Con acento hispano

El pasado 1 de enero tomaba posesión la nueva presidenta de Brasil, Dilma Rousseff y recibía la banda presidencial de manos de Luiz Inácio Lula da Silva, el mandatario que ha hecho historia por los procesos de reformas emprendidos y por abandonar el cargo con los máximos niveles de popularidad jamás alcanzados en el país carioca. Rousseff es la primera presidenta en la historia de Brasil y la duodécima jefa de Estado y de gobierno que lo es en Latinoamérica. Pero ella rige los destinos del país más extenso de centro y sudamérica – y el quinto del mundo – y el más poblado de la región, con más de 200 millones de habitantes – también 5 en el ranking demográfico mundial -, lo que la significa como la mujer más importante del continente – solo comparable al nivel de poder alcanzado por Hillary Clinton, la secretaria de Estado de EE.UU. -. Por ello y porque Brasil es también la mayor economía de América Latina, gran parte de las miradas del mundo se centren en estos primeros días del año en ella.

Su discurso en la toma posesión ante el Congreso Nacional en Brasilia – por cierto precedida por una lluvia torrencial después de cuatro meses de pertinaz sequía – dejó bien claras las intenciones de esta ex guerrillera marxista que tras honrar la trayectoria del gobierno de Lula – de la que ella fue jefa de Gabinete – y afirmó su determinación de dar continuidad a las conquistas económicas y sociales logradas por su antecesor y verdadero mentor. Acabar con la extrema pobreza en Brasil sigue siendo el el primer objetivo, como lo fue de Lula durante sus dos mandatos, para la nueva presidenta. Todo parece llevar el signo e incluso el símbolo del lenguaje de la continuidad en el cargo. Dilma viene a profundizar la era Lula, pero ni los tiempos son los mismos, ni los retos pueden serlos. Sobre todo si tenemos en cuenta que la mayoría absoluta conseguida en segunda ronda por Rousseff se debió en gran medida a la fortísima implicación en la campaña del presidente Lula, con todo su carisma y toda su tremenda influencia en el pueblo brasileño que fue capaz de poner en juego.

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RETO 1: HACER OLVIDAR A LULA. Ahora sin él en el escenario público, por mucho que tutele de cerca los pasos de su amiga y sucesora, Dilma se enfrenta a primer reto relacionado con esa dependencia de Da Silva. El reto mayor para la nueva gobernante parece ser el carisma del propio Lula da Silva, quien concluye su gobierno con una altísima aprobación popular de 87%, según diversas encuestas. Tendrá que satisfacer las altas expectativas que dentro y fuera el país suscita, dada la trayectoria ascendente que ha venido registrando. No será nada fácil lograr la vida siga mejorando para el común de los brasileños. Además pese a que poner peros a los logros de Lula resulta históricamente absurdo, como toda realidad tiene claroscuros. Dilma hereda una economía que está recalentándose: el crecimiento cercano al 7,5% en 2010 ha provocado un aumento vertiginoso de las importaciones y de la inflación (hasta el 5,6%). En su segundo mandato, Lula fue mucho más derrochador que en el primero: el déficit fiscal de Brasil, del 3% del PIB, puede resultar pequeño para estándares europeos, pero es demasiado alto para una economía en auge y ahuyenta la inversión, tanto pública como privada. Eso significa que la política monetaria debe encargarse de mantener la inflación baja. El resultado son las altas tasas de interés, que a cambio elevan el valor de la moneda brasileira, el real.

RETO 2: ESTABILIZAR EL CRECIMIENTO. Tal vez porque los mercados son temerosos de los saltos en el vacío, la nueva presidenta ha querido enviar un mensaje de confianza a los inversores con un equipo económico continuista y sólido, que deberá tomar medidas para, entre otras cosas, controlar la escurridiza disciplina fiscal, contener el gasto público y frenar una inflación del 5%. Tres figuras clave son su jefe de Gabinete, Antonio Palocci, el poderoso ex ministro de Economía a quien se adjudica el mérito de haber ganado la confianza de los inversores en los primeros años del mandato de Lula; Guido Mantega, veterano asesor del ex presidente que ahora asume la cartera de Finanzas, y Alexandre Tombini, que ocupará la presidencia del Banco Central con el compromiso de mantener la inflación bajo control y garantizar la autonomía de la entidad. Un equipo que cuenta con la aprobación de los mercados y de las entidades internacionales – FMI, OCDE… -. Pero que como la propia Rousseff ha dejado claro desde que ganó las elecciones, debe afrontar el ajuste fiscal que Brasil necesita y convertirle en un Estado más eficiente. La cuestión es si actuará lo suficientemente rápido. Algunos de sus asesores creen que el crecimiento permitirá al Gobierno curar sus enfermedades de forma paulatina, a la vez que se van poniendo en marcha medidas de ajuste sin la celeridad que convertiría a Dilma en una política impopular. Pero este juego político puede conlleva serios riesgos. Brasil hoy por hoy, es en gran medida rehén de la incierta economía mundial y es muy vulnerable a medidas globales de contracción de la demanda que frenen nuevamente el crecimiento.

RETO 3: CONTROLAR LA CORRUPCIÓN POLÍTICA. Otro de los riesgos es la propia situación política que hereda, plagada de prebendas y de dosis de corrupción. La presidenta tendrá que demostrar mucha habilidad política y juego de cintura para asegurarse, en las votaciones importantes y decisivas, la fidelidad a la alianza de Gobierno. Lula da Silva, al que se llamaba “político de goma” por su flexibilidad para lidiar con los partidos en el Congreso. Pese a ello sufrió en su carne la deslealtad de sus aliados, que le impidieron llevar a cabo algunas reformas institucionales. La duda es si Dilma a la que le gustan los resultados inmediatos, tendrá la paciencia necesaria para las negociaciones a veces eternas con los congresistas, siempre en busca de ayudas y cargos. La mayor incógnita es la del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el principal aliado del Gobierno, que ha conseguido 89 diputados y 16 senadores. En la distribución de ministerios, el PMDB, que nunca ha presentado candidato presidencial y ha gobernado siempre con el vencedor de turno, ha recibido seis carteras ministeriales, las que tenía con Lula, pero de menor peso político y económico. El PMDB ya promete, solo en voz baja por ahora, venganza en las votaciones si no se ve más favorecido. En todo caso, Rousseff se enfrenta a un Congreso voraz, si no ejerce una vigilancia constante, los políticos encuentran miles de fórmulas para aumentar el gasto, principalmente en partidas que favorecen a los privilegiados, no a los pobres. El último ejemplo: el Congreso saliente acaba de adjudicarse un enorme aumento salarial, que si se aplica a todos los niveles del Gobierno supondrá 2.200 millones de reales al año, más que el programa Bolsa Familia de lucha contra la pobreza.

RETO 4: LA SEGURIDAD Y LA LUCHA CONTRA LA DELINCUENCIA ORGANIZADA. Brasil organizará la Copa Mundial de fútbol en el 2014 y los Juegos Olímpicos del 2016, para cuando se prevé que el país sea la quinta mayor economía del orbe. La imagen internacional en materia de seguridad es el mayor de los riesgos que la presidenta debe combatir si quiere que el éxito en estos eventos de gran trascendencia mediática favorezca su programa de reformas. En el camino una dura lucha contra la delincuencia organizada que aprovecha los fuertes núcleos de pobreza extrema en ciudades como Río de Janeiro y en menor medida Sao Paulo, para acantonarse en sus negocios ilícitos y creando guetos de violencia. Lula ya le marcó el camino de esta dura batalla justo antes de transferirle el poder, al irrumpir el Ejército en las fabelas de Río enfrentándose a tiros a las bandas mafiosas que las controlan.

Nadie duda de que Dilma Rousseff es una mujer dura y competente, que cumple sus tareas. Tan dura que se ganó el sobrenombre de “Dama de Hierro” siendo ministra de Energía y Minas y como en abril de 2009 cuando anunció que tres semanas antes se le había detectado un cáncer linfático, que tenía que someterse a un tratamiento de quimioterapia y afirmó que no disminuiría su ritmo de trabajo. Sólo nos queda por saber si a sus actitudes y aptitudes se une el acierto y la habilidad de atemperar los plazos y las medidas a tomar, como ha demostrado al mundo su antecesor, Lula da Silva.

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