba el gran Lula para seguir jugando su papel de tutela del cambio en el mundo pobre que Lula seriamente ser considerado por los ricos. Liberando a la presidenta Dilma Rousseff de cualquier tipo de desaire diplomático, Lula se ha encargado de decirle con gestos y palabras a Obama que Brasil se ha ganado a pulso la condición de ser miembro de pleno derecho del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Lo que solicita Brasil no se le puede negar al quinto país del mundo en población y extensión, a la mayor economía de latinoamérica, la segunda de toda América y la octava a nivel mundial.

Pero, sobre todo, porque Brasil representa hoy una especial sensibilidad de los países en vías de desarrollo para encarar los problemas de un mundo globalizado. Tenía, por tanto, Lula razones más que suficientes para ausentarse en la audiencia de Estado para mostrar su desacuerdo con el silencio impresentable de Obama sobre este tema. Después el presidente demócrata trató de aliviar su tibieza regando de halagos en sus discursos a la política de reformas y transformación levadas a cabo en Brasil con el esfuerzo de todos sus ciudadanos. Unos brasileños que ya no les vale con las buenas palabras sino que demandas hechos de de reconocimiento a la comunidad internacional, en ete caso representado por el mandatario más poderoso.

De allí volaron los Obama a Santiago de Chile, escenario de una relación bilateral que en el plano económico comercial no tiene problema alguno pero que en su historia de relación política seguía mostrando los gruesos perfiles de un borrón que aún palpita en la memoria de muchísimos chilenos: la intervención en el golpe de Estado contra Salvador Allende y el posterior apoyo al régimen dictatorial del general Pinochet, personaje acusado de crímenes contra la humanidad. Lo tenía muy fácil Obama, bastaba con justificar la intervención por el solicitada en Libia contra la masacre que Gadafi ha emprendido contra parte de su pueblo y pedir perdón por el poco edificante papel que jugó Estados Unidos mientras morían o desaparecían miles de chilenos cuyo único delito consistía en pensar y opinar libremente.

Pero una vez más su silencio nos defraudó, el silencio del hombre en quien buena parte del mundo había depositado la esperanza de cambiar el mundo hacia posiciones de paz, justicia y progreso. La magnanimidad que se le supone al gran gobernante brillando por su ausencia. ¿Por qué le cuesta tanto siempre al poderoso reconocer sus errores?. ¿Por qué no son conscientes de que hacer públicos sus pecados les hace mucho más grandes ante el mundo que cuando imponen su fuerza irracional? Ni una palabra sobre Cuba o su posición ante el recorte de libertades impulsado por Chávez en Venezuela, nada nuevo en el estatus de relación Norte – Sur en América. Ha desaprovechado Obama una extraordinaria oportunidad de demostrarnos que le importa algo de lo que pasa en el mundo que no sea lo que se cuece en el escenario bélico preferido desde la caída del muro por los Estados Unidos: el perverso binomio petróleo mundo árabe. Pero es evidente que por poco trascendente para sus intereses un presidente norteamericano ha errado en el enfoque de la relación con América Latina. Si los europeos tuvieramos la capacidad de movimiento que el mundo global requiere, ocuparíamos a toda velocidad el espacio desaprovechado por Obama para afianzar una relación política y económica con una región que crece establemente, que representa un espacio democrático y pacífice población joven y de extraordinarios recursos naturales: Latinoamérica.

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