Con acento hispano

México ha superado la pasada semana la dramática cifra de 10.000 muertos en sucesos relacionados con la violencia generada en torno al narcotráfico. Un nuevo record tremendo que nos sitúa ante la brutal dicotomía que vive el pueblo mexicano. De un lado en la última década el Estado Federal se ha consolidado como la gran potencia hispana del norte de América y comparte con Brasil el liderazgo de la Región y, por otra, el crimen organizado se ha adueñado paulatinamente de mayores espacios de impunidad. El Gobierno del presidente Felipe Calderón convirtió la lucha contra los narcos en su auténtica cruzada que diera a México la necesaria credibilidad en el escenario internacional. Las estadísticas parecen constatar el fracaso de su política pues los asesinatos entre delincuentes y entre éstos y las fuerzas de seguridad han rebasado en su mandato las alcanzadas durante el periodo de su antecesor Vicente Fox.

Los mexicanos viven inmersos en una guerra contra y entre narcotraficantes cuyo escenario principal es la extensa franja fronteriza con su gigante vecino: Estados Unidos. Solo en Ciudad Juárez, la ciudad más poblada del Estado de Chihuahua, frontera con El Paso en Texas, se concentra el 45 por ciento de las muertes violentas. Otros distritos sacudidos por altos niveles de violencia son Sinaloa (noroeste) y Durango (norte), donde opera el cartel encabezado por el prófugo de la justicia Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán. Tamaulipas (noreste), también fronterizo con Estados Unidos, figura como el cuarto más violento en el trágico recuento, al ser escenario de una disputa entre ‘los Zetas’, ex militares de élite reclutados por el crimen organizado, y sus antiguos aliados del cartel del Golfo.

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Las fuerzas de seguridad mexicanas estiman que existen siete grandes organizaciones criminales en su país que se disputan el control de las rutas de la droga hacia Estados Unidos. Parece pues evidente dónde está el origen de un problema que tiñe de sangre un año sí y otro también las calles de las ciudades del norte de México. Convertirse en el portador de un producto ilegal que se consume en grandes cantidades por su vecino rico ha supuesto para los mexicanos un destino cruento que se lleva por delante miles de vidas y cientos de esperanzas en el futuro del país mexica. Pero no podemos dejar de evidenciar que si bien el problema se escenifica en suelo azteca, el mercado que provoca tanto dolor se articula en el territorio de la primera potencia mundial.

Estados Unidos no tiene una política de colaboración adecuada con el gobierno mexicano que ayude a transformar sus zonas fronterizas en áreas de desarrollo social y eliminen la lacra del narcotráfico. Bien al contrario se ha dedicado a fomentar políticas xenófobas e inhumanas contra el inmigrante ilegal en su Estados lindantes. Una realidad que alcanzó las máximas cotas de hipocresía en los mandatos del presidente George W. Bush pero que su sucesor, Barak Obama no ha logrado cambiar en los justos términos que se requieren. Tener a un vecino lastrado por el sello infame de la delincuencia parece haberse convertido en toda una estrategia de control competitivo del Departamento de Estado en Washington.

El vecino rico del Norte sigue representando la tierra de oportunidades para uno de cada diez mexicanos que decide traspasar la frontera en pos de mejor suerte en vida. La inmigración ilegal mexicana ha reducido su volumen en los últimos años pasando de los 12 millones de sin papeles en 2007 a los menos de 11 en 2010. Suponen el 40 por ciento de los mexicanos que viven en Estados Unidos y las remesas de esos más de 26 millones de personas que trabajan en EE.UU. y representan el colectivo inmigrante más importante del país, suponen cerca de 25.000 millones de dólares anuales. Una realidad que debería merecer mucha más atención por parte de las autoridades de la Casa Blanca.

El crecimiento económico de México, que este año rondará el 5 por ciento, también muestra una endémica dependencia de su comercio exterior con Estados Unidos. Y pese a que las condiciones de la crisis global deberían favorecerle como sucede en el caso de Brasil, su falta de expansión en otros mercados internacionales frenan las enormes capacidades de los mexicanos para liderar el pelotón de los países emergentes del mundo. De ahí que la relación entre México y la Unión Europea deba convertirse en un eje fundamental para el futuro del país, pero también para una Europa que puede encontrar en él un aliado leal y dispuesto a incorporarse a las políticas que se impulsan desde Bruselas. La Asociación Estratégica actualmente vigente entre ambos debe servir para exprimir todas sus potencialidades concretándose en múltiples espacios de colaboración. Un ámbito de cooperación que también debe ser útil para dotar de estabilidad política a México, que puede vivir una seria crisis institucional ante el nuevo avance del PRI y la progresiva descomposición del PAN – Partido de Acción Nacional – actualmente en el gobierno.

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