Con acento hispano

Las cifras oficiales de la economía española en el tercer trimestre del año nos devuelven prácticamente a la recesión aunque se creció un triste 0,2%. El verano otrora proclive al consumo, se ha vuelto a manifestar como un período donde el gasto familiar ha vuelto a caer. Las incertidumbres no nos abandonan y la desaparición de las ayudas a la compra de coches y, de forma especial, la subida de dos punto del IVA, han vuelto a paralizar la incipiente recuperación del primer y segundo trimestre de 2010.

No supone ninguna sorpresa en función de las previsiones que se manejaban desde el Banco España y desde el propio Gobierno, como casi con total seguridad el cuarto trimestre nos devolverá a final de año a nuevas cifras de crecimiento aunque muy leves. En una palabra, que si hiciéramos un electrocardiograma a la economía española, nos estaríamos moviendo en latidos mínimos con mínimas arritmias de ascensos y descensos cada tres meses. Todas la variables señalan que lo peor de la crisis pasó, pero que no se sale de la misma con la necesaria celeridad para crear empleo y, por tanto, recuperar el equilibrio de los ingresos públicos y la dinámica necesaria de consumo interno.

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A la hora de analizar con un mínimo de seriedad los motivos que nos llevan por esta senda de apatía económica convendría – y llevamos demasiado tiempo sin querer hacerlo – tirar de la sinceridad más absoluta y reconocer todos los agentes y protagonistas los inconfesables pecados que nos han llevado hasta aquí y, en gran medida, aún nos siguen condenando al empobrecimiento general. El gobierno de Rodríguez Zapatero asumió tarde y mal la situación, al menos él mismo lo ha reconocido y ha puesto en marcha políticas severas y forzadas de rectificación. Los agentes sociales – patronal y sindicatos – enfrascados en un diálogo de sordos cuando no de besugos, han malgastado el tiempo y su representatividad sin alcanzar un solo acuerdo para juntos emprender las necesarias reformas del mercado laboral que mejoren los nefastos índices de productividad de nuestra economía. Así fruto de tanta irresponsabilidad hemos visto crecer hasta cifras impensables el desempleo y las cuentas públicas se disparaban en rojo, con niveles de déficit y deuda casi inasumibles.

Pero si hemos de ser de una vez sinceros por mucho que resulte grave para algunos reconocer la verdad, la banca es la principal protagonista de los problemas que nos aquejan. Nuestra particular crisis financiera hunde sus podridos cimientos en un exceso de despilfarro del crédito hipotecario en los años de altos niveles de crecimiento. Las entidades financieras españolas alentaron la compra de suelo inflacionando el sector y a la par que encarecían el acceso a la vivienda, favorecían la concesión de hipotecas reduciendo los niveles de garantía y avales para las mismas. La aparición de la crisis dejó al descubierto un entramado de intereses especuladores de un volumen difícil de digerir. Para colmo, ante la desaparición práctica de los promotores y la ruina de los propietarios del suelo, la banca ha heredado un enorme pasivo inmobiliario que según los últimos cálculos del Banco de España se sitúan en cerca de 200.000 millones de euros.

Los balances de buena parte de la banca española están trufados por activos en muchos casos invalorables porque nadie puede predecir su destino final, si se podrán vender o tendrán de provisionarlos de por vida o mejor dicha de por muerte. Gestionar ese pozo negro que lastra aún la economía española sigue siendo una prioridad a la que no dan la cara ni Gobierno, ni entidades financieras. Así las cosas la banca no aporta el crédito que la economía española precisa, el aceite que el engranaje precisa no fluye y, por tanto, la máquina funciona a mínimo gas. Y este clima, lo pagan sobremanera las pequeñas y medianas empresas con un enorme efecto de apalancamiento y unas tesorerías casi quebradas, soportan además ser malpagadas en plazos y precios por las grandes compañías del país.

Podemos seguir a ritmos cuasi mortuorios de nuestra economía, donde sufren las clases medias y bajas, mientras las desigualdades se acentúan o podemos de una vez optar por obligar a la banca a aflorar sus vergüenzas, pagar sus errores y devolverla al camino de su negocio en los límites lógicos que el mercado impone. La banca fue la culpable primera de la crisis internacional y la genuina española del ladrillo. A su rescate se acudió en Europa y en España. Tanto esfuerzo no puede caer en balde, la obligación de los gobiernos es devolver a los ciudadanos en forma de crédito la confianza que ponga fin a estos duros años de crisis.

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