Con acento hispano

La presión sobre las emisiones de deuda del Tesoro de España se ha incrementado hasta un 90% más que con anterioridad al rescate de la economía irlandesa producido este fin de semana. El perverso efecto dominó que los mercados están aplicando a las economías europeas sigue su macabro curso y parece poner ahora el punto de mira en España. En mayo, como consecuencia de la intervención en Grecia, ocurrió lo mismo y se salió del laberinto tramado por los especuladores a base de un paquete de medidas de recorte de gasto público durísimo que incluía la congelación de las pensiones y la bajada del sueldo de los funcionarios. Ahora que la Comisión, el BCE y las propias autoridades alemanas, otrora críticas con las políticas económicas del gobierno español, se alían para diferenciar claramente a España de Irlanda, los mercados hacen oídos sordos y encarecen sistemáticamente la financiación del endeudamiento español.

Se trata de un pulso complejo entre quienes están convencidos de que los desequilibrios y debilidades estructurales de la economía española acabarán por demandar ayudas y quienes han puesto en marcha medidas correctoras para que ello no se produzca. Una ruleta contrarreloj donde unos mueven grandes cantidades de dinero para incrementar los intereses de la deuda y con ello engrosar sus beneficios especuladores y los que cubren la apuesta con dinero público tratando de taponar la herida sangrante del endeudamiento. La gran cuestión es a favor de quién corre el tiempo, a quién a la postre le beneficia el paso de los días. Y pese a que no hay respuesta fácil podemos atisbar algunas conclusiones básicas que nos aporten algo de luz en estos nuevos momentos de incertidumbre.

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Lo primero que conviene analizar son los motivos que siguen provocando elevados niveles de déficit en la economía española. No parece muy difícil encontrar un culpable principal y aventajado a como principal protagonista de la crisis: el paro. Tres millones de desempleados más que no sólo perciben cobertura por desempleo, sino que han dejado de contribuir con sus impuestos a la Seguridad Social. Y si el paro es el mal básico, tendríamos que volcar todos los esfuerzos por reactivar la capacidad de generación de empleo en España. Algo que estructuralmente no se logra salvo con crecimientos del PIB superiores al 2%. Crecer vuelve a ser la receta mágica, lo que sucede es que las condiciones para se crezca no están presentes ni se les espera. El consumo interno está por los suelos y dadas las circunstancias de falta de trabajo en las familias, pocas esperanzas inmediatas podemos poner en su recuperación.

Así las cosas, sin confianza en el futuro inmediato, la economía española se moverá en el próximo año o incluso dos próximos años en niveles escasísimos de crecimiento. Claramente insuficientes salvo que se articulen políticas de fomento del empleo que en ningún caso podrán financiarse con fondos públicos dadas las obligadas políticas de ajustes presupuestarios que viven todas las administraciones. La cooperación en red sectorial y territorial conformando clusters exportadores y la apuesta decidida por facilitar la incorporación de los emprendedores al tejido empresarial son algunas de las recetas que convendría poner urgentemente en marcha. Pero todo ello choca con la insuficiencia financiera del sistema. El público no puede ayudar por los motivos señalados y el privado, bancos y cajas, están lastrados por las dificultades que a sus balances han añadido la crisis del sector inmobiliario.

A la vista de los datos la realidad es que España es un perfecto negocio para aquellos que tratan de desestabilizar al euro y para los que simplemente quieren ganar dinero a corto especulando con ello. Lo único que hacer albergar alguna esperanza de que el rescate no será necesario es la complejidad del mismo. Rescatar a Grecia, Irlanda o si llegara el caso que esperemos que no, a Portugal, está suponiendo una continua tensión para las autoridades europeas y las de los principales Estados de la Unión, pero está dentro de los niveles y límites en que nos podemos mover. Rescatar a uno de los grandes socios de la zona euro, con más 45 millones de habitantes, miembro del G20, puede romper el sistema por cuantía y por relevancia de la pieza a rescatar. A eso en parte viene jugando el gobierno español, aunque algunos no nos cansemos de repetir que se está jugando con fuego. ¿Estaría Alemania dispuesta a acudir a un rescate que podría elevarse a cerca del medio billón de euros – 500.000 millones -, poniendo en riesgo los ahorros de sus ciudadanos que empiezan a ver la luz a la salida del túnel de la crisis?

Si el rescate de España fuera necesario, no estaríamos ante una decisión más por grave que fuera en el contexto de los desequilibrios que venimos viviendo en la UE. Estaríamos cuestionando el propio sistema monetario que nos dimos con la entrada en vigor del BCE y de la eurozona. En una palabra el rescate de Estados como España o Italia supondrían la muerte del euro y de toda la política económica que hoy inspira la Unión. De ahí la trascendencia de que no sea necesario el rescate y de que por un lado España cumpla en tiempo y forma sus compromisos de reducción de déficit público y, por otro, de que los principales Estados de la Unión hablen sin dobles verdades de la situación que todos vivimos poniendo las cuentas públicas y privadas encima de la mesa. Solo mediante una apuesta firme y decidida de la Unión Europea por preservar sus reglas del juego podremos frenar el envite brutal a que nuestras economías se están viendo sometidas. Seguimos necesitando más Europa que nunca para salir de la crisis, más unidad que nunca.

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