Con acento hispano

La reciente cumbre del G20 celebrada en Seúl, el organismo de gobernanza económica mundial emergente de la crisis global que nos afecta, ha puesto de manifiesto una vez más la profunda divergencia de planteamientos e incluso de sensibilidades entre los países desarrollados y los que se acercan a gran velocidad al mundo rico. Incluso entre los ricos el pesimismo y la desesperación ante una recesión que les afecta más que a nadie provoca profundas contradicciones y así ha resultados imposible que Estados Unidos y Europa presenten planteamientos similares o que en el mismísimo seno de la UE, Alemania y España se enfrenten por la definición de los modelos de rescate financieros de los Estados en dificultades.

Y es que de alguna manera ha quedado patente que hay dos formas de entender el mundo actual, dos maneras de afrontar la realidad presente y por supuesto futura. Europa aturdida por la feroz sacudida de la crisis, en clave negativa, poseída por el pesimismo y, en gran medida, por el temor a perder los privilegios de la riqueza, no es capaz de llegar a un mínimo consenso con su socio natural, EE.UU., para rediseñar el modelo financiero internacional, teóricamente el causante de todos los males. En Europa pensamos que la siguiente generación de europeos va a tener menos oportunidades que la de sus padres. Muchos de nuestros problemas estructurales, como el principal que no es otro que el envejecimiento poblacional, detectados hace quince años, siguen sin afrontarse. Así mientras Estados Unidos aplica medidas expansivas ante la crisis, el Viejo Continente sólo piensa en clave de restricciones y ajustes. Seguramente porque no cree o se siente inseguro ante su incierto futuro.

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Ese miedo que atenaza a Europa no es otro que el temblor que le produce perder su alto nivel de vida, las 35 o máximo 40 horas de trabajo semanal, las vacaciones de 31 días, más 12 festivos, las pensiones a los 65 años y las prejubilaciones pagadas a cuerpo de rey … Una para-realidad que en el resto del mundo sonroja, cuando no indigna. Y está claro que la solución de la Unión no reside en igualarnos por pobreza al mundo, sino más bien al contrario servir de vanguardia y ejemplo a los países emergentes. Convertirnos en la diplomacia del mundo para transmitir valores de civilización y de respeto a los derechos humanos es nuestra seña de identidad común y su exportación el mejor negocio que podemos explotar. Pero sin duda para cumplir ese papel necesitamos ganar en credibilidad, liderazgo y también en mayores dosis de capacidad de cambio y sacrificio.

De los 20 del G, la mitad son países de Europa y América Latina, siete de un lado y tres del otro, pero en sumas de población estamos al 50%. América Latina se sienta con otra sensibilidad y percepción de la realidad bien distinta a la nuestra en el foro mundial. Tienen las sensación de que las oportunidades que se les abren son enormes, que están saneados macroeconómicamente, tienen unas instituciones financieras muy sanas y poco uso del crédito. Lo resumía hace 48 horas el magnate de las telecomunicaciones mexicano, Carlos Slim al afirmar en el Círculo de Montevideo que reunió a empresarios y ex-presidentes de la Región: “en quince años las mayores economías latinoamericanas saldrán del subdesarrollo gracias a un crecimiento sostenido. Cuando los países pasan de los 12.000 dólares de renta anual per cápita rompen la barrera del subdesarrollo y América Latina ya está muy cerca y se puede crecer a una tasa del 5% anual, en 15 años duplicará su ingreso per cápita”.

Es cierto que el gran riesgo de América Latina es su diversidad y su grandeza. No crece de manera homogénea ni los comportamientos como región lo son. Hay un grupo de países que ha avanzado, como Brasil, Colombia, Uruguay, Perú, Chile y México. Países a los que les une la seriedad a la hora de aplicar las políticas y no un sello político ideológico. Brasil, con gobiernos de izquierda; Colombia, con gobiernos de centro derecha; Uruguay, con gobiernos de centro; Chile, desde la izquierda o la derecha; Perú, desde la izquierda o México, desde la derecha. Un debate fructífero entre dos modelos de desarrollo, pero que en ambos casos han vivido avances innegables. Sin embargo enfrente, casos como el de Venezuela, el más evidente, un país en el que la renta per cápita viene cayendo sistemáticamente desde hace un par de décadas y que ha producido un poderoso influjo en otros países de la región.

Con todo, Latinoamérica comparativamente con décadas pasadas, atraviesa un buen momento, una situación de comodidad. Su banca pasó lo peor en los noventa, ha aprendido la lección y está hoy mejor preparada que los países centrales del sistema en materia de supervisión. Sus materias primas cotizan a buenos precios en los mercados, su capacidad comercial mejora y la formación de recurso humano prospera a mucha más velocidad que en Europa. Si miramos al mundo, América Latina por definición es la parte del planeta que más se parece y se quiere parecer a nuestra Unión. Aprovechar esa querencia y buscar complicidades con quien mira el futuro con valentía, potencialidad y optimismo es la mejor vitamina para el desaliento europeo. Pero eso significa abrirles nuestras fronteras comerciales y transferir tecnología a bajo coste, hablando castellano claro, cooperar como si fueran socios, lo demás son buenas palabras sin contenido práctico y Latinoamérica ya pasó esa época.

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