Con acento hispano

La Asamblea Nacional venezolana ha concedido Plenos Poderes – mediante la llamada Ley Habilitante – por un periodo de 18 meses al presidente Hugo Chávez para que a partir de enero pueda gobernar sin tener que pasar sus dictados legislativos por el Parlamento. La justificación de tal decisión, la necesidad de actuar ante la emergencia nacional que han provocado las recientes inhundaciones acaecidas en Venezuela y que han causado 40 víctimas mortales y han dejado sin hogar a más de 140.000 personas.

Hasta aquí todo podría parecer normal, dada la excepcional situación creada por una tragedia natural, pero en la República Bolivariana chavista y bajo el influjo del “Socialismo del siglo XXI“, nada es normal y todo resulta una excepción que vulnera una buena parte de los derechos fundamentales de sus ciudadanos. Así la realidad que se esconde tras esta medida no es otra que evitar la oposición a los deseos dictatoriales del presidente en una cámara legislativa elegida en unos comicios que supusieron un serio revés para Chávez. Sencillamente el líder bolivariano que perdió la mayoría absoluta en septiembre para los próximos cinco años, había solicitado tal gracia – eso si él solo había pedido un año – para poder completar su programa de reformas.

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Ha sido un parlamento saliente, deslegitimado pues por el paso de los venezolanos por las urnas, quien saltándose las más mínimas normas democráticas le ha concedido la cuarta Ley Habilitante al presidente. Cuando los nuevos parlamentarios ocupen sus escaños electos, verán sus funciones prácticamente en suspenso por una decisión de sus antecesores. El propio presidente ha anunciado nada menos que la entrada en vigor de un paquetazo legislativo, en palabras suyas, “tengo la primera batería de leyes. tengo casi listas unas veinte”. Y como aperitivo la propia Asamblea aprobó en la misma sesión que le concedió plenos poderes a Chávez, la nueva Ley de Bancos que le permite ordenar la intervención de los bancos por razones de “bien público” y obliga a las instituciones financieras a destinar parte de sus ganancias a organizaciones comunitarias.

Pero este tipo de leyes con la particular visión del socialismo que tiene el presidente venezolano le han llevado a realizar auténticos atentados contra la libertad y la democracia como es el caso de la Ley de Responsabilidad de radio y televisión, que permite que el gobierno supervise los contenidos de los medios digitales y Internet, además de los convencionales; cuatro leyes de “Poder Popular” basada en la figura de los consejos comunales – que establecen un Estado paralelo de gobierno para restar competencias a las alcaldías y gobiernos de los Estados federales de la República o la Ley de Telecomunicaciones de corte muy similar a la de los Bancos, con carácter nacionalizador de las operadoras. Con los nuevos poderes el presidente se arroga legislar personalmente sobre finanzas, infraestructuras, defensa nacional y ordenación territorial. De hecho ha conculcado la división de poderes para regir Venezuela por decreto en lo que puede suponer una clara deriva hacia una dictadura.

Cuando Chávez empezó a lanzar su revolución bolivariana al mundo, dado su fuerte carácter populista y, porque no decirlo, los fondos de los que disponía con el precio del petróleo al alza para ayudar a quien siguiera sus profecías, los temores a que su influencia se extendiera por la región fueron notables. De hecho el comandante bolivariano se empeñó en el intento. Las victorias de Evo Morales en Bolivia, de Correa en Ecuador y de Ortega en Nicaragua, parecían predecir la irrupción en el escenario político de un movimiento al alza entre las clases sociales más bajas latinoamericanas. Casi una década después, la influencia de Chávez en América Latina se ha reducido sensiblemente. Correa ha girado en muchas posiciones y Morales bastante tiene con tratar de sobrevivir a la división que vive su país. La inteligente diplomacia desarrollada por Lula de excelente relación con todos, incluido con Chávez, ha equilibrado la zona y dejado al chavismo en una caricatura de lo pretendía ser. Ni siquiera Cuba, que siempre tuvo una relación más crematística que de empatía ideológica con la Venezuela bolivariana, está dispuesta a dejar de ser un símbolo mundial del socialismo para compartirlo con Chávez.

Pero si bien es cierto que los riesgos de una extensión del fenómeno chavista en la región son ya claramente menores que hace unos años, la verdad es que la comunidad internacional ha sido muy permisiva con Chávez y sus excesos, especialmente en lo referido al respeto de la libertad de expresión y del cumplimiento de los procedimientos democráticos de un Estado de Derecho. Las particulares relaciones del mandatario venezolano con regímenes estigmatizados por la comunidad internacional como Corea del Norte o Irán, han escandalizado al mundo pero no le han supuesto a Chávez ninguna sanción o siquiera seria advertencia. Mientras Rusia y China le venden armas y obras públicas garantizándole un buen trato en el consejo de seguridad de las Naciones Unidas. El petróleo, pese a su nefasta gestión de Pdvsa, sigue permitiendo a este peculiar caudillo una diplomacia repleta de fanfarronadas efectistas, mientras los venezolanos, cuyo nivel de vida empeora respecto a su entorno, sufren ser la excepción de una región empeñada en ser protagonista de las decisiones mundiales.

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