Con acento hispano

A nadie debería sorprenderle los miedos, temores y en algunos casos, pánico, que estremece las cancillerías europeas ante la revolución “dominó” que recorre desde el inicio de año el Norte de África. En primer lugar, a ese lado del Mediterráneo tenemos aún demasiada memoria histórica sonrojante de nuestras épocas imperiales en la zona. Situación que complica las posiciones mantenidas por Francia, Italia, España o el Reino Unido, en países como Túnez, Libia, Argelia, Egipto o Marruecos. En segundo lugar, el pasado reciente de relación con dichos Estados tampoco ha sido edificante, pues, los sátrapas que están siendo desalojados del poder, han contado con el apoyo o cuanto menos beneplácito de sus antiguos c0lonizadores. Y, para colmo de males de vértigo, los intereses energéticos y económicos de las viejas metrópolis europeas en la zona, son de enorme cuantía y dimensión, por lo que la actual circunstancia de inestabilidad es juzgada como de altísimo riesgo.

Lo peor del caso no es sólo la falta de respuesta unitaria y decidida de la Unión Europea ante el tsunami libertario que vive el Magreb y el mundo árabe en general. Lo ridículo es que cada uno de los Estados miembros es perfectamente capaz de justificar a su particular dictador en la zona y, sin embargo, censurar la mantenida por el de al lado. Así las cosas, por ejemplo, en España criticamos vehementemente a Berlusconi – blanco fácil si tenemos en cuenta su decrépita imagen de presunto pederasta internacional – por su actitud con Gadafi, pero miramos para otro lado cuando el rey Mohamed VI entra a tiros en los campamentos de saharauis en El Aiún. O nos permitimos todo tipo de comentarios sobre las responsabilidades históricas del Reino Unido en la península arábiga y en Oriente Próximo, sin atrevernos a poner de manifiesto nuestra responsabilidad en la vergonzante salida de España de las colonias marroquíes.

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Los miedos tienen nombres y apellidos concretos en lugares identificables. Se llama gas en Argelia, petróleo en Libia y empresas mixtas de la mano de dictadores en todos ellos con cuantiosos beneficios para las dos partes, pero nunca para la población de la zona. Los temores se concretan en la amenaza de la inmigración masiva que inunde el Mediterráneo de pateras descontroladas hacia nuestro acomodado suelo europeo. Y el pánico nace de la libertad que puede acabar con sociedades gobernadas por regímenes integristas islámicos que pongan en cuestión nuestra sacro-santa seguridad de países ricos. Después de haber sido capaces de condenar a cientos de millones de personas en la zona a la miseria y a la falta de derechos y libertades, aceptando la custodia de la región por parte de gobernantes indeseables, ahora nos aterroriza la posibilidad de que la desaparición de ese colchón protector nos deje inmunes ante los deseos de pueblos libres. Un ejemplo más de la peculiar forma de hacer diplomacia que tenemos los europeos, en el espacio común de mayores libertades y derechos sociales del mundo, eso sí, exclusivo para nosotros mismos.

Ahora que parece evidente que Estados Unidos ha decidido mover el tablero cambiando de fichas y, probablemente, hasta de juego en la zona, la UE divaga sin protagonismo internacional en la crisis, balbuceando malamente comunicados por boca de una patética Alta Representante que siempre llegan al menos un minuto después de que las grandes potencias europeas ya hayan dicho la última palabra. La imagen de Ashton es perfectamente coherente con la incapacidad de las instituciones europeas de liderar una situación creada a pocas millas marítimas de nuestras fronteras. Mientras el nuevo mapa se va componiendo y lo que debería remover mucho más nuestras conciencias, mueren cientos de civiles y sufren millones de personas, sin que Europa sea capaz de articular una política eficaz de respuesta rápida.

Pareciera que los miedos atenazan nuestra actitud. Contemplamos boquiabiertos las noticias de un fenómeno imparable y veloz de cambio radical en una zona que creíamos tan estable como falta de libertades. Y mientras nosotros tratamos de entender qué está pasando “allí abajo”, el petroleo dispara sus precios y nuestra factura energética alcanza máximos históricos nuevamente. Una vez más la conclusión es muy sencilla, la Europa que a costa de lentas discusiones de décadas hemos sido capaces de construir, está obsoleta, no sirve para la ecuación espacio y tiempo que dirige el mundo globalizado. Hasta civilizaciones que creíamos ancladas y cuasi medievales, como el mundo árabe, se mueve a mucha más velocidad que la viejísima Europa de los 27.

Y lo más grave es que el resto del mundo aprende la lección y nos ha cogido la medida de nuestras posibilidades. Ha dejado de creer en nosotros y en nuestra capacidad de ejercer la responsabilidad de liderar la vanguardia de libertad y derechos que anhelaban de Europa. Claman en Libia justicia cuando les bombardean en las calles, gritan en las plazas árabes por alimentos a precios asequibles y apedrean a los ejércitos para liberarse de la opresión. Y se preguntan una y otra vez, sin respuesta ¿dónde está Europa?

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Comments

  1. Thank you Jimmy, I agree totally with your warning on the crisis of Japan. I gather your offer and I will write my near post on the topic.

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