Con acento hispano

Los principales mandatarios de los grandes Estados miembros de la UE han recibido en forma de rosario improvisado una oleada de paquetes bomba, relevantes hasta la fecha más por el destinatario que por la intención dañina. Merkel, Sarkozy, Berlusconi, las principales embajadas europeas en Grecia y latinoamericanas en Bruselas, instituciones europeas… una lista notoria de destinos anunciado con daños previsible y, por tanto, controlable pero que no ha evitado la sensación de llamada de atención y de una cierta alarma en el seno de la Unión.

Cuando la sacrosanta seguridad del mundo rico y confortable como lo es nuestra UE se pone en juego, parece que temblaran los cimientos de nuestra sociedad. No estamos acostumbramos a aceptar el temor y el riesgo como parte de nuestro día a día y de ahí que cualquiera que sea capaz de ponernos en el brete de sentirnos inseguros tiene asegurado un titular en los medios de comunicación del continente. Esa debilidad se ha acentuado en un mundo sin barreras físicas, basado en la movilidad donde Internet traslada información, conceptos, ideas – buenas y malas – transacciones económicas y conocimientos en suma, a alta velocidad de un extremo a otro del planeta. La Red no tiene alma, puede ser bondadosa o maligna en función del uso que de ella se hace. Lo que nadie duda es de su fuerza y de su capacidad para situar mensajes en tiempo y forma donde se requiere con un escaso nivel de inversión en recurso.

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La motivación de esta inusual pero moderna campaña de publicidad parece basada en los agravios producidos por la política de la Unión hacia los sectores y Estados más desfavorecidos, obligando a severos ajustes económicos nada exentos de sacrificios de las clases más bajas. Grecia se ha convertido en el ratón de laboratorio de estas directrices ortodoxas y formales que se olvidan que detrás de los errores de los gobiernos de turno, está la gente con sus problemas cotidianos bastante ajenos e inocentes a las decisiones de los políticos que toman decisiones por ellos. Grupos aún no definidos y que no se han reivindicado, están poniendo en marcha un movimiento de propaganda tan efectista como denunciable aprovechándose del malestar profundos que estas políticas que castigan el error de otras políticas producen en los ciudadanos.

Esta campaña cuyo escalado y consecuencias desconocemos no puede encontrar entre los europeos que creemos en una Unión basada en la libertad y los derechos, un mínimo de tolerancia, pero no reflexionar sobre los caldos de cultivo que inspiran esta propaganda populista, es tanto como no querer afrontar el problema de fondo de la situación. Europa adolece de credibilidad y, sobre todo, legitimidad social en sus decisiones. Cuando Merkel, Sarkozy, Berlusconi y un largo etcétera de 27 gobernantes, deciden lo que debe acontecer en nuestras vidas, se olvidan de que apenas tienen un escaso porcentaje, mínimamente mayoritario en sus territorios para imponer sus voluntades. El conjunto no representa a casi nadie y su colegio de decisores es visto como un club de poderosos alejado de la realidad del ciudadano de a pie.

Las contradicciones sociales que nuestros países producen en la UE, los desequilibrios sociales que se acrecientan en plena crisis económicas requieren respuestas institucionales adecuadas, más basadas en el rigor de políticas comunes que a la larga a todos beneficien, que en imposiciones del más fuerte con apariencia de más riguroso contra el más débil como señuelo del más poco serio. De esa capacidad para construir Europa desde decisiones comunes dialogadas dependerá finalmente que lo que hoy son campañas de publicidad con caja de resonancia exagerada, no lleguen a convertirse en verdaderos atentados a la sociedad de derechos y libertades que todos queremos que sea Europa.

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