Con acento hispano

El año 2010 tiene que saldarse con el proceso de fusiones de las Cajas de Ahorro españolas concluido, al menos en su primera fase. Ese mandato categórico ha llegado a las entidades financieras por parte del Banco Central Europeo – su delegación en Madrid, el Banco de España – y el Gobierno del Estado. ¿Por qué tanta premura en la restructuración del sector? ¿Qué riesgos se corre de no procederse con tal aceleración? ¿Cómo algo que ha resultado imposible en décadas puede producirse en menos de doce meses? Demasiadas preguntas sin respuesta en un escenario convulso que mezcla a políticos, poderosos banqueros y, detrás, a un importantísimo número de impositores anónimos, que depositan confiados sus ahorros en las cajas por tradición, de generación en generación.

Las cajas han sido las entidades financieras más populares y más ligadas al territorio que han existido en España. Con la transformación del Estado de las autonomías, su vinculación con los gobiernos autonómicos o los entes provinciales locales ha ido en paulatino aumento, llegando en gran medida a interdepender uno de otro, de tal suerte que los grandes proyectos territoriales se han financiado a través de las cajas y la decisión de quiénes ocupaban los sillones rectores de éstas pasaba ineludiblemente por los presidentes y consejeros autonómicos. Tal grado de politización ha perjudicado seriamente al nivel de aptitud de los máximos ejecutivos de las cajas, así como ha hecho depender sus balances de decisiones alejadas del interés de sus clientes.

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Sin embargo, no ha sido éste el principal problema que ha afectado a las cajas, por mucho que sea el recurso fácil de quienes realmente siempre han buscado como objetivo último la bancarización de las cajas en un proceso de concentración que perjudica a la competencia en el sector financiero español. Que una entidad financiera esté ligada al territorio sobre la que actúa, lejos de ser perjudicial resulta imprescindible por su cercanía a las necesidades de sus clientes, sean estos particulares o empresas. Cosa distinta es gestionar inadecuadamente una entidad, sea local, regional o nacional. El manido argumento del volumen de activos también se ha empleado en la banca comercial y, sin embargo, entidades pequeñas en este concepto siguen demostrando su capacidad no solo de supervivencia, sino también de eficacia y rentabilidad basada en la correcta gestión de sus activos.

La clave de cualquier entidad financiera es el adecuado uso de los activos que posee, no lo olvidemos nunca, en depósito, y la capacidad que tenga de hacer negocio, es decir obtener beneficio, de los mismos. Por tanto, ahí es donde estriba el problema al que nos enfrentamos al analizar la situación del sector de la cajas y su necesaria remodelación con visos de urgencia. ¿Qué ha ocurrido con los activos de las cajas? ¿Cómo están sus balances, su pasivo y sus recursos propios? Me temo que lo que sucede es tan sencillo como que ha llegado el momento de dejar de mentir. Las fusiones son una forma bastante cosmética de enfrentarse a la realidad de los balances antes de iniciar el ejercicio 2011. Aflorar los pasivos resulta ya imprescindible para saber a qué atenernos en las cantidades que debemos destinar al FROB – Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria – y sobre todo, durante cuanto tiempo. De las 45 cajas españolas, 40 afrontan 13 procesos de fusión y la presión para que lo culminen antes de 2010 no deja de crecer.

Y el problema no es otro que la enorme cantidad de pasivo generado en las cajas por sus activos inmobiliarios productores de costes hipotecarios y que ante la ruina del sector de la vivienda en España resultan en su gran mayoría de difícil colocación. La cifra que se maneja entre los promotores alcanzaría los 380.000 millones de euros, de los que las cajas podrían ser propietarios de suelos, proyectos en ejecución, en licencia o viviendas construidas de cerca de 200.000 millones. En una palabra las cajas están hipotecadas hasta las cejas y eso destroza su margen de maniobra e incluso, en algunos casos su posibilidad de recursos propios. De ahí la urgencia o casi emergencia de poner al día los balances y poder empezar a amortizar lo no vendible y a gestionar aquello que puede salir al mercado. Drenar este auténtico pozo séptico de nuestro sistema financiero ha pasado a ser una obsesión para las autoridades nacionales y europeas.

El ladrillo mal gestionado, como elemento de inflación incontenible del sector financiero, se ha vuelto ahora contra él y solo mediante el conocimiento de gestores que sepan devolver la sensatez a la vivienda en España podremos reconvertir a las cajas en entidades de ahorro y crédito útiles. Claro que en el conjunto no todo el mundo se ha comportado igual y las situaciones son mejores o peores según el grado de cordura o mesura con que se actuó en la fase de bonanza opulenta, pero me temo que con las fusiones van a pagar justos por pecadores y en el totum revolutum que se está montando perderemos grados de competencia los ciudadanos. Además, concluida esta primera fase del proceso, salvadas las trabas territoriales, las cajas salientes de las fusiones, no más de una docena, serán pasto fácil excepto las mas grandes, de opas bancarias que reducirán aún más el mercado, hasta decantarlo por un práctico oligopolio, donde una vez más seremos los ciudadanos los paganos de tanta simplificación. Lo que está claro es que en todas estas urgencias, parece que no queda tiempo para que nos expliquen la responsabilidad de lo sucedido y mucho menos, que se juzgue a los culpables de tanto disparate ejecutado con el dinero de todos.

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