Con acento hispano

El próximo domingo 28 de noviembre el pueblo catalán – siete millones y medio de habitantes – está llamado a votar en las elecciones autonómicas en Cataluña. La IX legislatura del Parlament de Catalunya desde que dicha institución y el Gobern de la Generalitat, el órgano Ejecutivo histórico de los catalanes fuera restaurado tras la dictadura franquista. Un proceso de autonomía desarrollado durante tres décadas y que, sin embargo, a la luz de programas, eslóganes y discursos de la mayoría de los partidos que se presentan a los comicios, no ha colmado ni mucho menos los anhelos de soberanía de sus ciudadanos.

Votantes que también hay que decir que siempre apoyaron mayoritariamente candidaturas con distintos perfiles o ideologías, pero siempre de carácter nacionalista catalán. Cabe solo recordar los mandatos del president Jordi Pujol, con el apoyo parlamentario de su partido Convergencia i Unió – CIU – o los dos últimos del presidente José Montilla, conformando un tripartito con el Partit dels Socialistes de Catalunya – PSC -, Esquerra Republicana de Catalunya – ERC – e Iniciativa per Catalunya-Els Verds – ICV -. Es decir, que poniendo los matices que se quieran poner y reconociendo la relación de dependencia que se quiera establecer entre el PSC y el PSOE – partidos ambos federados – Catalunya siempre ha votando en catalán. O dicho de otro modo las opciones políticas con claro programa “españolista” nunca han superado el 15 por ciento de los sufragios emitidos.

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Son, sin embargo, éstos unos comicios especialmente relevantes por dos motivos fundamentales: de un lado se producen tras conocerse la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Catalunya – la máxima ley que rige la vida de los catalanes por debajo de la Constitución española – y por la trascendencia que de cara a la relación con el Gobierno de Madrid puede tener el resultado. Y por añadidura el propio president Montilla ha añadido morbo a la contienda al declarar anticipadamente que no contempla la posibilidad de reeditar la fórmula de gobierno del tripartito aunque aritméticamente los números lo hicieran posible.

De las consecuencias de la sentencia del Estatut, aún desconocidas electoralmente, sabemos por los sondeos realizados sobre este tema que ha producido un hartazgo de la sociedad catalana, atacada por los medios de comunicación madrileños, que votó – aún con una alta abstención – a favor del texto que proponía el Parlament y el Congreso de los Diputados español y que de forma extemporánea – la sentencia se ha producido cuatro años después de aprobada la norma – ha sido corregida por un Tribunal Constitucional cuyos miembros han superado el plazo de su mandato y mediando una total politización de sus magistrados. Muy probablemente ese hastío ciudadano y el descrédito de la clase política catalana puede influir en una participación a la baja.

En La Moncloa, estos comicios se esperan con una cierta clave esquizofrénica. El tripartito ha causado no pocos dolores de cabeza al gobierno de Rodríguez Zapatero, impidiéndole además contar con el apoyo de CIU en el Congreso de los Diputados en esta legislatura cuando más lo necesitaba y abandonado en Madrid por ERC e ICV miembros del Gobern de la Generalitat. Tras el giro dado a la política económica por el gobierno socialista con severos ajustes de las cuentas públicas y recortes de políticas sociales, el alejamiento de los partidos de la izquierda parlamentaria es patente y, por tanto, una nueva edición del tripartito se antoja una pesadilla. Pero, por otro lado, una derrota sin paliativos del PSC caería en el debe del propio Zapatero quien sería responsabilizado de haber lastrado los resultados de los socialistas catalanes. Conclusión: Moncloa sueña con una muerte dulce, un final honroso para Montilla y una salida discreta de los cargos de la Generalitat.

A escasos días del inicio de la campaña electoral, todos los sondeos coinciden en la holgada victoria de CIU, que rozaría la mayoría absoluta. El PSC sería el partido más castigado por el electorado, ERC e ICV mantendrían sus posiciones, mientras el PP – la única opción claramente españolista – aumentaría levemente su representación. Así las cosas lo de menos es el margen del triunfo de CIU, lo determinante es que resulta la única opción de gobernabilidad de la Generalitat. Quedaría solo por dilucidar un tema no menor, si CIU buscará compañeros de viaje en la legislatura en el bando nacionalista de izquierdas, si decide gobernar en solitario con apoyos puntuales o si lo hace con el Partido Popular, opción hoy por hoy la más remota aparentemente. Del camino por el que opte Artur Mas dependerá en gran medida el planteamiento de relación en los próximos cuatro años de Cataluña con el Estado, sobre todo si tenemos en cuenta que CIU lleva en su programa electoral la propuesta de firma de Convenio Económico con Madrid, al estilo de las Haciendas forales de Álava, Guipúzcoa, Vizcaya y Navarra, lo que supondría un régimen fiscal propio para Cataluña. El territorio que más aporta a la riqueza del Estado español: nada menos que un 21% de su PIB.

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