Con acento hispano

Brasil se enfrenta a una contradictoria paradoja fruto del fulgurante éxito de su irrupción en el escenario internacional. El fuerte crecimiento registrado en los últimos años por el gigante latinoamericano ha provocado no pocos desequilibrios en las principales magnitudes macroeconómicas cariocas que requieren ahora un repentino enfriamiento de la actividad. El momento escogido no es casual sino fruto de las primeras medidas que pone en marcha la nueva presidenta Dilma Rousseff. El final de la era Lula o el reciente periodo electoral habían demorado en exceso unos ajustes de los que analistas y mercados llevaban demasiado tiempo proclamando como imprescindibles para garantizar la estabilidad de la octava economía mundial.

Los síntomas de calentamiento de Brasil empezaron a manifestarse hace dos años y lo hicieron al tres variables clásicas de desajuste, la inflación, los tipos de interés y el valor cambiario de su moneda. Crecía el PIB brasileño pero ya no era capaz de hacerlo por encima de los precios que se disparaban a medida que aumentaba el consumo interno. Y ello se producía pese a que los tipos de interés en Brasil son los más altos del mundo. El resultado perverso un real – moneda brasileña – hipervalorado que dificulta enormemente las exportaciones de materias primas del país.
null

Las fuertes inversiones públicas llevadas a cabo por la administración Lula, asi como el incremento del gasto social de un gobierno decidido a disminuir los niveles de probreza del país han producido desequilibrios absolutamente justificables desde el punto de vista político, pero habrían requerido de medidas correctoras que acompasaran crecimiento y estabilidad a medio y largo plazo, es decir, el manido pero imprescindible concepto del desarrollo sostenible. Pero los tiempos muertos de la política, expresados en términos electorales se cruzaron en lo que debía haber sido una más sosegada hoja de ruta.

Le ha tocado corregir el ritmo que no el rumbo del país a su nueva presidenta y determinación o conocimiento no le faltan. Su equipo económico cuenta con reconomiento internacional como para ser creíble y recabar la confianza de los mercados – el mantra de la coyuntura económica actual que desquicia a cualquier gobernante -. Tirando de recetas clásicas de política económica, las únicas que se le han ocurrido a la práctica totalidad de los gobiernos del mundo, Rousseff ha recurrido al enfriamiento de la economía brasileña por la vía de un fortísimo recorte del gasto público de nada menos que 22.000 millones de euros. El tijeretazo debería afectar a los gastos corrientes de la Administración como viajes, dietas compra de vehículos o inmuebles, pero también se anuncia un dato tan revelador como que no se convocarán concursos públicos a lo largo del año y que se pueden parar algunos ya licitados.

Según el ministro de Hacienda, Guido Mantega, los recortes no afectarán a las inversiones o gastos destinados a la desaparición de la pobreza, ni áreas tan esenciales para el desarrollo futuro como la educación o la innovación. Las intenciones parecen claras y el guión en teoría se aparta poco del diseñado por el histórico presidente Lula, pero las realidades suelen ser tozudas y no será fácil discriminar postivamente estas partidas de gasto cuando las magnitudes macroeconómicas están tan desajustadas. El pasado año Brasil creció un 4%, pero su inflación lo hizo un 6%, mientras los tipos de interés alcanzaban el 11,25% siendo el 1% los del Banco Central Europeo, el 0,1% en Japón o el 0,25% los de la Reserva Federal de Estados Unidos.

Brasil se ha puesto el listón muy alto para convertirse en potencia mundial. Tiene que organizar los dos eventos más importantes de la humanidad de aquí a tres años – el Mundial de Fútbol 2014 – y a cinco años – las Olimpiadas de Río de Janeiro 2016 -. Les queda poco tiempo muchas infraestructuras por construir y mucha seguridad que garantizar. Todo ello costoso además de tecnicamente complejo. Pero el principal problema al que se va a enfrentar el gobierno de Rousseff es a la maravillosa esperanza de progresar que inspira a las clases medias y bajas del país que han descubierto el deseo de vivir mejor a cualquier precio, incluido el de endeudarse viviendo por encima de sus posibilidades para disfrutar de un hogar digno o un automóvil nuevo. El hambre sigue siendo un drama en Brasil, pero el problema inmediato es una enorme masa social de personas que aspiran ya a algo más que comer todos los días. El primer episodio de este reto ya ha enfrentado a la presidenta con sus antiguos camaradas sindicalistas al tratar ésta de congelar el salario mínimo. El 2011 se perfila como el año clave en el camino emprendido por Brasil para pasar de país emergente a potencia mundial.
null

Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Share on Google+0Share on LinkedIn0
Author :
Print