Con acento hispano

El pasado 2010 puso a Europa y a su euro por dos ocasiones al borde del precipicio. Acosada por la desconfianza de los mercados y la consecuente insaciabilidad de los especuladores, las instituciones europeas apenas han logrado enfrentar a estos ataques sistémicos grandilocuentes declaraciones con llamadas a la unidad y mínimas medidas y herramientas defensivas basadas, sobre todo, en la articulación de fondos públicos de rescate. En mayo empezó la pesdilla en la economía más débil de la zona euro, la griega. Se acudió a su rescate y los pocos meses, a la vuelta del verano, las presiones sobre la deuda soberana se trasladaron hacia Irlanda, especialmente afectada por el déficit público con una economía en recesión y unas entidades financieras que superaron el test stress a base de falsos balances y medias verdades en sus cuentas de explotación. Así las cosas pese a que como es lógico, el gobierno irlandés trató de defenderse como gato panza arriba para evitar la intervención, los jefes de gobierno de la Unión decretaron la intervención a primeros del pasado mes de diciembre.

Ahora las campanas doblan por Portugal, también una economía menor en el conjunto de la eurozona que de la misma forma que Irlanda trata desesperadamente de salir del tremendo trago de imagen internacional que supone ser rescatado – el propio término del lenguaje resulta peyorativo -. Su primer ministro, el socialista José Sócrates manifiesta un día sí y otro también que las severas medidas de ajuste efectuadas por su Ejecutivo son suficientes para cumplir los objetivos de equilibrio presupuestario impuestos desde Bruselas por su compatriota luso, el presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso. Sin embargo, el tándem desigual que dirige Europa y que componen Angela Merkel y Nicolás Sarkozy, son firmes partidarios de instrumentar ya el rescate portugués y de profundizar los sacrificios en forma de práctico desmantelamiento de muchas prestaciones del Estado del Bienestar. Su política dura y severa con los Estados en dificultades, va dejando una estela de protestas sociales, huelgas generales y brechas cada vez más profundas entre ricos y pobres en un espacio que se pretendía común.

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Este perverso efecto dominó se acerca peligrosamente a Estados y economías con tal peso en el conjunto que puede hacer peligrar la propia estabilidad, e incluso, la subsistencia del euro, como es el caso de España. Caminar al borde del precipicio no puede convertirse en la práctica cotidiana de la Unión Europea porque la interrelación ya existente monetaria y comercial entre todos los Estados miembros puede suponer que el mínimo resbalón de alguno de ellos precipite a todos al vacío. Pensar que la articulación de un fondo de rescate permanente, el mecanismo aprobado en el último Consejo Europeo, puede servir de red de salvamento es no querer darse cuenta de la tozuda realidad que nos acompaña desde el pasado mes de mayo. Garantizar miles de millones de euros contra la deuda y la virtualidad del euro, a los únicos que beneficia es a los especuladores que están ahora más seguros que nunca que sus “inversiones” para debilitar las economías de la eurozona ya no tienen ningún riesgo, puesto que están cubiertas por todos nosotros, por el bienestar que estamos hipotecando en cada movimiento de rescate. ¿O alguien piensa que cubrir nuestras vergüenzas económicas nos salen gratis a los ciudadanos? Más temprano que tarde esos fondos se traducen en recortes de pensiones, de sueldos y de servicios públicos, En definitiva, el coste de avalar al euro lo pagamos los ciudadanos europeos en forma de empobrecimiento personal y en acrecentar las injusticias en nuestras sociedades.

Bien es cierto que si no existieran los problemas estructurales, fundamentalmente el de la baja productividad y por tanto, el diferencial de competitividad de nuestras economías con el resto de las economías ricas y de las economías emergentes, no seríamos tan débiles ante los ataques que a través de los mercados de deuda se vienen produciendo. Europa lleva dormida, aplazando las reformas imprescindibles para poner en hora en el mundo globalizado su posición, demasiado tiempo. Más de dos décadas donde los crecimientos de nuestras economías en vez de servirnos para realizar cambios profundos en nuestros mercados productivos y laborales y para acometer procesos serios de innovación e investigación, han sido el pretexto para vivir cómodamente cual cigarra en la fábula, mientras las hormigas de la tierra trabajaban incansablemente para mejorar sus vidas. La agenda Lisboa como me temo que la Estrategia 2020 más reciente, se tornan papeles mojados desbordados por los acontecimientos de una economía que ya no espera a que los europeos tomemos nuestras decisiones.

Pensar que podemos tener una moneda común sin una política económica federalizada, armonizada fiscalmente y con claras herramientas y mecanismos de gobernanza fuertemente coordinada, es tan infantil como pretender que todos nos creamos europeos porque tenemos una bandera y un himno oficialista que solo rige en los papeles de los burócratas de Bruselas. Igual que alcanzar un identidad común requiere la puesta en marcha de valores comunes y una política mucho más europea en cada Estado, un billete o una moneda no constituyen por sí solos ninguna garantía de un espacio económico propio. La famosa teoría de las dos velocidades que en su día manejó la Comisión Delors para afrontar las ampliaciones al Este de la UE, se está imponiendo por la fuerza de los mercados. Corremos el riesgo serio de que se vayan quedando descolgados del proceso de construcción europea, países en dificultades y colectivos sociales desfavorecidos. La fuerza de los Estados más poderosos se está imponiendo sin capacidad de consenso, anteponiendo los intereses particulares a la capacidad que nos dota a todos la unidad. Deberíamos haber aprendido de esta crisis que sólo se sale de ella caminando de la mano, las opciones aisladas y unilaterales están abocadas al fracaso en un mundo que cada vez se mueve más rápido y con más decisores.

Para España, una previsible intervención de rescate de Portugal, supone dar un paso al frente hacia el borde del abismo. Dejaría a la economía española en primera línea de presión de los mercados. Además, cerca del 30% de los activos de las entidades financieras lusas son propiedad de bancos o cajas españolas. Cualquier acción sobre ellas repercutiría en el valor bursátil de entidades tan importantes en el contexto español como el Banco Santander o el BBVA. De la misma forma que las fuertes inversiones de empresas españolas en Portugal se verán fuertemente devaluadas. De ahí que la presión sobre la deuda soberana del Tesoro español se haya acrecentado exponencialmente y que los destinos de Portugal y España caminen cada vez más en paralelo. Si la política debe demostrar su utilidad en los momentos más críticos, estamos ante la imperiosa necesidad de ejercer la política con mayúsculas. Necesitamos políticos valientes con capacidad de liderazgo en la unidad. Una unidad que en el caso de la península bien podría empezar por relanzar la vieja idea de la Unión Federal Ibérica, seguramente este sería una buena senda para resolver muchos problemas de Portugal y muchos de los de España. Juntos nuestro presente y nuestro futuro seguro que sería mejor.

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