Con acento hispano

La pobreza y la indigencia en América Latina caerán en 2010 gracias a la vigorosa recuperación económica que muestran este año la mayoría de los países de la región, según un informe de la CEPAL – Comisión Económica para América Latina y el Caribe de Naciones Unidas -. La pobreza y la indigencia disminuirán 1,0 y 0,4 puntos porcentuales en relación a 2009, cuando la Latinoamérica sufrió el mayor impacto de la crisis financiera internacional. Unas cifras que pese a que muestran la clara tendencia de condición de continente emergente, no deberían maquillar la dura realidad que aún vive muchos seres humanos en la región. Así los datos del drama nos dicen que se espera que el 32,1% de los habitantes latinoamericanos permanezcan en situación de pobreza y el 12,9% en la indigencia en 2010, lo que representa 180 millones de pobres, de los cuales 72 millones están en situación de indigencia, niveles similares a los registrados en 2008.

Un panorama que no conforta pero que hace ser optimista pues en la mayor parte de los países estudiados en el informe, la pobreza bajo. Por ejemplo de 2008 a 2009 descendió en Brasil (de 25,8% a 24,9%), Paraguay (de 58,2% a 56%), República Dominicana (44,3% a 41.1%) y Uruguay (de 14% a 10,7%). Este porcentaje también bajó entre 2006 y 2009 en Argentina (de 21% a 11,3%) y Chile (de 13,7% a 11,5%). En cambio, la pobreza aumentó de 2008 a 2009 en Costa Rica (de 16,4% a 18,9%) y Ecuador (de 39% a 40,2%). En México la pobreza también subió (de 31,7% en 2006 a 34,8% en 2008). El documento agrega que la combinación entre el aumento en los ingresos laborales de los hogares pobres y las transferencias públicas orientadas a minorar el impacto de la crisis, permitió reducir la desigualdad en la región. Asimismo, la distribución del ingreso se mantuvo estable en 2009, por lo que el balance neto de los últimos siete años sigue siendo positivo para la mayoría de los países.

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Sin embargo, si nos tomamos el trabajo de analizar la profundidad de los datos que el documento aporta llegaremos a la conclusión de que la persistente desigualdad presente en los países se debe a la alta concentración de la pobreza en las primeras etapas de la vida, el alto peso de las transferencias familiares hacia la infancia y el mayor peso de las transferencias públicas hacia las generaciones adultas, combinado con la baja eficacia de los sistemas educativos para revertir desigualdades de origen. En América Latina los gobiernos cumplen un rol limitado en la aportación de ayudas en los gastos de niños y jóvenes (sólo 21%), a diferencia de lo que ocurre en economías desarrolladas en donde el Estado comparte con la familia esta responsabilidad (aporta el 45%). Por ello, cada vez resulta más vital aumentar las transferencias públicas hacia el ciclo de vida infanto-juvenil.

En conjunto, el gasto público social creció fuertemente las dos últimas décadas en términos absolutos (de 445 a 880 dólares por persona) y relativos (del 12,3% al 18,4% del PIB). Lo que resulta más positivo es que los gobiernos latinoamericanos han afrontado la crisis internacional con políticas oportunas que han mermado el impacto negativo sobre la pobreza y el empleo. Políticas nacionales y coordinadas entre países y zonas, como es el caso de los Programas de Transferencia Condicionadas (PTC) que ya benefician al 20% de la población latinoamericana y caribeña en claras condiciones de vulnerabilidad. América Latina está cooperando para desarrollarse y los países que emergen se sienten responsables de estabilizar el crecimiento de la región.

Más allá de estadísticas la realidad de un continente que habla la misma lengua y piensa de forma similar con toda su enorme diversidad es que se impone el crecimiento y con ello el establecimiento de clases medias que invierten en la educación de sus hijos. Procesos de formación que serán claves en el futuro próximo de países que cada día son actores más notorios en el escenario internacional como es el caso de Brasil, México o Argentina. Gobiernos de centro derecha y socialdemócratas aplican fórmulas económicas similares para reducir la pobreza de sus gentes y para mejorar la situación social de sus países. Sin grandes alharacas América Latina, inmersa aún en graves problemas de inseguridad e injusticia, avanza hacia los niveles de bienestar de los que disfrutamos los europeos desde hace décadas. Nadie les ha regalado nada, más bien les debemos, entre otras cosas porque les hemos cobrado a precio de oro sus deudas del pasado, cometidas por pecados de Estados jóvenes y sociedades poco vertebradas.

Y en ese camino cada día más sólido de progreso, en plena marejada de la crisis, miran sin cesar a Europa tratando de encontrar un referente ético, social, una forma de hacer las cosas homologable, un estandar democrático que les una a nuestro discurso de unión política similar al paralelismo que hace ahora doscientos años, siguiendo la senda de la revolución francesa, les llevó a independizarse del imperio español y constituir una pleyade de jóvenes repúblicas. El problema es que Europa está ensimismada en su rapto, abstraída en sus problemas, acosado el euro por los mercados y tratando de descifrar el motivo que la hace perder mes a mes competitividad en el mundo. No le queda tiempo a la Unión Europea para mirar al Atlántico y tender la mano a un continente que quiere escribir su historia al margen de los Estados Unidos y que en su colaboración podría suponer una salida inteligente para la transferencia de conocimiento que aún los europeos podemos hacer. Pero estamos tan al límite, tan preocupados por saber cuándo llegará el siguiente rescate europeo que el propio presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero cancela su viaje a Argentina y Bolivia, y no acudirá a la Cumbre Iberoamericana – invento español -para adoptar nuevas medidas de ajuste económico.

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