Con acento hispano

El Banco Mundial acaba de hacer público su informe elaborado con vistas a la próxima cumbre del G20 en París. Los datos aportados no pueden ser más alarmantes: la actual crisis alimentaria lleva a 44 millones de personas a la pobreza en apenas seis meses. La entidad estima que esta masa de hombres, pero sobre todo mujeres, que viven en situación de pobreza extrema, con unos ingresos de menos de un euro al día y que no pueden cubrir sus necesidades básicas de alimentación, se unen a gran velocidad a la legión de 1.000 millones
de seres humanos que pasan hambre en el mundo.

Los precios de los alimentos, según el índice que elabora el Banco Mundial, subieron de media un 15% entre octubre y enero, pero en el acumulado del año se han incrementado nada menos que un 29%. Entre los cereales los precios internacionales del trigo son los que más han subido hasta duplicar su coste en seis meses. El maíz se ha encarecido en un 73%, el azúcar y los aceites comestibles también se han revalorizado fuertemente. Para completar el drama alimentos trascendentales en la dieta en la India como las verduras o las legumbres en África, también han registrado notables alzas de precios.

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A la hora de buscar culpables a esta gravísima crisis alimentaria mundial se esgrimen tres principales. La primera difícilmente puede resolverse salvo que decidamos condenar a chinos e indúes a la indigencia, pues, se motiva por la fuerte demanda de estos países emergentes. Por tanto, es un condicionante que afortunadamente nos va a acompañar siempre y debemos trabajar para que ese “problema” se extienda a toda la humanidad. El segundo se relaciona con las malas cosechas del año pasado debido a catástrofes naturales y sequías pertinaces en importantes regiones agrícolas. La incidencia en estos fenómenos del controvertido concepto de cambio climático y la emisión de gases de efecto invernadero, nos sitúan ante la imperiosa necesidad de tomar medidas globales para corregir y evaluar de forma científicamente solvente el impacto que producimos sobre nuestro planeta. Pero es en el tercer aspecto donde podemos y debemos incidir coordinadamente de forma inmediata. Se trata de la especulación auspiciada por algunos gobiernos haciendo acopio de reservas de alimentos bajo la excusa de un riesgo de crisis de desabastecimiento, lo único que protege son oscuros intereses y auténticas tramas de intermediarios enriquciéndose gracias al hambre y la muerte de millones de personas cada año.

Los europeos no podemos encerrarnos en nuestro particular caparazón proteccionista ante un drama tan brutal que además, observado desde un mero punto de vista pragmático, amenaza con desestabilizar áreas tan cercanas como el Mediterráneo y el Magreb – recordemos que las revoluciones de Túnez y Egipto tienen su origen en el encarecimiento de los alimentos -. Debemos abandonar nuestra manía sistémica de mirarnos endogámicamente el ombligo y revisar en profundidad los fundamentos y las herramientas de nuestra PAC – Política Agrícola Comunitaria -. Una política nacida bajo el principio de la garantía de abastecimiento y de la unidad de mercado común hace más de 50 años, que hoy ya solo se perpetúa para proteger privilegios a base de subvenciones. Nuestra PAC supone una barrera a la entrada de productos de terceros países y contribuye a encarecer los mismos dado el alto nivel de protección que sobre los nuestros establecemos. Esta forma de pagar por lo que no es rentable en un mercado globalizado condena a nuestra agricultura a una subsistencia bajo mínimos, sin relevo generacional y con escaso recurso dedicado a la innovación y la eficiencia. Europa tiene una primera oportunidad de demostrar que quiere cambiar el estatus quo flexibilizando su posición en la ronda negociadora MercosurUnión Europea que se inicia en marzo.

El mundo necesita generar un clima de seguridad alimentaria globalizada, se debe crear una base de información inteligente para conseguir más transparencia sobre las reservas y evitar situaciones de pánico que generen acopio y especulación. De igual forma que el sistema financiero nos ha demostrado con la crisis que ha provocado la necesidad de un nuevo modelo de gobernanza, no podemos permitirnos por más tiempo que el desgobierno se haga cargo del mercado alimentario. El problema principal, no obstante, no es otro que el de la productividad agrícola que se ha estancado mientras la población mundial sigue creciendo exponencialmente.

Por tanto, el gran reto actual de la humanidad consiste en rentabilizar el campo, es decir, aplicar en la agricultura procesos de ciclo integral, similares a los de la industria, que conjuguen cultivos, energía generada con sus residuos – nada que ver con cultivos energéticos que compiten con los alimentarios y elevan sus precios – y captación de emisiones de carbono. En esto Europa debería proponer actividades de vanguardia y dejar de exponer posiciones maniqueas como las que recientemente defendió en Davos el presidente francés Nicolás Sarkozy cuando culpó de la situación a especuladores mientras su país es el más firme defensor de la agricultura protegida y subvencionada en Europa.

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