Con acento hispano

Cuando los tambores de guerra anunciaban la inminente necesidad de rescate de las finanzas públicas irlandesas, el efecto dominó antepone una pieza más débil aún y nos habla de la opción portuguesa como la más evidente. El propio ministro portugués de Finanzas, Teixeira dos Santos, se ha apuntado la voluntaria en una entrevista en el Financial Times, poniéndose la venda antes que la herida y reconociendo el alto riesgo que la economía de Portugal tiene de verse abocada a pedir la puesta en marcha de los mecanismos de rescate de la Unión Europea y del Fondo Monetario Internacional. Irlanda y Portugal compitiendo al filo de la navaja por no caer en el pelotón de los pobres y morosos de Europa, estrenado hace ya medio año por Grecia.

La primera cuestión que produce incertidumbre ante los nuevos shocks a los que se ve sometida la economía europea, es por cuánto tiempo y en qué condiciones puede seguir manteniéndose la estabilidad de la eurozona, cuando tres de sus miembros pueden estar bajo respiración asistida. ¿Qué credibilidad puede tener el euro en el mercado de divisas y qué confianza puede generar en los inversores una moneda y un espacio donde sus socios siguen cayendo en el vacío de sus cuentas públicas desequilibradas? No hay mercado que no castigue a quienes gastan más de lo que tienen y el euro constituye un mercado donde es difícil diferenciar a los que hacen bien los deberes, de quienes suspenden repetidamente los exámenes. Así de cruda y dura es la realidad financiera internacional.

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Sobre todo cuando en esos mercados campan a sus anchas inversores de dudosa limpieza institucional pero poderosas razones de talonario que especulan con las debilidades de la deuda de países miembros del euro. Atacar al euro es un negocio porque quienes lo hacen saben que hay Estados que se juegan mucho y cuyas economías son sólidas, que no permitirán el derrumbe del sistema europeo. Alemania, Francia, Italia, España, en ningún caso pueden permitir que el euro se hunda y eso les hace también más vulnerables. Esta espiral produce el efecto dominó reseñado y resulta complejo saber dónde podrá pararse antes de que sus consecuencias sean irremediables para todos. Los intentos del Consejo Europeo de octubre y de la Cumbre del G20 de Seúl más reciente, no acaban de lanzar el mensaje deseado a los mercados, probablemente porque siguen redundando en los mismos argumentos: “haremos todo, lo posible e imposible, por defender al euro”.

Llevamos un año tratando de atajar el problema y éste no hace más que acrecentarse. La economía alemana da signos de confianza, las cuentas de la mayoría de los grandes Estados de la Unión se van ajustando, los test stress de las entidades financiera europeas son razonablemente satisfactorios y, sin embargo, seguimos expuestos a nuevos rescates como los que se auguran para Irlanda y Portugal. Tal vez nos ha faltado una reflexión muy simple, aunque por ello la más difícil de todas: porqué no salimos al mundo a explicarles la verdad. Porqué no sacamos a la luz pública, como hicimos con nuestros bancos y cajas, dónde están nuestros problemas, nuestros riesgos y nuestras políticas firmes para resolverlos.

La verdad es que Grecia, Irlanda y Portugal tienen muy serios problemas para mantener sus Estados del Bienestar y que entre todos tenemos que ayudarles a rehacer sus cuentas, si ellos están dispuestos a realizar esfuerzos con no pocos sacrificios. Pero la verdad no sirve solo para los pequeños, para los menos poderosos, también es la mejor receta para los grandes que aunque sumen mucha más población y PIB europeo, también adolecen de notables males estructurales en sus economías. ¿O son Italia y España un ejemplo de rigor presupuestario? ¿O es Francia un ejemplo de control de déficit público? ¿O puede Alemania seguir contando con un espacio estable de consumo para sus exportaciones a menos de 5000 km como lo es la Unión y su eurozona? Si somos capaces de vivir más de la verdad y decírnosla primero entre nosotros y luego al mundo que nos mira y especula con nosotros, seguramente seremos más creíbles en el futuro.

Cuanto antes afrontemos nuestras vergüenzas y nuestras miserias caseras, antes seremos capaces de enfrentarnos a nuestros retos de futuro. Los ciudadanos de los Estados miembros de la eurozona y los que siendo socios de la Unión desean incorporarse a ella, deben conocer la realidad sin medias tintas, con toda su crudeza para ser conscientes del esfuerzo que por su parte se requiere. No podemos ir poniendo nuevas fronteras al rescate del euro, porque con esa política de mediocridad e hipocresía lo único que lograremos es que sus secuestradores sigan subiendo la cifra de su liberación. Necesitamos políticos dispuestos a hacer políticas que cambien el viejo concepto europeo del gratis total por las de la meritocracia y el esfuerzo. Sin abandonar la defensa de las políticas sociales e igualitaristas fundacionales de la Unión, debemos educar a las generaciones europeas en la cultura del trabajo y el éxito de la calidad. Sin esa nueva forma de ver las cosas, llegará un día en que no podremos rescatar al euro.

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