Con acento hispano

Los jefes de Gobierno europeos disponen de menos de tres semanas para alcanzar un acuerdo global que estabilice la eurozona, ponga coto definitivo a los ataques que la deuda soberana de países miembros vienen sufriendo y, con ello, garanticen la supervivencia de nuestra moneda común, el euro. La cumbre primaveral europea de los próximos 24 y 25 de marzo marcan la frontera real entre las políticas de remiendos llevadas a cabo por la UE desde el inicio de la crisis surgida en torno a la deuda griega, hace ahora un año, y la capacidad que podemos tener de poner en marcha un auténtico modelo de gobierno económico europeo. Antes, esta semana el día 11 , los líderes políticos de la Unión tendrán la oportunidad de intercambiar impresiones en la reunión extraordinaria convocada por el presidente del Consejo, Van Rompuy, para tratar la crisis en Libia. Tienen, pues, dos oportunidades para acercar posturas y dar una solución airosa a la grave situación por la que atraviesa la maltrecha unión monetaria. Algo que a fecha de hoy se antoja complicado si nos atenemos a los múltiples desencuentros que se han venido produciendo en los meses de enero y febrero entre las distintas instituciones implicadas – Comisión, Parlamento, Consejo – y los Estados miembros.

¿Pero a qué decisiones se enfrentan nuestros mandatarios, sobre qué cuestiones pivota la salida de la crisis? Como mínimo han de debatir sobre cinco cuestiones de enorme trascendencia económica. Primero, sobre el llamado Pacto de Competitividad planteado por el tandem MerkelSarkozy, que ya encontró la respuesta matizada por la otra pareja de lujo en este drama en tres actos, Van Rompuy – Barroso. Segundo, sobre el paquete legislativo de medidas de gobernanza económica propuesto por la Comisión Europea. Tercero, la reforma del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) y la constitución del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEE) con carácter permanente. Cuarto, las reformas que deben introducirse en el Tratado de la Unión para la puesta en marcha del MEE en junio de 2013 y quinto, la renegociación de la ayuda a Irlanda solicitada por ésta. Panorama complejo que va a poner a prueba la verdadera voluntad de los políticos de cerrar brechas entre Estados miembros y buscar el mínimo común denominador que nos haga avanzar hacia una auténtica unión económica.

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Alemania ha extendido a lo largo del último año que la filosofía reinante a la hora de interpretar el origen de la crisis del euro radique en los excesivos déficits públicos alimentados por los gobiernos periféricos – Grecia, Portugal, España, Italia, Irlanda – aquejados de vicios derrochadores que han fomentado el incremento de sus deudas. Enfrente las instituciones europeas, encabezadas por la Comisión y, en buena parte de sus miembros, por el Parlamento, argumentan que la situación no hace más que poner de manifiesto defectos de la construcción de la Unión Monetaria, tales como la falta de armonización fiscal, los desequilibrios en el Estado de bienestar, las diferencias de los niveles de productividad y competitividad y un largo etcétera de divergencias socioeconómicas. Si se parte de premisas tan dispares a la hora de analizar la situación deberían extrañarnos las enormes dificultades que tenemos a la hora de alcanzar un acuerdo global. Si seguimos planteando maniqueamente la crisis, como un dilema entre buenos y malos – Alemania llegó a hablar de sanciones y de cambios obligados en las constituciones nacionales para impedir déficits desmedidos – resultará imposible avanzar. Sólo si ceden países periféricos en parte, Alemania y Francia en otra y las instituciones implicadas en su parcela de poder, tendremos alguna opción de apostar por la supervivencia del euro.

Lo cierto es que han sido Alemania y Francia los que han tensado al máximo la cuerda de los consensos. Su propuesta de un Pacto de Competitividad se ha lanzado al margen de los cauces institucionales obligando al presidente del Consejo y de la Comisión a articular una respuesta que aunque posibilista, ha dejado al descubierto a los organismos decisorios de la Unión. Los Estados se han impuesto a la UE y han dado un nefasto ejemplo a los demás socios que ya saben que aquí manda Merkel con Sarkozy de ayudante privilegiado. Un clima que provoca el escapismo del resto en huida libre alentados por el eslogan de sálvese quien pueda. Un Pacto, por otro lado, cuya medida más polémica es la propuesta de desaparición de indexación de los salarios con la inflación, en una palabra, acabar con la regla clásica de los Estados sociales de Derecho de garantizar el poder adquisitivo de los trabajadores. Algo que razonablemente podría resolverse dejando en manos de la negociación colectiva tales decisiones.

Que Europa debe reformarse para ser más competitiva en el marco de una economía mundial globalizada no lo niega nadie. Que no podemos seguir contemplando el rostro de los 23 millones de parados europeos sin tomar medidas para incentivar el crecimiento y la creación de puestos de trabajo, parece una obviedad. Cuestiones como la movilidad laboral, la convalidación de títulos en el espacio común, la armonización del impuesto de sociedades, ajustes en la edad de jubilación, relacionar salarios y productividad o la coordinación de los presupuestos públicos para evitar desequilibrios, requieren de un acuerdo inmediato entre los miembros de la eurozona. Pero si se pretenden imponer soluciones desde una perspectiva única, la resultante será que el sueño de la construcción de un espacio común de derechos y libertades desde el principio de la cohesión social saltará por los aires. Es el momento de que todos sepan ceder para buscar el camino más justo y eficaz para salir de la crisis más grave que ha padecido el euro en sus más de diez años de vida.

Necesitamos que se tomen medidas ya, necesitamos medidas adaptadas a las necesidades de celeridad de una economía mundial que mueve capitales y mercancías a alta velocidad en un universo digitalizado. No podemos seguir gobernando analógicamente la UE, esperando el advenimiento de las partes incapaces de apearse un milímetro de sus intereses. Nuestros gobernantes tienen que ser capaces de alcanzar acuerdos en este trascendente mes de marzo y de poner en suerte una serie de mecanismos y herramientas que estabilicen nuestra credibilidad económica internacional. Que nadie dude que los mercados estarán muy pendientes de las decisiones que los 27 tomen en la cumbre de Bruselas de finales de mes. Y no serán neutrales si ven muestras de debilidad por su parte, se lanzarán especulativamente a demoler la aparente fortaleza del euro con fuertes cantidades movilizadas para encarecer la deuda soberana de Portugal, el Estado con mayor riesgo a corto, para después poner sus ojos en las debilidades manifiestas de la economía española, una pieza demasiado grande para que la UE pueda salvar los muebles sin desmontar su unión monetaria. El euro está en serio riesgo si no somos capaces apoyarle con nuestra capacidad de estar, más que nunca, unidos.

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