Con acento hispano

La nueva ministra de Exteriores española, Trinidad Jiménez se entrevista con su homólogo marroquí Taieb Fassi-Fihri, en plena crisis saharaui en El Aaiún, donde a 15 kilómetros de la capital de la antigua colonia española, 7000 jaimas desafían al régimen de Rabat. Una cita donde la diplomacia acudirá a los titulares de rigor al hablarnos de las excelentes relaciones entre vecinos, pero que llega rodeada de problemas fronterizos y una escalada de violencia en Ceuta y Melilla de corte islamista.

El Ejecutivo de Mohamed VI recurre como siempre a blandir sus reivindicaciones territoriales ante España para tapar sus vergüenzas en la política de expansión en el Sáhara. Marruecos acostumbra a lanzar cortinas de humo para no reconocer los derechos de un pueblo que fue abandonado por los españoles en plena defunción de la dictadura franquista, a la suerte de la dictadura de la monarquía alahuí. Cambiaron de dictador pero no tuvieron ninguna oportunidad de ejercer su soberanía, ni de expresar ante el mundo su identidad. Vieron salir corriendo al ejército colonial, casi al mismo paso que desfilaban por sus calles las tropas del ejército invasor marroquí.

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La comunidad internacional ha aplicado también sistemáticamente la misma política de posibilismo ante la situación de descolonización del Sáhara occidental. Mirar para otro lado y dar tiempo a que Marruecos vaya consolidando su expansión en la zona y la práctica anexión del territorio es el precio pagado por España, por la Unión Europea y por Estados Unidos por una frontera que supone el “mal menor” frente a los riesgos del integrismo islamista. La amenaza de que el radicalismo musulmán se instaure a escasas millas de Europa nos ha llevado paulatinamente a todos a sacrificar nuestras políticas de derechos humanos, de libertades y de equidad social que dan sentido a la UE, ante el régimen marroquí, a cambio de que nos resuelva el problema de tener polvorines en nuestra frontera sur, de la magnitud de situaciones como las vividas en Irak o Afganistán.

El norte de África debería avergonzarnos a buena parte de los europeos que no hace tanto ocupamos sus territorios colonialmente y hoy, sin ningún sonrojo, permitimos que regímenes dictatoriales como el de Argelia o Libia y democracias de baja gama, como Túnez o Marruecos, ejerzan un poder despótico sobre millones de seres humanos. Europa compra gustosa su silencio para garantizarse seguridad en la zona y la compra de materias primas a bajo coste de las que carecemos – como es el caso del gas argelino -. Llamamos cooperación a la entrega de ayudas sin contrapartida o prebendas a unos gobernantes que incumplen sin inmutarse los principios que rigen nuestras democracias.

La alargada sombra de Al Qaeda y su control, se ha convertido en una forma de suculento negocio para los “moderados” regímenes norteafricanos. Y, sin embargo, ello no resuelve los problemas de pobreza en muchos casos extrema de gran parte de la población de sus países. Ni siquiera esa política de complicidad con estos gobiernos, ha producido la consolidación de unas clases medias que fuercen las necesarias reformas políticas, económicas y sociales. Demasiada censura, demasiado militarismo, demasiado oscurantismo y demasiado nepotismo para tan poco rédito. Sobre todo si pensamos que nuestra seguridad sigue pendiente de cualquier paquete bomba enviado desde Yemen en aviones a los aeropuertos europeos. Pagamos un altísimo precio por nuestra seguridad, si tenemos en cuenta que las mujeres y hombres que sufren en el Norte de África, son las madres y padres de futuros integristas que llevarán la carga del odio al occidental que les condenó a padecer regímenes tan despiadados como corruptos.

España ya pagó cara esta política complaciente, con la vida de 200 personas en los atentados del 11M, a manos de integristas islámicos, de origen marroquí. De nada nos sirvió la colaboración con Marruecos, ni las “excelentes relaciones bilaterales”, los terroristas nacidos allí estaban ya entre nosotros dispuestos a matar a personas inocentes. La inmigración, probablemente el mayor de los retos a los que se enfrenta la construcción europea, nos enriquece y rejuvenece nuestras envejecidas estadísticas demográficas. Pero también nos sitúa ante situaciones de seguridad global que hasta hace una década ni imaginábamos. Unos escenarios nuevos que requieren nuevos puntos de vista, nuevas políticas y que dejan al descubierto las simplonas soluciones de antaño como lo es ya el establecer una frontera de “buenos musulmanes” gobernados tiránicamente en el norte de nuestro sur.

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