Con acento hispano

Se nos llena la boca con demasiada frecuencia cuando alardeamos como europeos de constituir el espacio común más democrático y que más y mejor respeta los derechos humanos. Porque más allá de declaraciones grandilocuentes, las realidades se cultivan con hechos. La globalización y la extensión del acceso universal a la información que ha supuesto Internet nos pone a todos en un ecaparate del que resulta difícil escapar, pues, no queda ya rincón ajeno a la lupa de aumento que nos ofrece la Red. En esta situación ejercer el papel de garante de los derechos humanos en el mundo requiere de un ejercicio muy exigente, sobre todo cuando cientos de millones de personas esperan ya no sólo una declaración de intenciones sino una actuación eficaz por parte de Europa para impedir los atropellos que cada día se producen en todos los continentes a los derechos de las personas.

Por eso no debería sorprendernos que nos saquen los colores – o más bien se los saquen a nuestros políticos – cuando se presentan periódicamente informes sobre la vulneración de derechos humanos en el mundo. El más reciente el de la organización Human Rights Watch – junto a Amnistía Internacional la más importante del mundo – ha resultado especialmente crítico con la UE y sus Estados miembros a quien acusa de tratar con guante de seda a los gobiernos que violan los derechos humanos. Concretamente HRW centra su reprobación en el enfoque comunitario hacia estos regímenes, basado en el diálogo y la cooperación, sin ejercer la suficiente presión que fuercen cambios de actitud en los regímenes dictatoriales.

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Es evidente que este tipo de planteamientos de los problemas mediante diálogos intergubernamentales entre gobiernos europeos y la propia UE con gobiernos abusadores, favorece a estos últimos, pues, la cuestión de derchos humanos solo se aborda “a puerta cerrada”. Por su parte el gobierno ocidental también sale favorecido ya que recibe la recompensa a su discreción en forma de relaciones comerciales privilegiadas. Si como UE vamos por la vida haciendo gala de adalides de los derechos humanos sería lógico que como solicita HRW se introdujeran en las relaciones con dichos Estados, sospechosos o confesos violadores de derechos, una serie de indicadores de referencia con unos mínimos requisitos a cumplir para mantener dicha relación. O dicho a la inversa, ¿podemos como europeos tener relaciones diplomáticas, de cooperación o comerciales con gobiernos que aplican indiscriminadamente la pena de muerte sin un sistema judicial mínimamente garantistas, que torturan en las cárceles a sus opositores políticos y le impiden ejercer sus derechos democráticos, a quienes discriminan a personas por razones de sexo, raza o religión o a quienes censuran o impiden el libre ejercio de la información o la expresión de ideas? ¿Por qué espúreos motivos permitimos estas situaciones allende nuestras fronteras cuando nunca las aceptaríamos intramuros de nuestro espacio comunitario? ¿Por qué, en definitiva, miramos para otro lado cuando conocemos situaciones que no queremos para nosotros y las aceptamos para los demás? Preguntas tan simples no pueden tener respuestas complejas salvo que queremos esconder nuestra vergüenzas en forma de hipocresía.

Por desgracia no resulta difícil encontrar ejemplos recientes y cercanos de ejercicio de esta “diplomacia silenciosa” europea que rubrica que quien calla otorga. La actitud displicente de la Unión con Uzbekistán o Turkemistán y sus levísimas reacciones ante autócratas africanos como el líder ruandés Paul Kagame y el etiópe Meles Zenawia. Pero es sin duda la relación con China la que nos sitúa ante el principal reto de defensa de nuestros principios y valores. El gigante asiático y su fuerza emergente económica en el mundo intimida de tal manera en la escena diplomática que ha logrado un estatus de cobardía universal que impide enfrentarse a la profunda represión de libertades fundamentales que vive el pueblo chino a manos de sus gobernantes. Tal es
nuestra falta de decoro con China que nuestra Alta Representante para Asuntos Exteriores, Catherine Ashton ha llegado a proponer el levantamiento del embargo armamentístico impuesto al régimen chino tras la brutal represión llevada a cabo contra los estudiantes en Tiananmen en 1989, sin ningún requisito previo.

En el citado informe de HRW también se arremete contra el reglamento Dublín II de la UE, que permite transferir a un solicitante de asilo en un país europeo al Estado por el que entró en el territorio comunitario, lo que ha provocado el envío de numerosos demandantes a Grecia, que ha resultado incapaz de gestionar tal avalancha. Si ni siquiera somos capaces de garantizar el derecho de asilo en territorio de la UE, habremos perdido completamente la imagen histórica de culturas de defensa de las libertades.

Si Europa no es consciente de que su principal valor de puesta en escena en el mundo es la defensa de los derechos y libertades del ser humano, habrá perdido toda su credibilidad para exportar ideas, que son las que alimentan el comercio de biene y servicios. Seremos ya solo un mercado de ciudadanos acomodados, de espíritus empobrecidos, entregados al consumo atolondrado esperando que el Estado nos resuelva la papeleta del futuro. Nuestra diplomacía debe ser la mejor del mundo en formación y dedicación, pero sobre todo, ha de ser el mascarón de proa de nuetros valores, el bien más preciado que aún tenemos a ojos de los pueblos que sufren violaciones en sus derechos. Esa es la mejor materia prima exportadora europea, una imagen internacional de referente en derechos. Esta brillante última reflexión no es mía, me la apropio de mi esposa Uxue porque me aprovecho de que no me cobrará derechos de autor.

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