Con acento hispano

El lenguaje encierra toda la riqueza del significado de la comunicación humana. Las palabras y su semántica expresan deseos e intenciones con una certeza que ningún otro código ha alcanzado. La reciente XX Cumbre Iberoamericana celebrada en la ciudad argentina de Mar del Plata ha puesto de manifiesto la voluntad de los Estados latinoamericanos de incorporarse definitivamente al mundo más desarrollado del planeta. Por ello han titulado el documento de conclusiones “Metas 2021: la educación que queremos para la generación de los bicentenarios”. Ahora que la mayoría de los países de la región cumplen su 200 aniversario de la independencia y liberación del Imperio español, se marcan como reto alcanzar en los próximos diez años un educación de calidad para sus ciudadanos. Un desafío para el que los países invertirán unos 76.000 millones de euros (más de 100.000 millones de dólares) hasta 2021, siendo Brasil y México, las principales potencias, las naciones que aportan un porcentaje mayor.

La cita iberoamericana también creó un fondo solidario para la cooperación y la cohesión educativa, con una cifra inicial de 3.000 millones de euros (unos 4.000 millones de dólares) con el objetivo de que vaya aumentando con el paso de los años. La intención de tanto esfuerzo económico es inequívoca, América Latina desea constituir un espacio estable de libertades y de oportunidades económicas del que se puedan beneficiar sus ciudadanos. Un proyecto basado en la inclusión social donde la educación se erige en la clave del crecimiento. Es un proyecto común y diverso, pero cada país ha concretado hasta dónde quiere llegar. Reforzar y ampliar la participación de la sociedad en la acción educadora, lograr la igualdad y superar la discriminación, aumentar la oferta, universalizar la educación primaria y la secundaria básica, mejorar la calidad, favorecer la conexión entre educación y empleo, fortalecer la docencia y ampliar el espacio iberoamericano del conocimiento son algunas de las citadas Metas que los mandatarios latinoamericanos se han marcado.

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El plan educativo tendrá una inversión de los países iberoamericanos de unos 76.000 millones de euros (más de 100.000 millones de dólares) hasta 2021 y cada país ajusta su presupuesto en función a sus perspectivas de crecimiento. La participación también es importante en este plan ya que se pretende alcanzar un amplio acuerdo político, social, empresarial y colectivo, así como la incorporación de programas de acción compartidos entre los países iberoamericanos. El objetivo es que los países más ricos ayuden con sus recursos a los más pobres para que puedan alcanzar esas metas. Para que la inversión vaya aumentando el objetivo es firmar convenios con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Banco Mundial y la Confederación Andina de Fomento (CAF), así como con Telefónica y otras empresas paraguayo-brasileñas y paraguayo-argentinas, entre otras.

Esta ya no es la América Latina de las buenas palabras sin más, es un espacio que coopera y colabora activamente entre sus países y que además, se compromete a dotar cuantiosos fondos para formar a sus generaciones futuras. Se asemeja al extraordinario esfuerzo que la Unión Europea realizó primero con su Política Agrícola Común y después con sus Fondos de Cohesión para allanar las diferencias entre países y entre ciudadanos y que paradójicamente hoy están siendo cuestionados poniendo en evidencia la crisis que vive la UE. Los europeos nos anticipamos en el diagnóstico de situación desde la Agenda de Lisboa y después al marcar los objetivos de la Estrategia 2020. Con mayor o menor acierto, el tiempo lo dirá, establecimos nuestras intenciones a futuro. Pero desde entonces ha pasado demasiado tiempo y la ejecución de las acciones encaminadas a alcanzar los retos definidos se empantanan ante el bloqueo unas veces de unos y otras de otros, de las principales potencias de la Unión. La UE se desangra en continuas discusiones y en procesos burocráticos anquilosantes. Tenemos estrategia pero no tenemos metas, esa es la diferencia semántica en Europa y América Latina.

A los europeos nos une el análisis de lo que necesitamos porque son problemas comunes pero diferimos en cómo afrontarlos, o al menos en los matices de cómo abordarlos. La energía, la competitividad, la innovación… palabras sobre las que realizamos el mismo discurso pero cuando llega la hora de financiar los programas que deben resolver cuestiones tan sensibles para el futuro de nuestros hijos, entonces nos sale la torre de babel que llevamos dentro y dejamos de hablar un idioma común. Tal vez por esa unidad de entendimiento que representa una lengua como el castellano, América Latina se entiende mejor, justo a la inversa de lo que fueran las últimas décadas del siglo XX. El siglo XXI ha cambiado las tendencias y ahora a Europa le cuesta mucho más caminar unida, mientras que latinoamérica se acerca más a un futuro común.

Y en medio España, que comparte comunidades como puede, con más problemas que nunca por resistir el tren europeo que marca Alemania y tratando de no ser el convidado de piedra en América Latina. Un equilibrio que las empresas multinacionales españolas han sido capaces de realizar en los últimos años logrando una notable presencia en Europa y al otro lado del Atlántico. Pero la política, que suele ser el reflejo de los estímulos, sean estos positivos o negativos, de la sociedad, empieza a zozobrar repartida entre dos mares. Un efecto perverso que se puso más que nunca de manifiesto en la Cumbre Iberoamericana, a la que no acudió el presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero, acuciado por los problemas económicos en Europa y urgido incluso a declarar el estado de alarma ante la huelga de controladores. Mientras en Mar del Plata quien se fotografiaba con los jefes de Estado y de Gobierno americanos era el Rey Juan Carlos, postrera y nostálgica imagen de la monarquía reinó plus ultra.

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