Con acento hispano

El Ecofin avanza incansable hacia la creación de una reglas de gobernanza económica en la Unión que hagan frente a los graves desequilibrios financieros y presupuestarios que la actual crisis ha producido. Una tarea imprescindible en la que Europa lleva incluso ventaja a Estados Unidos y al mismísimo G20, pero que por trascendental requiere acierto y mesura en sus decisiones y puesta en marcha. Y ello es de especial relevancia en tres aspectos fundamentales: el organismo de control que se instrumente, las evaluaciones periódicas de las entidades financieras y, por último, las sanciones o castigos ejemplarizantes que se apliquen a los socios que incumplan los criterios de estabilidad presupuestaria, es decir, que excedan los límites de déficit público pactados.

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En la primera de las tareas, parece evidente que la clave de su correcto funcionamiento va a depender de la credibilidad del mismo y de la confianza que ofrezca tanto a los mercados internacionales como a los propios ciudadanos de la UE. Acertar en la composición y especialmente en las personas que lo dirijan marcará el destino futuro de un nuevo centro de poder en el seno de la Unión que viene a competir en el cada día más complejo conglomerado de decisiones de la Unión Europea. Esta yuxtaposición de poderes y contrapoderes puede ser otra de las principales dificultades con las que choque la buena voluntad que inspira al Ecofin. Si la solución al problema se convierte más en un problema que una solución deberíamos convenir que es preferible quedarnos como estamos a introducir una nueva pieza que ralentice y complique la toma de decisiones europea, en un mundo que nos demuestra a cada paso la necesidad de movernos en el tiempo y en el espacio a la máxima velocidad posible con la mínima incoherencia de proyecto.

La segunda tarea relativa a la periodificación de los test stress a las entidades financieras que operan en la eurozona también desde una intención bondadosa, puede convertirse en una suerte de tensión sobre la liquidez del sistema que estrangule el correcto funcionamiento de la capacidad crediticia de las empresas. Al verse sometidas a continuas evaluaciones de su comportamiento, podemos caer en políticas ultraconservadoras por parte de bancos y cajas que no estarán dispuestas a arriesgar si no es con una mirada cortoplacista y rendimientos escasos pero garantizados. Retos como la Innovación, la Investigación y la mejora global de la competitividad de las empresas europeas en el contexto internacional pueden verse gravemente afectadas por fenómenos como los que alerto.

Pero me parece aún más importante la manera de abordar la tercera tarea que se ha impuesto el Ecofin. Si la estabilidad presupuestaria se ha convertido en el sagrado totem del devenir de la Unión, sin cuestionar el fin último del pacto, si se puede tener seria dudas a la forma en que se reconducirán los incumplimientos y los plazos en que cada Estado puede adecuarse a la norma. ¿Alguien duda de que si los que incumplen son los grandes de la UE – Francia o Alemania – las cosas serán de una forma y si los que incumplen son pequeños – el caso reciente de Grecia ilustra perfectamente – la actuación será radicalmente distinta? En la reciente historia hemos asistido a incumplimientos de las reglas del juego de manera casi cotidiana. Y la manera habitual de dirimir estos conflictos ha sido la de mirar hacia otro lado cuando el grande incumplía y la de ensañarse en el castigo con el pequeño incumplidor.

Esta suerte de hipocresía comunitaria puede sumirnos en una maniquea realidad de socios buenos y socios malos, de europeos buenos y europeos malos, a los que hay que premiar o castigar en función de criterios impuestos por los intereses exclusivos de los más fuertes. Una política que socavaría los principios fundamentales de la Unión, que consagran la bondad de un conjunto armónico de ciudadanos europeos con los mismos derechos y donde las desigualdades y desequilibrios deben ajustarse en el tiempo.

Esa misma dinámica nos llevaría al extremo de culpar al diferente por serlo, a renegar de la integración de los inmigrantes en nuestro espacio común y, en definitiva, a una política xenófoba con el pobre. Casos como la política de expulsiones de gitanos de Francia emprendida por el presidente Sarkozy o declaraciones como las de la canciller Merkel proclamando el fracaso de la sociedad multicultural en Alemania, no son más que síntomas de lo que puede convertirse en una enfermedad endémica europea.

La Unión sólo puede vacunarse contra estas tendencias peligrosas reforzando sus instituciones y su propio presupuesto para acometer las reformas estructurales necesarias sin producir desequilibrios territoriales o sociales. No necesitamos una Europa de buenos y malos, necesitamos sencillamente MÁS EUROPA.

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